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El documentalista peruano Roberto Guerra muere en NY

Adiós al creador. Roberto Guerra en el estreno de una de sus películas (Nueva York, 2011).
Adiós al creador. Roberto Guerra en el estreno de una de sus películas (Nueva York, 2011).
MAESTRO. Desconocida en nuestro país, la obra de este cineasta nacional se ha visto en 35 países, donde ganó premios internacionales y los mejores elogios de la crítica.

Federico de Cárdenas.

Es posible que el nombre de Roberto Guerra (1942-2014) nada diga a nuestros lectores. Sin embargo, por muchos años ha sido mencionado con el máximo respeto debido a una carrera internacional que lo llevó por medio mundo. Egresado de la U. de Ingeniería, Guerra llega a Nueva York a mediados de los 60 con una carta de presentación para  el documentalista Albert Mayles, quien con su hermano David es en aquel momento uno de los maestros del cine directo o cinéma verité.

Ambos hermanos simpatizan con el peruano deseoso de aprender, lo introducen ante los otros grandes autores del cine directo independiente de EEUU -Richard Leacock, D.A. Pennebaker y Robert Drew- y, lo que es más importante, le permiten trabajar en algunas de sus producciones. Guerra deberá su formación en el documental a estos cineastas neoyorquinos, con quienes hará su aprendizaje. En 1968 se asocia profesionalmente y en un proyecto de vida en común con Eila Hershon, quien será su productora y colaboradora por 25 años.

Sus primeros documentales, todos filmados en color, 16 mm y sonido directo, tienen a Roberto a cargo de la fotografía, cámara y edición y a Eila como sonidista. Cuando nos conocimos en París, Guerra acababa de ganar el primer premio del festival de películas de arte de Montreal con un documental pionero sobre Frida Kahlo y trabajaba simultáneamente en dos proyectos en el estilo del “retrato filmado” típico del cine directo: uno con Henri Langlois, el mítico fundador de la Cinemateca Francesa, y otro, en Londres, con el maestro expresionista Oskar Kokoschka, artista de gran edad de cuya confianza disfrutaba, tal como en el caso de Langlois.

Roberto era un cineasta intuitivo en su manejo del cine. Podía pasar horas a la espera del momento propicio de encender la cámara y la nagra y nunca le preocupó el derroche de material, pues tenía la paciencia del artesano y la visión del artista. Es por eso que los documentales que filmó con Langlois y Kokoschka –que le llevaron varios años– son los mejores hechos con dos personajes cuyo punto en común es la desmesura. De algún modo secreto, Roberto iba editando su película en la cabeza y llevándola a un puerto cuyo atraque solo él conocía, y los momentos en que le vi filmar a Langlois, por entonces embarcado en su proyecto de diseñar su Museo del Cine, forman parte de mis mejores recuerdos cinéfilos.

No volveríamos  a vernos, pues yo retorné al Perú y él a Nueva York. Supe que continuó sus retratos filmados con el modisto Hans Haacker y que pasó momentos difíciles tras la muerte de Eila Hershon por cáncer en 1993, pero pocos años después su encuentro con Kathy Brew le significó la segunda y definitiva relación de su vida. Fue ella quien lo convenció de pasar del celuloide al video digital, soporte de su obra desde 1996 y creo  que fue el éxito de su película con Haaker el que lo decidió a especializarse en las series sobre el diseño y la moda que le dieron fama y reconocimiento.

No hablaré de ellas porque lamentablemente no las he visto, pero entre sus trabajos de los últimos 15 años se cuentan Una historia de la moda (serie de tres horas para 20th Century Fashion), Tres reinas de belleza (serie de tres horas sobre Helena Rubinstein, Elizabeth Arden y Estee Lauder), una serie de seis horas sobre famosos modistos (entre los cuales Karl Lagerfeld y Gianni Versace), etc. Su último trabajo, estrenado en Nueva York el año pasado, lleva por título El diseño es uno: Leila y Massimo Vignelli.

Roberto Guerra había retornado con el cambio de siglo a Lima, donde hizo visitas familiares y esbozó algunos proyectos, entre los cuales Belleza tras las rejas, un retrato de las reclusas de Santa Mónica a través de su elección anual de una reina, y –fiel a su estilo– el retrato de dos artistas holandeses prendados del Perú. Me temo que quedarán inconclusos con el fallecimiento del artista, quien sucumbió hace poco a un cáncer pancreático, luego de seis meses de dura lucha. Queda como tarea pendiente la exhibición de sus películas, el gran legado de este espléndido ser humano, que merece alcanzar en su país natal el reconocimiento que logró en el mundo.

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