Por Ricardo Antoncich SJ
Siguiendo el Evangelio, lo que hace “católica” a una universidad es ante todo que sea “cristiana”. Tal afirmación parece banal pero es profunda. La Iglesia no puede ser comprendida sin su relación con Jesucristo. “Lo católico” no puede contradecir “lo cristiano”: la doctrina y los valores que Jesús nos enseña. Mucho de lo “católico” viene de la autoridad de la Iglesia expresada por el Derecho Canónico, pero el derecho debe ser interpretado siempre a la luz del Evangelio y no al revés. Jesús nos dejó un solo mandamiento, el del amor. El amor equilibra lo normativo de la ley y lo espontáneo de una libertad que se expresa en lo que ama.
El debate sobre la PUCP invita a pensar el conflicto en forma “cristiana”. Los Evangelios no se inician por un acto formal y jurídico de otorgar la autoridad a los apóstoles, sino por la convocación de amigos para una vida fraterna de discípulos que serán enviados a anunciar el mensaje del Reino. Hay una realidad comunitaria entre Jesús y discípulos anterior al establecimiento de la jerarquía institucional. Además hay un mandato expreso de Jesús para ejercitar el poder que los apóstoles reciben en función de la comunidad, poder distinto al de las instituciones de este mundo. Lo institucional de la Iglesia debe ser vivido bajo la obediencia a la acción del Espíritu: “para” y “con” el Espíritu y no simplemente institución.
La precedencia de la realidad comunitaria sobre la institucional es recordada en el Documento de Aparecida al hablar de la Iglesia como “discípulos y misioneros”. Se equilibra así la falsa imagen de Iglesia que la identifica exclusivamente con sus autoridades jerárquicas. Todos los bautizados somos Iglesia y los que en ella tienen autoridad deben ser servidores. De allí que la identidad católica de la universidad no puede ser vista desde las normas canónicas del régimen de sus autoridades, sino principalmente desde los frutos de la vida de la comunidad universitaria.
La V Conferencia Episcopal en Aparecida considera a la Iglesia como una comunidad de discípulos-misioneros que escuchan el Evangelio y lo llevan a sus ambientes de vida. La Iglesia no se limita a lo institucional porque sabe que la garantía de su fidelidad al Evangelio depende sobre todo de la acción del Espíritu Santo. La garantía de fe cristiana de una universidad no depende exclusivamente del nombramiento de su Rector. Esta perspectiva es poco feliz para garantizar la fidelidad al Evangelio de Jesús por los controles jurídicos de las autoridades. Si por iglesia entendemos ante todo la comunidad de personas que viven su fe, entonces hay que examinar las vivencias de la comunidad universitaria. Se trata de una fidelidad viva y no meramente jurídica.
Los frutos de una universidad se manifiestan en la presencia de sus egresados en la vida de la nación. Con una amplia visión de la Iglesia, tal como lo enseña Vaticano II, su acción asume las alegrías y tristezas de la humanidad haciéndolas propias. No cabe duda de que el Perú real ha sido siempre el eje de las preocupaciones universitarias. Y que esta fidelidad a nuestros problemas y a nuestra historia ha inspirado el actuar de la PUCP, sobre todo desde el Concilio Vaticano II y las Conferencias Episcopales, de Medellín hasta Aparecida. Una universidad será tanto más “católica” cuanto más fiel sea a la predilección de Jesús por los excluidos de este mundo.
Una universidad católica debe ser un espacio de encuentro entre la razón y la fe. Entender la fidelidad a la fe en forma cerrada a todo diálogo no ha sido una característica de la universidad a la que se achaca, por el contrario, el ser “demasiado abierta”. Esta apertura se expresa en el esfuerzo de hacer asequible la educación universitaria a estudiantes de pocos recursos; en abrir espacios para la docencia a personas competentes con valores humanos de rectitud y amor a la verdad sin discriminar sus convicciones religiosas; en la atención pastoral a los estudiantes con espíritu ecuménico. Es característica de los tiempos actuales la vocación ecuménica y de diálogo entre la razón y la fe, del diálogo interreligioso y con todas las personas de buena voluntad. La PUCP ha sido espacio de libertad para ese diálogo fuera y dentro de ella misma.
El conflicto puede ser vivido de otra manera si quienes representan a la PUCP y al Arzobispado de Lima buscan la pacífica solución de los problemas. En este sentido la advertencia del Episcopado en su conjunto nos recuerda el respeto debido a la autoridad eclesiástica pero no nos obliga a considerar como acertados los actos jurídicos de dicha autoridad que no son ejercicio de su magisterio sino cuestión sometida al juicio de un tribunal civil. Lo que está en debate es un juicio civil sobre la voluntad del donante, conforme al derecho de la nación peruana y ante el cual las personas son libres, según su conciencia, de opinar qué lado de los contendientes tiene argumentos más sólidos. No hay por tanto ofensa a la autoridad eclesiástica por tener la opinión contraria, y mucho menos voluntad de dividir a la Iglesia.