¿Cuánta importancia tiene la ciencia en el Perú? No mucha y, en el caso del Instituto Geofísico del Perú, solo la adquiere cuando se habla de tsunamis o terremotos. En esta entrevista, Ronald Woodman, presidente del Instituto Geofísico del Perú y uno de los científicos peruanos más reconocidos en el mundo, habla de este relego. Pero también de sus logros.
Por Elizabeth Cavero.
Fotos Carlos López.
Volcanes, vientos huracanados, placas tectónicas que se mueven unas contra otras. Pura energía. Y energía, curiosa coincidencia, es lo que transmite Ronald Woodman a sus 71 años. Woodman, como Sofía Mulanovich y Juan Diego Flórez, es uno de esos peruanos que ha triunfado a nivel mundial. En su caso, con la ciencia.
–¿La ciencia ha estado más al servicio del bien o al servicio del mal, en la historia de la humanidad?
–Hay problemas que la religión plantea respecto de la ciencia. En el tema de la clonación, por ejemplo, un científico puede ser capaz de hacer un híbrido de hombre con mono. ¿Este híbrido tiene alma o no la tiene? ¿Va a ir al cielo o no? O si decimos que la vida de un hombre empieza desde que el óvulo es fertilizado, ¿partimos el alma humana en dos cuando partimos un óvulo? Son problemas que tienen que ver más con las creencias que con la ciencia misma.
–Me refería, en realidad, a extremos como la penicilina y la bomba atómica.
–Antes de responder, independientemente de la ciencia, debemos preguntar si la guerra es buena o es mala. La respuesta depende del lado en que uno esté. No creo que las religiones hayan definido si es bueno o es malo guerrear.
–De hecho han apoyado muchas guerras.
–Y si vemos la Biblia, Sansón mató a 10 mil filisteos con una quijada de burro. ¿Qué diferencia hay entre matar 10 mil filisteos con una quijada de burro y matar 10 mil japoneses con una bomba atómica? Quizá la bomba causó menos dolor que la quijada de burro.
–Entonces, ¿los científicos solo trabajan por la ciencia y no entran en esas consideraciones sobre el bien y el mal?
–No, cada uno tiene su opinión. No siendo yo muy religioso, tengo mi propia definición del bien y el mal. Pero si uno es religioso le dicen exactamente qué hacer y qué no hacer. En el caso de las armas, no se puede culpar a los científicos que las desarrollaron. Ellos responden a los deseos de una sociedad en su conjunto. ¿Usted sabe cómo eran los japoneses en las películas americanas? Eran malísimos. Seguramente, desde la perspectiva moral, el trabajo de esos científicos estaba justificado. Personalmente, si me piden desarrollar un gas letal, probablemente no lo haría. Pero esa es una decisión personal.
–¿Le parece que los científicos son incomprendidos?
–Mire, yo soy un hombre dedicado a la ciencia y no por eso dejo de tener sensibilidad, aspiraciones sociales, conceptos morales. Si yo le doy a leer un trabajo mío seguramente no lo va a comprender. Pero ese prototipo del científico anteojudo, feo, y aislado...
–La caricatura del científico.
–No, no sé de dónde sale. Como sabe, yo practico el windsurf y entre los colegas, uno de mis mejores amigos fue campeón de 4,000 metros en la universidad y aún corre la maratón de Nueva York con 72 años.
El aporte Woodman
–Muchos sabemos que en 1999 la Real Sociedad de Londres le entregó el Premio Appleton por sus contribuciones y liderazgo en el estudio de la ionósfera y la atmósfera…
–Lo que yo hice no fue un descubrimiento en particular, como la vacuna contra la polio, sino una serie de aportes a lo largo de mi vida. La Real Sociedad es una de las sociedades científicas más antiguas del mundo, en la que estuvieron personajes como Darwin y Newton.
–¿Fue la primera vez que el premio se entregó a alguien del Tercer Mundo?
–Antes hubo un científico hindú, pero que desarrolló su trabajo en Estados Unidos. El mérito, en mi caso, fue haber trabajado en Perú. Salvo un lapso de 5 años en el extranjero, llevo 45 años trabajando en el Instituto Geofísico del Perú.
–Y entonces, ¿por qué decidieron darle el premio a usted?
–Por mis estudios sobre el espacio exterior adyacente a la tierra usando instrumentos desde la tierra. Estos estudios pueden hacerse también desde satélites y cohetes, yo lo hago desde un radar en la tierra. Ahora bien, a un científico se le mide por sus aportes, que se plasman en publicaciones. Yo tengo unas 120 de esas publicaciones que han pasado por el tamiz de la opinión de otros científicos en el mismo campo.
–¿Y de cuál de sus trabajos está más orgulloso?
–Tengo algunos que han sido bastante referidos. Uno de ellos, publicado en 1974, estableció una nueva forma de medición de los vientos en altura. En una altura, por ejemplo, a la que vuelan los aviones. La velocidad y el curso de los vientos puede medirse también con globos aerostáticos que se elevan cada día desde los aeropuertos del mundo. Esta información se centraliza en Estados Unidos y se reenvía a todos los aeropuertos.
–¿Para qué se usa esa información?
–Por ejemplo, para que los aviones no vayan contra el curso de los vientos, gastando más tiempo y combustible. También para que puedan evitar las turbulencias que causan accidentes dentro de las cabinas.
–¿Y qué aportaron sus estudios? ¿Precisión o economía?
–Ambas cosas, precisión y economía. Porque, primero, la medición se hace desde un radar en la tierra y, segundo, se puede hacer cada minuto y no solo en un determinado momento del día como con los globos aerostáticos. Otro de mis estudios, uno que particularmente me satisface mucho, es el que determinó la causa de un tipo de turbulencia en un nivel de la atmósfera por el que viajan las comunicaciones satelitales.
–Es curioso que su actividad profesional y sus pasatiempos estén vinculados. En ambos el viento es importante.
–No creo que una cosa sea consecuencia de otra, pero sí es cierto que trato de usar mis conocimientos técnicos. Aunque no me ha funcionado mucho (ríe).
–¿Cómo hace para tener tanta energía a los 71 años?
–Me mantengo activo y hago cosas que tal vez mi padre no hubiera hecho a mi edad.
Sismos y sismos
–¿Cómo empezó a trabajar para el IGP?
–Era el inicio de la era espacial y Estados Unidos estaba tomando técnicos para las estaciones desde las que recibía información de todo el mundo. Me presenté a la Estación de Ancón, que estaba necesitando técnicos para mediciones. Claro que poco después se dieron cuenta de que sabía hacer más que eso. Yo ya tenía para entonces mi maestría en Harvard. Luego, ya becado y con la idea de retornar al Perú, volví a Harvard para estudiar mi doctorado. Mi tesis fue sobre el observatorio de Jicamarca, así que al regresar por segunda vez ya estaba preparado para lo que iba a hacer.
–¿Cuándo pasó a ser el jefe?
–Cuando Velasco Alvarado salió por televisión diciendo que no garantizaba la seguridad de funcionarios americanos en Perú. Tomaron la decisión de irse y me dejaron como director. Claro que antes de conseguir financiamiento tuve el observatorio un año en “bolitas de naftalina”. Luego me fui al extranjero hasta 1981. Regresé como presidente del IGP.
–Pero volvió a salir del IGP.
–En realidad me despidieron, en 1985, cuando entró el Apra. Yo no tenía carnet. Así que volví a mi puesto de Director del Radio Observatorio de Jicamarca hasta 1995, en que volvieron a nombrarme presidente del IGP.
–¿Hay terremotos de los cuales advertir aprovechando esta entrevista?
–Los sismos pueden predecirse hasta por la frecuencia con la que se dan. Yo le pudo decir a usted que se va a morir, no sé cuándo, pero lo sé. También le aseguro que no va a pasar el 2005 sin resfriarse. Sabemos que los sismos en el Perú van a ser de la misma intensidad que los del pasado.
-–¿Dentro de cuántos años habrá un sismo?
–En todo el territorio nacional, entre 10 y 20 años. Eso es suficiente para saber que no basta con contratar a un albañil para hacer la casa, sino que hay que pagar un poco más y contratar a un ingeniero civil.
–¿Ha escuchado a muchos habitantes de La Punta decir que cuando llegue el tsunami se quedarán sentados en su casa?
–Sí, pero si quisieran podrían salvarse. Basta con construir un refugio de dos o tres pisos y todos pueden ver el tsunami pasar por abajo. También bastaría con decirle a los guardias del Real Felipe que no le disparen a la gente cuando trate de refugiarse allí. Pero los planes de evacuación que he visto dicen por cuáles pistas deben salir los autos. ¡Eso va a ser un pandemonio!