Una lectura de la novela del Nobel peruano que hoy se lanza en Madrid. A las 12 m, el autor ofrecerá rueda de prensa. A las 19:30, presentación pública en Casa de América (hora española).
Carlos Villanes Cairo.
Madrid.Especial para La República.
La ansiedad con que se espera un nuevo libro de un compatriota y reciente ganador de un Premio Nobel no es apta para lectores cardiacos, letra heridos, ni curiosos con pretensiones literarias. Los demás pueden esperar tranquilos.
Lo bueno de los plazos es que siempre se cumplen y aquí está. Ya tenemos en las manos El sueño del Celta (Alfaguara, 2010, 454 pp.), la última novela de Mario Vargas Llosa que dentro de 37 días recibirá en Estocolmo el Premio Nobel de la Literatura en nuestra lengua, el primero en el Perú, el sexto en Latinoamérica y el décimo primero en español.
Además, hoy 3 de noviembre aparecerá, simultáneamente, en las librerías de 22 países –incluido Estados Unidos– con una primera tirada de medio millón de ejemplares.
El Congo belga, la Amazonía peruana e Irlanda son los espacios en los que discurren las aventuras de un hombre, Roger Casement, que por sacar a relucir la verdad de tres pueblos sojuzgados alcanza las dimensiones del héroe y las maledicencias del villano, las confabulaciones de sociedades que apagan cualquier grito de libertad con los castigos más brutales y las armas.
Casement no es una mentira novelesca de la realidad, ni una invención de la literatura. Nació el 1º de septiembre de 1864 en Dublín y murió ahorcado en la prisión de Pentonville, en Londres, el 3 de agosto de 1916.
Inspirado por los principios ingleses de llevar la civilización occidental a los pueblos del África, Casement sirvió durante 20 años en ese continente hasta que fue nombrado cónsul británico. Al Foreing Office llegó la noticia de que los colonos belgas infligían torturas a los nativos obligados a conseguir el caucho, sin pagos ni compensaciones.
Roger Casemet fue enviado a ver la realidad y que “no trataran a los negros como animales sin alma, a los que se podía engañar, explotar, azotar, incluso matar sin el menor remordimiento” (p.63), mientras las mujeres eran obligadas al trabajo y “a otras, se las llevan los soldados y las hacen sus mujeres. Esas son las que tienen más suerte. Algunas se vuelven locas y se matan. Otras se mueren de la pena, el cólera y el hambre”, (p.103).
El explorador descubre que la mayor arma de tortura es el chicote, hecho con cuero de hipopótamo del que nadie se libra sea hombre, mujer o niño. Una dama blanca le responde: “–Y, usted quiere saber por qué hay tantos congoleses con vendas en las manos y en sus partes sexuales. También se lo puedo explicar– añadió Lily de Hailes, desafiante. –Porque los soldados de la Force Publique les cortaron las manos y los penes o se los aplastaron a machetazos–”, (p.86).
Elabora el informe sobre el Congo. El Foering Office lo publica y se convierte en una figura mundial. Años después, ante las denuncias de un periodista peruano, la oficina le encarga hacer una investigación sobre las caucherías del Putumayo en la Amazonía fronteriza con Colombia. Y aun cuando el diplomático está “en orillas de la locura” acepta el nuevo reto.
Julio César Arana, archimillonario mestizo peruano, que reside en Londres y cotiza en la bolsa, dirige la explotación cauchera en factorías con empleados que cometen los más execrables abusos con los indígenas de la selva. Casement acompañado de una comisión revela todos los despropósitos: trabajo obligatorio sin remuneración, marcado de hombres con hierro candente o cuchillos con las iniciales del dueño en las nalgas de los indios, asesinatos espeluznantes –hombres y mujeres quemados vivos, decapitados, mutilados, violados, sacrificados por apuestas–, perseguidos sin misericordia con la familia incluida.
Un administrador confiesa que todo eso lo hacen por escarmiento, pero también por diversión: “Roca Saldaña enumeraba los distintos tipos de castigo a los indígenas por las faltas que cometían: latigazos, encierro en el cepo o potro de tortura, corte de orejas, de manos y de pies, hasta el asesinato. Ahorcados, abaleados, quemados o ahogados en el río”, (p157). El pecado de los indios: no traer 30 kilos de caucho cada 15 días, que eran pesados en unas balanzas trucadas.
Casement afirma: en el Perú los castigos son mayores y más aberrantes que en el Congo y, además en África la mano asesina es de extranjeros mientras que en el país andino “son los mestizos y blancos” de la misma nacionalidad y que su única salida es “alzarse en armas contra sus amos”, (p.239).
Además detecta cosas trascendentales: viene enviado por Londres, aunque él procede de Irlanda, un país que a su vez es colonia de Inglaterra y su conciencia social que ya tenía grandes dudas en el Congo se fortalece en el Perú. Decide romper con los ingleses y luchar por su patria sometida.
Unido a grupos independentistas viaja a Berlín para propiciar una insurrección contra Inglaterra con el apoyo alemán, el famoso Alzamiento de Semana Santa, que termina en tragedia. Los sublevados son ejecutados, hechos prisioneros y Casement recluido en una cárcel, donde se le condena a muerte. Su petición de clemencia es rechazada por unas notas de declarado corte homosexual apuntado en sus diarios.
Esta magnífica novela es una reivindicación de un hombre singular, valiente en sus pesquisas y denuncias pese a su salud endémica, difamado, acusado de traidor y hasta de pederasta, pero que supo conciliar su vida con su lucha irreductible en favor de la libertad.
La mano maestra de Vargas Llosa muestra a través de dos planos en el desarrollo de la trama y tres localizaciones espaciales. Sobresale su exhaustivo trabajo de documentación y ambientación de sus espacios a los que acudió personalmente para presentarlos al lector con ambición y categoría. Como de costumbre mantiene en buena medida su lenguaje peruano, tanto que de pronto nos topamos con un “curaca” en el Congo (p.106).
