Óscar Chumpitaz/
Aquel domingo 18 de setiembre de 1998, Carmen Guerra siguió entregando todo su amor por ese pedacito de vida que llevaba en el vientre. Ese día, en Birmania se realizaba un golpe de Estado y en Chile se celebraba un año más de la independencia. En su casa, del distrito loretano de Pebas, ella traía al mundo un robusto bebé sin imaginar que 24 años después este se convertiría en un héroe nacional.
Esta historia en la que la alegría y la tristeza comparten un mismo lugar es la del suboficial de segunda PNP Landert Ervil Tamani Guerra, el primer policía que pereció tras el ataque a un helicóptero en el Vrae, en el que también falleció la capitana PNP Nancy Flores Páucar.
“Cuando mi hijo nació, yo estaba en una misión especial, cerca de la frontera con Ecuador”, recuerda el técnico de segunda EP Félix Tamani Tecco. Para que no se desconcentrara, su jefe pidió al batallón que no le avisaran nada hasta que terminara su servicio.
“Tenía los ojos de su padre... parecía un angelito, era hermoso”, añora Carmen. Unas inevitables lágrimas surcan en su rostro aún sombrío por la tristeza.
Cumplió sus sueños
Landert Ervil era el segundo de sus hijos. A la edad de un año sus padres los llevaron a vivir a Iquitos. Estudió la primaria en el colegio 60060 y la secundaria, hasta cuarto año, en el CE Andrés Avelino Cáceres. El quinto año lo hizo en el colegio Año Nuevo, en Comas.
“Cada vez que veía llegar a su padre le decía: 'papá, cuando sea grande, quiero ser soldado como tú'”, recuerda su afligida madre.
Sus sueños se hicieron realidad desde el 2006, cuando se enroló en el Batallón de Servicio 112, en el Cuartel del Ejército Rafael Hoyos Rubio, en el Rímac. Ahí permaneció 14 meses y en el 2008 postuló a la Escuela de Suboficiales de la Policía.
Langelí, su tesoro
Poco después de egresar con la ‘Promoción Integración’ fue destacado a la Dirección de Operaciones Especiales. Fue en uno de sus viajes de servicio a Sivia (Ayacucho) cuando conoció a Lorena Huamán Inga. Hace once meses tuvieron una hija: Langelí Alexandra.
Landert estaba en la Policía no por necesidad sino por compromiso. Ese fue el primer estudio que le hicieron cuando aspiró a formar parte de un comando de élite, en la Diroes.
“El entrenamiento es tan fuerte, que la guerra será un descanso”, le decía a su padre.
“Ese día descubrí que le habían enseñado a estar preparado para morir”, manifiesta orgulloso el padre de este nuevo héroe de la patria.
Quería ser el mejor
Ese jueves, 16 de febrero de 1989, en Venezuela, el presidente Carlos Andrés Pérez decretaba el llamado ‘paquete económico’ que desembocaría en los sucesos del Caracazo. En Lima, Reyna Vega llegaba con las justas al hospital Bartolomé Herrera. Estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo.
“Nunca pensé que, 23 años después, mi hijo sería un héroe”, reflexiona la madre del suboficial de segunda PNP César Vilca Vega.
“El parto fue maravilloso, su nacimiento me llenó de alegría, confianza y fuerza. Mil veces volvería a ese momento para vivirlo de nuevo”, nos dice Reyna, en su hogar.
“Era increíble cómo un bebé puede traer tanta felicidad y armonía”, insiste.
Su esposo, Dionicio Vilca, este hombre que nos dio un ejemplo de valentía en la selva cusqueña, la contempla y seca unas lágrimas que ella derrama. Su hija mayor, Janet, también la consuela.
César fue creciendo muy sano. Estudió primaria en los colegios 2019 y Bella Leticia. Terminó la secundaria en el CE Simón Bolívar. “Cada vez que yo retornaba de mi servicio en la Marina, él se llenaba de emoción”, nos dice Janet, quien es oficial de mar.
En el 2008, César empezó a estudiar sistemas en una universidad, pero en el 2009 decidió postular a la escuela de suboficiales de la PNP.
“Ocupó el puesto 50 de 517 postulantes. Ese día se llenó de emoción”, recuerda.
“Mi padre tenía temor, pero terminó apoyándolo”, agrega.
Janet asegura que de niño, su hermano fue un alumno muy aplicado, muy responsable. Siempre traída diplomas.
César quería ser el mejor. Había realizado tres cursos de operaciones especiales. El 4 de abril se despidió de sus padres y prometió volver pronto. Hizo un viaje sin retorno.
Nació para sobrevivir
Un año más tarde, el 11 de mayo de 1990, nació en Lima Luis Astuquillca. De niño, se recuerda, él fue divertido, juguetón, y muy cariñoso con sus padres.
”Cada hijo que Dios nos ha regalado ha venido con una historia diferente”, afirma doña Celia, quien dice ser
–pese a todo– una mujer privilegiada, afortunada.
“Cuando me enteré de que iba a nacer Luisito, me quedé helado por la noticia, pues yo no quería tener hijos muy pronto”, cuenta don Raúl, su padre.
“En su barrio de Campoy, Luis nació entre el júbilo y la novelería porque estuvimos rodeados de toda la familia tanto de mi esposa como de la mía –sigue relatando–. El nombre lo decidimos en una Eucaristía cuando escuchamos el evangelio en el que aparecía San Luis”.
Francotiradores
Astuquillca y Vilca eran integrantes de la promoción Decisión 2009. Ellos, junto a Landert Tamani, viajaron el 4 de abril a realizar un curso de francotiradores en la base de Mazamari. Luis fue el único que retornó con vida.
Cuando el suboficial Astuquillca apareció herido y deshidratado, las esperanzas de hallar con vida a César Vilca Vega renacieron entre sus compañeros y familiares. Ellos permanecieron juntos, hasta la mañana del domingo 15 de abril en la espesura del VRAE.
Astuquillca ha declarado que el 12 de abril descendió del helicóptero junto a Vilca y Tamani. En ese momento fueron sorprendidos por un ataque narcoterrorista y el helicóptero del cual descendieron con sogas alzó vuelo, abandonándolos a su suerte.
Los tres permanecieron juntos en la selva y al día siguiente soportaron un enfrentamiento con un comando senderista, en el que Tamani y Vilca resultaron heridos.
“Tamani cayó impactado por tres tiros y Vilca fue herido en la pierna izquierda, la herida se le abrió como una rosa… Le hice un torniquete para que dejara de sangrar. Arrastrándome fui a ver a Tamani y vi que estaba muerto”, declaró.
En efecto, el cuerpo del suboficial Tamani fue encontrado y traído a Lima con los cadáveres de otros dos soldados.
Astuquillca y Vilca lograron escapar de los delincuentes terroristas, pero Vilca sangraba profusamente por la herida. Según Astuquillca, le puso una gasa y quiso ponerle suero pero no tenía en su kit médico.
El último grito
“Vilca todavía estaba consciente, pero ya había convulsionado tres veces, estaba pálido y frío. Le dije que le daría calor y dormimos abrazados”.
El domingo 15 de abril, Astuquillca salió del refugio donde se escondía junto a Vilca y recibió una ráfaga de metralleta de los senderistas que se encontraban agazapados entre la maleza.
Herido en una pierna y en un brazo, Astuquillca cayó por un acantilado hacia el río, separándose de su compañero.
“Grité ‘¡Camachín, me han disparado!’ y él me contestó ‘¡Escápate... es mejor que se salve uno a que mueran dos!’. Caí boca abajo. Ahí fue donde perdí contacto con mi promoción Vilca”, recordó.
Vilca fue hallado por su padre sin uniforme y con el torniquete que le aplicó Astuquillca en la pierna donde recibió el balazo. Su cuerpo mostraba signos de tortura. De inmediato, Dionisio Vilca trasladó a su hijo a Kiteni en un taxi.
Hoy Vilca descansa en paz, junto a Tamani, y Astuquilca no deja de recordarlos.
"Quien no resista, puede levantar la mano y volver a su unidad"
Lo primero que hacen los agentes de las fuerzas especiales de la Diroes cuando llegan allí es dejar todas sus cosas personales, incluso ropa y celulares, guardadas en una morral que se les devolverá cuando salgan del cuartel, dice el general Salvador Iglesias, jefe de la Diroes.
"Desde el primer día pierden el grado", asegura el jefe policial. "Todos son tratados por igual, sin importar si son subalternos u oficiales, y reciben la advertencia de que quien no resista física y psicológicamente el entrenamiento puede levantar la mano y volver a su unidad. Suena fácil, pero para quien tiene que hacerlo es un deshonor".
De ahí en adelante empiezan largos ejercicios de resistencia que requieren un entrenamiento físico de alto nivel; conocimiento y manejo detallado de armamento; un régimen alimenticio saludable, pero acorde con lo que se vive en el área de combate; y una capacitación intelectual en estrategias de guerra.
El entrenamiento, que dura meses, tiene tres pruebas que miden la resistencia de los comandos, pero que también deja claro quiénes serán los elegidos para hacer parte de la élite de las Fuerzas Especiales. La primera prueba de la fase final se llama la 'marcha de la muerte'.
"Por eso, el espíritu debe ser superior a lo material. Porque solo la fuerza interior es capaz de vencer los dolores, el hambre, el miedo a la pérdida... la angustia del fracaso y la lucidez para crear y aplicar la estrategia", agrega el instructor.
La Dirección de Operaciones Especiales de la Policía Nacional fue creada el 25 de agosto de 1987. Se tomó como base a las Unidades de las ex GC, PIP y GR.
En cifras
100 efectivos fallecidos tiene la Diroes desde su creación.
26 de ellos murieron en el Baguazo en junio del 2009.
9 policías y militares murieron en el Vrae solo en abril.
1.500 efectivos buscan a los narcoterroristas en el Vrae.