Carlos Villanes Cairo.
Desde Madrid
Este hombre dijo haber descubierto el secreto del mar meditando sobre una gota de rocío; que hay algo extrañamente sagrado en la sal, porque está en nuestras lágrimas y en el mar. O que le alejaran de la sabiduría que no llora, la filosofía que no ríe y la grandeza que no se inclina ante los niños. Que de los habladores había aprendido a callar; de los intolerantes, a ser indulgente, y de los malévolos a tratar a los demás con amabilidad; pero por curioso que pareciera, no sentía ninguna gratitud hacia estos maestros, y que el silencio de los envidiosos estaba siempre lleno de ruidos.
De origen humilde y familia cristiana maronita, Khalil Gibran, nació en 1883, en Bisharri, pueblo casi perdido al pie de la cordillera del Líbano, pero rodeado de grandes cedros. A los 12 años emigró a Estados Unidos y se estableció en una zona muy pobre de Boston. Aprendió inglés en el barrio chino, y a contemplar la belleza y la tragedia de la vida por su cuenta. Una amiga suya le patrocinó su viaje a París y la estancia por más de dos años. Escribió una veintena de libros, pero el que le llevó a la fama fue El profeta editado casi al final de sus días. Falleció en Nueva York, en 1931, tuberculoso y víctima de la cirrosis.
La editorial Blume de Barcelona ha editado Kahlil Gibran. Una antología ilustrada, con la selección, prólogo y largas notas explicativas de Ayman Amed El-Desouky, profesor de Literatura Árabe Moderna en la Universidad de Londres y la traducción de Juan Monferrer Sala, catedrático de la Universidad de Córdoba.
Pese a lo humano y profético, espiritual y de un misticismo que invoca a los paradigmas bíblicos y de El Corán, la poesía de Gibran apela a la sencillez y la claridad, sin mayor apego a las vanguardias que implosionaban los versos de sus coetáneos. Se aferró al desentrañamiento del alma y a la práctica del buen amor, pero sin apartarse del aire melancólico que lo emparentaba con el romanticismo, a lo William Blake, o a la refinada transparencia existencial, con un aura sublime, como quería Tagore, a quien trató y hasta le hizo un retrato. La recreación gibranesca de un “profeta” es la autogeneración de personajes, casi biográficos, como el Dedalus de Joyce, Odiseo de Kazantzakis o el Rainer de Rilke.
Una magnífica y cuidada edición, con excelente diseño y ornamentación gráfica, formato grande, cubierta en tela, Kahlil Gibran, trae además 48 reproducciones, a toda página, de los mejores cuadros del artista.❧
