En el penal Ancón II un puñado de internos busca cambiar de vida capacitándose en un programa de formación laboral llamado Creo. Administrado por el INPE, Creo tiene talleres de serigrafía, carpintería y manualidades. Aquí los primeros frutos de un aprendizaje que apuesta por la redención.
Por Juana Avellaneda
Fotos Rubén Grández
Joel Nunton Gonzales sostiene un avión de guerra hecho con papel periódico. Lo hizo en la cárcel, a donde llegó después de ser capturado por la policía tras una pelea que terminó con la muerte de su agresor. “No quise acabar con su vida, pero tuve que hacerlo. Él intentó acuchillarme primero. En defensa propia le quité el arma y lo maté. Mi intención nunca fue matarlo, sólo quería amedrentarlo. Sé que no debí reaccionar de esa manera, no debí”, dice arrepentido. A Joel lo capturaron en la casa de una tía, en La Molina, donde permaneció escondido siete largos meses. Confiesa que nunca sintió miedo, pues, tarde o temprano, tenía que caer. “Me metí con el hijo de una familia de delincuentes. Era mi vida o mi libertad”, comenta mirándome a los ojos.
Estamos en el penal Ancón II, donde funciona Creo, un programa creado para reos primarios que andan en búsqueda de una segunda oportunidad. “Irlanda tres”, dice por la radio Wilder Nieto Palomino, jefe de seguridad interna del penal. “Irlanda tres”, repite. En la cárcel, Irlanda no es solo un país europeo, también es un código de seguridad que usan los uniformados para evitar un motín. Joel asegura no estar arrepentido. Dice que las cosas ya están hechas y que Dios tiene un propósito para él. “No es por qué, sino para qué estoy aquí. Y yo estoy aquí para ser una mejor persona”, afirma mientras acaricia un dragón de origami que él mismo creó en el taller de manualidades.
Marlon Florentini, director de tratamiento del Instituto Nacional Penitenciario (INPE), explica que en el programa Creo los internos no solo aprenden a coser, a estampar polos o a confeccionar zapatos. “Aquí también les enseñamos a creer en sí mismos. El programa es voluntario, pero los que desean participar tienen que cumplir tres requisitos: haber cometido un delito por primera vez, no tener ningún tipo de adicción y, el más importante, creer en que sí se puede salir. Por seguridad, y para que no se contaminen con malas prácticas, los separamos del resto”, explica. Joel escucha lo que dice el especialista en silencio. Ya tiene 23 años y se le ve agradecido. Pasó cuatro años de su vida hacinado en Lurigancho. “He vivido experiencias horribles y estoy convencido de que estoy aquí gracias a Dios. Por eso me aferro a él. Arriba existe alguien, llámalo como quieras, que te escucha y te hace cambiar”, dice. ¿Y a ti te cambió? “Sí, me cambió”, responde.
Amigos del barrio
Un muchacho de ojos chinos, cejas cortadas y dientes picados nos ofrece un portafotos del club Alianza Lima. Su nombre es José Luis Oliveira Cobos, tiene 22 años y está procesado por robo agravado. “Robé sin darme cuenta. Estaba mareado... me dejé llevar por el alcohol”, cuenta mirando el suelo. Viste un polo con el logo del programa, short y zapatillas sin pasadores. José Luis empezó en las andanzas a los 16 años. Su vida giraba en torno a una pandilla llamada Alerta Grone. Cuando le preguntamos por su pasado atina a reírse. “Ya no soy el mismo de antes”, dice este chiquillo sentenciado a 12 años de cárcel. “Mi abogado apeló. Hoy le dan una respuesta. Ojalá que me bajen la pena porque cometí un robo simple. Me pusieron como si hubiera asesinado a alguien”, se queja.
¿Cuánto crees que hubiera sido lo justo? “Seis años”, responde serio. ¿Pero te arrepientes? “Me arrepiento, pero las cosas ya están hechas. Como dice la familia: todo tiene un propósito”. A su lado, su amigo Diego León, de 19, asienta con la cabeza. Se conocieron afuera y se reencontraron adentro. “Yo también estaba ebrio, me dejé llevar por los que, pensaba, eran mis amigos. Vamos a robar, me dijeron. Ya, les dije, y terminé aquí. Le robé a un joven sus pertenencias, dos celulares y una billetera”, recuerda. Diego intenta no llorar. Se le ve arrepentido de no haber escuchado los consejos de su familia. “Mi madre me decía estudia, trabaja, te vamos a apoyar, y yo no le hacía caso. Me tiraba la pera en vez de ir al colegio. Pero yo voy a salir cambiado, voy a terminar mi secundaria. Voy a ser alguien en la vida. Todavía tengo tiempo”, dice. Sus manos sostienen con fuerza un servilletero de girasoles.
¿Qué van a hacer cuando salgan libres? “Hemos planeado abrir una empresa de manualidades. Vamos a vender portarretratos y animales hechos con papel periódico. Pero no en Perú. En el extranjero pagan mejor”, responde Diego. Su amigo José añade: “Gracias por su visita. Ojalá que la gente de afuera vea que no solo en un penal hay cosas malas”.
Ingresamos al taller de corte y confecciones. Dentro, la profesora Violeta Torres explica que el horario de trabajo es de 8 y 30 de la mañana hasta el mediodía. “Luego tienen una hora libre para coser lo que deseen. Algunos transforman sus pantalones en shorts de verano. Otro grupo usa su tiempo para hacer ropita de bebé”, explica. Uno de ellos es Kevin Meza, 19 años, sentenciado a 5 años de prisión por homicidio. Viste una camiseta de Universitario de Deportes, short y sandalias crocs. ¿Qué pasó? “Tuve un problema con una gente en mi barrio, en Chorrillos. Estaba en una casa abandonada... tomando y drogado. Una punta entró y me dijo: ¿Tú eres el loco Kevin? Sí, le dije. Entonces quiso atacarme con un cuchillo. Empezamos a pelear. Cuando tuve la oportunidad cogí un palo del suelo y se lo clavé en el pecho. Salí corriendo a mi casa y al rato me chaparon”. ¿Te arrepientes? “Sí, le hice daño a una familia. Yo tengo dos hijos pequeños, sabes. Los extraño”, confiesa Kevin, y me muestra un juego de ropa de bebé que él mismo confeccionó. “Cuando salga, búscame en Gamarra. Ahí funcionará mi propio taller”, dice.
Joseph: Robaba por necesidad
Un chiquillo de cabeza rapada, pestañas rizadas y bigote adolescente sostiene en sus manos una cadenita plateada. “Es para mi mamá, vive en Ámsterdam hace 12 años”, cuenta Joseph Barazurda Sierra, quien se inscribió en el taller de bisutería hace ocho meses.
¿Por qué estás aquí? “Por mi mala cabeza. Hace dos años a mi papá le dio TBC y empecé a robar por necesidad. No podía fallarle”, responde. Joseph era cogotero. Le robaba sus pertenencias a los transeúntes. Su regla era no meterse con ninguna mujer. Pero un día algo salió mal. “Cogí a un joven por el cuello hasta que lo desmayé. Le estaba buscando los bolsillos hasta que los vecinos salieron y me llevaron a rastras a la comisaría. Conocían al agraviado”, cuenta. Joseph lleva año y medio encerrado. Si Dios quiere, para fines de julio de este año saldrá en libertad. “Mi mamá me va a llevar a Holanda. Con lo que me enseñaron aquí podré ganarme la vida como carpintero. Quiero otro tipo de vida, estas cosas ya quedaron atrás”, dice.
¿Tú crees que es posible cambiar? “Sí. Este fue mi primer y último error”, responde confiado. Ojalá.