Política
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Los 100 años de María Reiche

Dos fotos en color del escritor y viajero británico Bruce Chatwin (1940-1989) contenidas en su libro Fotografías y cuadernos de viaje nos devuelven la imagen de María Reiche. En la primera, aparece en lo alto de su característica escalera de tijera mirando el horizonte y al pie las cuerdas que le sirvieron para hacer el trazo de las figuras de la pampa; en la segunda, de espaldas a la cámara, camina siguiendo el trazo de una figura. Las hemos querido evocar hoy, cuando se cumplen 100 años del nacimiento de la Dama de Nazca (1903-1998) y volvemos a evocar la lección de tesón, coraje y generosidad que esta gran mujer nos ha dejado, con su desinteresada entrega a la causa de las líneas prehispánicas, a cuya defensa dedicó su vida. En un país en el que el diletantismo y la inconstancia son moneda corriente, los más de 50 años que María Reiche dedicó al estudio y conservación del calendario de Nazca convierten su caso en paradigma. María contó muchas veces cómo la traducción de un texto del arqueólogo Paul Kosok en 1939, en el cual sostenía que las líneas eran figuras hechas por los antiguos nazqueños cuyo sentido había que elucidar, la interesó en el tema. Pero no fue sino hasta 1946 cuando pudo viajar al lugar y enfrentarse a la que sería la tarea de su vida: el descubrimiento y preservación de esa prodigiosa obra humana, obra cuyo sentido y colosales dimensiones parecían desafiar toda comparación. María Reiche decidió entonces tomar la pampa de Nazca como morada y laboratorio, aplicando su talento de matemática y su terquedad teutona al misterio de esas figuras, elaborando y desechando infinidad de teorías sobre ellas. Fruto de esos años fue su libro El secreto de la pampa, que escribió y tradujo en tres idiomas, contribuyendo como nadie a la difusión de ese legado que hasta entonces permanecía ignorado. Una tarea que prosiguió por muchos años como conferencista. ¿Cómo explicar semejante dedicación y apego a una labor en la que inicialmente no sólo fue incomprendida, sino incluso mirada con burla e indiferencia? Puede pensarse que en esta mujer de apariencia frágil se conjugaban las mejores virtudes del espíritu alemán; de allí su persistencia y coraje, capaces de derribar los peores muros: los que eleva la ignorancia. Sin negar tal explicación, hemos de confesar que nos parece insuficiente. Pues nadie, luego de conocer lo que María realizó por medio siglo, y las difíciles condiciones en que fue realizado, se atrevería a dudar que algo de la fuerza y magnetismo del paisaje nazqueño se compenetró en ella. Esta fructífera mezcla le confirió el vigor que animó su tarea solitaria, su confesado empeño en desentrañar el secreto de esas figuras que logró hacernos tan familiares. Hasta hace un decenio, María continuaba recorriendo esas pampas secas y soleadas, midiendo y dibujando, aplicando su talento de matemática para tratar de explicar lo que parecía inexplicable. Luego no pudo hacerlo por razones de edad, pero continuó allí, pues su mente compensaba en agilidad la juventud que su cuerpo le negaba. Así pudo entregarnos Contribuciones a la geometría y astronomía en el Antiguo Perú, en la que desarrolló lo que su familiaridad con las técnicas de los antiguos nazqueños le había permitido descubrir: que era el codo humano la unidad de medida empleada para la realización de las figuras. Por eso, al recordar a María Reiche, algo parecido a la confianza nos recorre. Nada está perdido en nuestro país cuando puede inspirar a seres humanos como ella, capaces de dedicar su vida a la búsqueda del conocimiento y al deseo de servir, pues nadie duda de que sin su esfuerzo las líneas de Nazca seguirían ignoradas o, peor aún, habrían sido destruidas. Ahora que el centenario de su nacimiento suscita recuerdos y homenajes, recordemos que el mejor modo de ser fieles a su memoria es continuar con la custodia de aquellas maravillosas figuras que nuestros antepasados nos legaron y que se encuentran en riesgo por la irresponsable acción humana. Y agradezcamos una vez a María Reiche por su ejemplo y su obra peruanista, fruto de una grandeza de espíritu admirable.

Dos fotos en color del escritor y viajero británico Bruce Chatwin (1940-1989) contenidas en su libro Fotografías y cuadernos de viaje nos devuelven la imagen de María Reiche. En la primera, aparece en lo alto de su característica escalera de tijera mirando el horizonte y al pie las cuerdas que le sirvieron para hacer el trazo de las figuras de la pampa; en la segunda, de espaldas a la cámara, camina siguiendo el trazo de una figura. Las hemos querido evocar hoy, cuando se cumplen 100 años del nacimiento de la Dama de Nazca (1903-1998) y volvemos a evocar la lección de tesón, coraje y generosidad que esta gran mujer nos ha dejado, con su desinteresada entrega a la causa de las líneas prehispánicas, a cuya defensa dedicó su vida. En un país en el que el diletantismo y la inconstancia son moneda corriente, los más de 50 años que María Reiche dedicó al estudio y conservación del calendario de Nazca convierten su caso en paradigma. María contó muchas veces cómo la traducción de un texto del arqueólogo Paul Kosok en 1939, en el cual sostenía que las líneas eran figuras hechas por los antiguos nazqueños cuyo sentido había que elucidar, la interesó en el tema. Pero no fue sino hasta 1946 cuando pudo viajar al lugar y enfrentarse a la que sería la tarea de su vida: el descubrimiento y preservación de esa prodigiosa obra humana, obra cuyo sentido y colosales dimensiones parecían desafiar toda comparación. María Reiche decidió entonces tomar la pampa de Nazca como morada y laboratorio, aplicando su talento de matemática y su terquedad teutona al misterio de esas figuras, elaborando y desechando infinidad de teorías sobre ellas. Fruto de esos años fue su libro El secreto de la pampa, que escribió y tradujo en tres idiomas, contribuyendo como nadie a la difusión de ese legado que hasta entonces permanecía ignorado. Una tarea que prosiguió por muchos años como conferencista. ¿Cómo explicar semejante dedicación y apego a una labor en la que inicialmente no sólo fue incomprendida, sino incluso mirada con burla e indiferencia? Puede pensarse que en esta mujer de apariencia frágil se conjugaban las mejores virtudes del espíritu alemán; de allí su persistencia y coraje, capaces de derribar los peores muros: los que eleva la ignorancia. Sin negar tal explicación, hemos de confesar que nos parece insuficiente. Pues nadie, luego de conocer lo que María realizó por medio siglo, y las difíciles condiciones en que fue realizado, se atrevería a dudar que algo de la fuerza y magnetismo del paisaje nazqueño se compenetró en ella. Esta fructífera mezcla le confirió el vigor que animó su tarea solitaria, su confesado empeño en desentrañar el secreto de esas figuras que logró hacernos tan familiares. Hasta hace un decenio, María continuaba recorriendo esas pampas secas y soleadas, midiendo y dibujando, aplicando su talento de matemática para tratar de explicar lo que parecía inexplicable. Luego no pudo hacerlo por razones de edad, pero continuó allí, pues su mente compensaba en agilidad la juventud que su cuerpo le negaba. Así pudo entregarnos Contribuciones a la geometría y astronomía en el Antiguo Perú, en la que desarrolló lo que su familiaridad con las técnicas de los antiguos nazqueños le había permitido descubrir: que era el codo humano la unidad de medida empleada para la realización de las figuras. Por eso, al recordar a María Reiche, algo parecido a la confianza nos recorre. Nada está perdido en nuestro país cuando puede inspirar a seres humanos como ella, capaces de dedicar su vida a la búsqueda del conocimiento y al deseo de servir, pues nadie duda de que sin su esfuerzo las líneas de Nazca seguirían ignoradas o, peor aún, habrían sido destruidas. Ahora que el centenario de su nacimiento suscita recuerdos y homenajes, recordemos que el mejor modo de ser fieles a su memoria es continuar con la custodia de aquellas maravillosas figuras que nuestros antepasados nos legaron y que se encuentran en riesgo por la irresponsable acción humana. Y agradezcamos una vez a María Reiche por su ejemplo y su obra peruanista, fruto de una grandeza de espíritu admirable.