No son personajes de animes. No están disfrazadas. Tampoco son imitadoras de la Lolita de Vladimir Nabokov. Las lolitas peruanas son integrantes de una comunidad internacional que reivindica el romanticismo de los S. XVIII y XIX y la estética naif del Japón actual. Aquí les presentamos su mundo.
Por Óscar Miranda
Fotos Rocío Orellana
Evelyn (17) viste un jumper skirt rosado con estampados marrones, una blusa blanca, unos zapatitos rosados y un lazo del mismo color que ella hizo con sus propias manos. Tiene pegatinas de colores alrededor de los ojos y varias pulseras de fantasía en los brazos. Parece una muñeca. Me cuenta que a veces va a la universidad vestida de esta manera. Que, al principio, los chicos solo murmuraban al verla pero que cuando le tomaron confianza uno de ellos se lo preguntó: “¿Qué eres?”. Aquella vez Evelyn, sin perder la compostura, como toda una dama y quizá abriendo los ojos chinos como ahora, le contestó:
“Yo soy una lolita”.
“Se volvieron todos locos”, le comento y ella se ríe. Evelyn, Vanessa, Malú, María José y la docena de amigas que se han reunido esta noche en un auditorio del Centro Cultural Peruano Japonés son lolitas, pero no lolitas según la acepción occidental, es decir, muchachitas que utilizan su belleza para seducir a hombres adultos, de acuerdo con el estereotipo retratado en la novela Lolita del ruso Vladimir Nabokov. No. Ellas son parte de una subcultura, originaria de Japón, inspirada en el mundo de la aristocracia europea de los siglos XVIII y XIX. Un estilo de vestir, y para algunas chicas un estilo de vida, en el que se revindican los principios y valores y, en particular, la ropa y la estética de la época victoriana y del rococó francés.
Un universo de princesas y damiselas, en fin, tan romántico como naif, que desde hace unos años se vive también en Lima.
Una fan de María Antonieta
El papá de Vanessa Huaytán (23) todavía no acepta lo que ella considera que es su estilo de vida. “Ya estás otra vez con tus monerías”, le dice cada vez que se pone alguno de sus vestidos y parte a la calle. Su madre, en cambio, ya dejó de decirle que se estaba vistiendo como bruja (a Vanessa le gusta vestir a veces el estilo Gothic Lolita) y ahora la apoya cuando comienzan las quejas del hombre de la casa. Su enamorado, en cambio, es su mayor fan. Lo conoció en el trabajo –ambos son orientadores en el Metropolitano– pero no fue hasta que descubrió la faceta lolita de su amiga, en el Facebook, que el muchacho empezó a cortejarla. Y, con empeño, la conquistó.
Vanessa dice que cuando descubrió el mundo Lolita, hace cuatro años, a través de una amiga, sintió de inmediato que eso era lo que estaba buscando en la vida. Vanessa escucha música clásica, adora la historia y el arte, y es admiradora de la díscola María Antonieta de Francia y de la severa y majestuosa Victoria I de Inglaterra. “Me enamoré de la imagen de la lolita, una mujer con tantos detalles, que se ama tanto, y me dije: Yo también me siento así. Quiero ser yo misma”, dice.
Los orígenes
Los orígenes del Movimiento Lolita están en el Japón de los setenta, en un momento en el que los artistas y creadores dirigen su mirada hacia la estética occidental de los siglos XVIII y XIX. (Un ejemplo de este interés fueron los manga Candy Candy y La Rosa de Versalles, conocido por esta parte del mundo como Lady Oscar). Pero su irrupción como una subcultura dentro del ecléctico imaginario nipón ocurre en los noventa, con la explosión de la moda japonesa y la aparición de fenómenos musicales como la banda Malice Mizer y su líder, el popular e influyente Mana.
Internet se encargó de propagar el estilo lolita por todo el mundo. Según las lolitas peruanas más antiguas, el fenómeno llegó al Perú con el inicio del nuevo siglo, a través de una chilena, quien se vestía como lolita en los encuentros de otakus (fanáticos de los mangas y animes) y seguidores de la cultura nipona en Lima. Sin embargo, recién hacia el 2007 las lolitas locales empezaron a contactarse a través de las redes sociales y a organizar los primeros encuentros.
Según Vanessa, actualmente en Lima hay unas 30 lolitas identificadas.
Princesas de pícnic
El Lolita No Sekai, la exposición-desfile con la que las chicas de Lolimafia están mostrando el interior de su mundo a los limeños, ha sido un éxito. El evento forma parte de la Semana Cultural del Japón. Ofician de anfitrionas Vanessa, como administradora de la comunidad en internet, y Carmela García, una de las líderes lolita que más ha investigado el movimiento. Entre el público que ha llenado el Auditorio Jinnai hay padres y enamorados orgullosos, muchos seguidores de la cultura japonesa y bastantes curiosos.
En el backstage, Carmela (19) me cuenta su historia. Descubrió el Mundo Lolita hace cuatro años, cuando todavía estaba en el colegio, en una página de internet en la que solía colgar algunos de sus dibujos. “Siempre fui una niña obsesionada con ser una princesa”, dice. Tiempo después, curioseando en una tienda de ropa alternativa en la calle Berlín, cuando ya había perdido las esperanzas de encontrar chicas como ella en Lima, le dijeron que existía una comunidad y la invitaron a unirse. Hoy es una de las principales animadoras de Lolimafia. Como en el caso de Vanessa, su enamorado, Diego, es su mayor fan.
Al menos tres veces al mes, las chicas de Lolimafia se reúnen en alguna pastelería miraflorina o en casa de alguna de ellas para ponerse al día. En el verano suelen organizar pícnics en El Olivar de San Isidro. También van juntas al cine, a museos y a exposiciones de arte. No es raro que les griten de todo en la calle. Una vez, a Evelyn y a otra amiga unos skaters las insultaron en el Parque Kennedy. Ellas dicen que son lolitas y que por unos insultos no van a dejar de vestirse como tales. “Eso nos hace más fuertes”, afirman.
Evelyn es la más chica del grupo. A diferencia de Vanessa y Carmela, llegó al Mundo Lolita por el anime. “Mi papá es un friki. Le gustan los mangas, los cómicos, Star Wars, todo eso”, dice riéndose, mientras el aludido, con gesto grave, nos mira a unos metros de distancia. Mientras el padre andaba entusiasmado con las inquietudes de la hija, la madre sí se preocupó. “Te vas a apartar más del mundo”, le dijo. Sin embargo, para Evelyn ocurrió todo lo contrario: “Tengo los pies bien puestos en la tierra”. Sus zapatitos, rosados y brillantes, parecen darle la razón.
lo raro...
¿es perjudicial?
Mauricio Cerna. Antropólogo de la PUCP. Especialista en imaginarios, violencia y literatura oral.
Hay padres que se preocupan cuando sus hijos adoptan aspectos estrafalarios en el vestir pero tienen que saber distinguir. Una persona puede ser estrafalaria y ser, a la vez, muy inteligente y responsable. Que sus hijos adopten una estética punk, lolita o gótica no los hace raros. El problema es cuando hay otros problemas que acompañan esos looks, por ejemplo cuadros de depresión, que son asuntos que la familia debe identificar. En el caso de las lolitas, puede haber una preocupación adicional por el tema de la pederastía, y ese es un problema que hay que saber manejar, adoptando las precauciones para que no se vulneren sus derechos.
otras tribus
En Japón abundan las tribus urbanas de estética estrafalaria y muy original. Los Kodona, a la derecha, son la versión masculina de las lolitas, con trajes y actitud de estilo victoriano.
El Visual Kei es un movimiento estético impulsado por bandas de rock como X Japan y Malice Mizer, que incorpora elementos del glam, del metal y del punk.
Los Cosplay son los jóvenes y adolescentes que se disfrazan de sus personajes favoritos de manga y anime. Son un fenómeno mundial y hace años se han instalado en el Perú.
En el barrio de Harajuku, adonde llegan las tribus urbanas niponas, también es usual ver a los Decora, chicos que visten prendas coloridas y usan infinidad de accesorios.
Una de las tribus más raras es la de las Ganguro, chicas con bronceados artificiales, cabellos teñidos de rubio y diminutas prendas, que buscan emular a las rubias californianas.