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Hecho en el Perú / "Qué buena raza"

Detrás de cámaras: interioridades del rodaje de "Qué buena raza", la telenovela de Frecuencia Latina que ha empezado a perfilarse como la producción más vista en su horario.

Detrás de cámaras

Raza y Talento

Una productora con instalaciones disponibles, un escritor y un director con ganas de generar polémica en la audiencia, un canal dispuesto a tener su telenovela propia, actores esperando la oportunidad de trabajar y destacar... La combinación apropiada de esos elementos componen el éxito de Qué Buena Raza.

Escribe Juan Alvarez
Fotos Miguel Flores

.....El edificio levantado en Chacarilla por Croma Producciones para ser una de las infraestructuras más completas de producción y realización de comerciales, ha sido prácticamente asaltado por quienes desde hace tres meses graban

Qué Buena Raza, la novela de Frecuencia Latina que ha sorprendido por su inusitada acogida (20 puntos de rating promedio) en un horario donde antes fracasaron otras producciones de esa televisora que, incluso, tenían como protagonistas a Gianella Neyra y Facundo Arana.
Con un día de anticipación, los 10 obreros encargados del montaje se encargan de levantar en tres grandes estudios las diferentes escenografías que sirven para desarrollar las escenas en interiores de la telenovela: la casa de Fiorella (Mylene Vázquez), la de Valentín (Gerardo Zamora), la de los hindúes (Maricielo Effio, Miguel Iza) y hasta la cabina de internet, el principal símbolo de prosperidad del emergente provinciano dispuesto a conquistar Lima y su gente para demostrar que es posible modificar el supuesto destino irreversible.
Una pauta absolutamente pulcra (adiós borrones o cambios improvisados de última hora) indica a los cerca de 70 técnicos y asistentes de producción qué, dónde y cuándo se debe grabar. Los actores, que en total suman aproximadamente 40, también están pendientes de esa completa guía elaborada de acuerdo con los libretos ya listos y la necesidad de grabar la mayor cantidad de escenas posibles en una escenografía antes de desmontarla, lo que les permite aprovechar mejor sus tiempos, evitando las largas esperas en los alrededores del set, tan incómodas en estos días de frío.
Es por eso que, a diferencia de otras producciones similares, en el edificio de Croma reina un silencio casi absoluto y, de no ser por uno que otro asistente apurado en acicalar un detalle del vestuario, maquillaje, iluminación o mobiliario, nadie se enteraría de lo que allí se incuba. El propio Michel Gómez, director del culebrón, permanece encerrado en una especie de carromato desde donde dirige la grabación, y del cual sólo sale para ingresar al estudio y marcar las siguientes escenas a registrar.

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Sala de la casa de don Apolinario (Humberto Cavero) y Rosalía (Haydée Cáceres). Los ëpadrinosí de Valentín reciben a Gregoria (Flor Castillo) y Juan de Dios (Gustavo Morales), los padres del muchacho provinciano, y mientras esperan que éste regrese conversan acerca de cómo algunos programas de la televisión terminan afectando la mentalidad y actividad de la gente en la capital. Michel Gómez les van indicando cambios en sus posiciones. Los actores no se quedan, también ponen de lo suyo. De pronto, lo que era una simple conversación de cuatro personas sentadas en un sofá, se convierte en una escena rica en gestualidad corporal y en sugerentes movimientos que ayudan a componer imágenes que los camarógrafos (especialmente el responsable del travelling) usualmente no están acostumbrados a captar en telenovelas convencionales.
"Es más fácil trabajar con actores con los que existe un conocimiento previo, pues los nuevos tienen un referente importante a seguir y, así, todos pueden acoplarse rápido a lo planteado en el guión", señala Gómez aludiendo a quienes, como Cavero y Cáceres (y Lorena Caravedo, Carlos Mesta, Miguel Iza, Marcela Hinostroza, Yanina Ugarte, etc.) ya han participado en otras novelas y miniseries suyas. También aprovecha nuestra presencia para comentar cuán grato le resulta saber que la prensa ha empezado a interesarse por Qué Buena Raza, tal vez comparándola con la descomunal expectativa que despiertan otras producciones locales, como Mil Oficios, por ejemplo.
Para el experimentado director francés, Qué Buena Raza es la continuación de Sarita Colonia, la primera miniserie que realizó para Croma (que entonces se asoció con ATV); sobre todo en lo que se refiere al sistema de trabajo en estudios y a la decisión de apoyarse en una planificación estricta, algo que mejora sustantivamente la calidad del producto final. Y aunque en esta producción también tienen como locación fija algunas calles de Salamanca (para los árabes), éstas no tienen la preponderancia que sí tuvieron, en otras telenovelas, lugares como los barrios de La Medalla Milagrosa y el Cerro San Cristóbal.
Más allá de alguna historia secundaria que no termina de impactar en la audiencia por diferentes razones, en general Michel Gómez se encuentra satisfecho con Qué Buena Raza. Incluso considera que el inesperado buen rating de la telenovela irá aumentando en la medida de que se vayan soltando otros nudos dramáticos, como el del hijo blanco de Leonidas (Rafael Santa Cruz) y Norma (Tatiana Espinoza), ambos negros; así como la incursión de Tania (Erika Villalobos) en medio de la hasta ese momento sólida relación entre Fiorella y Valentín.
"El público será el juez de la calidad de la novela, pero yo considero que es uno de los guiones más maduros que he leído y una puesta en escena más limpia de las que se ha visto", dice el director que, no obstante ser ahora mucho más pragmático, asegura no haber perdido el romanticismo a la hora de manejar el aspecto visual.
"Al público siempre se le tiene que dar lo mejor. Para eso se debe evitar el facilismo", precisa adelantando que en Qué Buena Raza también habrá escenas de pasión (la primera relación sexual de la pareja protagónica), pero realizadas cuidando el buen gusto y la estética. "Queremos demostrar que sí se puede hacer productos de buena calidad", asegura antes de añadir que, de consolidarse el éxito de esta novela al final de sus 150 capítulos, le gustaría que la siguiente sea sobre la vida de La Perricholi.

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En Miraflores, bastante lejos de los estudios de Croma, Eduardo Adrianzén ha alquilado un departamento que espera poder conservar después de que acabe esta novela, para que siga siendo el lugar donde, junto a su equipo de cuatro escritores ("estaría loco si pretendiera escribir solo"), pueda seguir convirtiendo en diálogos las historias que guarda en su archivo, listas para satisfacer la demanda de algún broadcaster.
La de Qué Buena Raza era, precisamente, una de esas tramas en espera de salir a la luz, con un tema que nunca falla (el de la exclusión social) y que -a su entender- es la más apropiada para ser tratada en un contexto de corrupción. "Para mí lo más importante es que los ciudadanos conozcan y aprendan a defender sus derechos. El día que eso suceda habrá menos probabilidades de que alguien proponga o acepte una coima, y de que un presidente intente quedarse diez años", opina.
Es que para Adrianzén, si bien una novela no cambia el mundo, sí consigue impregnar en la mente de quienes la ven ciertos parámetros y puntos de vista. "Y eso es bastante", indica. Sin embargo, descarta que la coyuntura política y social esté marcando el ritmo de su historia en Qué Buena Raza. "Hacer eso significaría improvisar, y eso no sirve", enfatiza recordando que si bien Los de Arriba y los de Abajo tuvo resultados óptimos aun siendo grabada casi al día, éstos fueron apenas efímeros, por lo que no resulta un buen ejemplo a seguir.
"Y si empecé Qué Buena Raza con alusiones a la lucha contra la dictadura -sigue explicando-, fue porque eso me permitía delinear mejor el perfil de los personajes y situar la historia en un contexto determinado: el de decadencia en la familia de Fiorella, y el de sobrevivencia y ascenso social de Valentín y sus amigos. Lo de la prueba de ADN como conflicto en la relación entre Leonidas y Norma fue una pura casualidad. No tiene que ver con la reciente sentencia en el juicio entre Toledo y la mamá de Zaraí".

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Tal vez por ese estilo metódico con el que Gómez y Adrianzén ahora trabajan, y por su obsesivo apego a los esquemas del género telenovelero, ahora la oficina del escritor y los sets de grabación luzcan tan ordenados. Todo eso, sin duda, se refleje en la pulcra pauta de grabación de la que hablábamos al principio y, a su vez, en el hecho de que la singular historia de amor en el barrio de Santa Sarita haya empezado a ser vista con mejores ojos por la audiencia local. Una muestra de que, si bien en el Perú no hay Televisa ni la Rede OíGlobo, sí es posible hacer una buena chamba cuando hay auspiciadores, productores, directores, libretistas, técnicos y actores dispuestos a no dejar pasar la oportunidad de limpiar, en la medida de lo posible, la pantalla tan groseramente ensuciada en el decenio reciente.