Por: Bob Woodward / Carl Bernstein
La guerra contra la Historia fue la última que emprendió el ex presidente Richard Nixon. Y hoy es continuada por antiguos ayudantes y revisionistas históricos, los que pretenden disminuir el significado de Watergate y presentarlo como un accidente pasajero en los antecedentes del ex mandatario. Nixon vivió 20 años después de renunciar y trabajó sin cansancio para minimizar el escándalo.
Aunque aceptó completamente el indulto del presidente Gerald Ford, Nixon insistía en que no había participado en ningún crimen. En sus entrevistas televisadas en 1977 con el periodista británico David Frost, aceptó que había “decepcionado al pueblo estadounidense”, aunque no había entorpecido la acción de la justicia. “No pensé en cómo tapar crímenes. No pretendí que fuese así. Déjeme decir, si lo hubiese pretendido, créame, lo hubiese hecho”, afirmó Nixon.
En sus memorias RN, publicadas en 1978, Nixon abordó el papel que cumplió en Watergate: “Mis acciones y omisiones, aunque lamentables y posiblemente indefendibles, no son censurables”. Doce años después, en su libro En la arena [política], menospreció unos doce “mitos” sobre Watergate y alegó que era inocente de muchos de los cargos formulados en su contra. Dijo que uno de esos mitos es el que señala que ordenó pagar un soborno al jefe de los espías que ingresaron en el edificio Watergate, el ex agente de la CIA, Howard Hunt, y a otros. Aún así, una grabación de las conversaciones de Richard Nixon en la Casa Blanca, fechada el 21 de marzo de 1973, muestra que el presidente le ordenó a Dean recaudar dinero (para pagar los sobornos) al menos 12 veces.
Hasta el día de hoy viejos ayudantes y defensores de Nixon subestiman la importancia de Watergate o alegan que las preguntas clave todavía no han sido respondidas. Este año, el director del programa de escritura creativa de la Universidad George Washington, publicó una novela llamada Watergate, una ingeniosa historia de ficción retratando a muchos de los verdaderos jugadores en el caso. Frank Gannon, un antiguo ayudante de Nixon en la Casa Blanca que ahora trabaja para la Fundación Nixon, reseñó el libro para “The Wall Street Journal”.
“Lo que emerge del libro Watergate es una urticante sensación de lo mucho que aún no sabemos sobre los hechos del 17 de junio de 1972 (día en que fueron sorprendidos los ladrones en el edificio Watergate)”, escribió Gannon. “¿Quién ordenó los allanamientos? ¿Qué es lo que realmente buscaba? ¿El plan fue estropeado adrede? ¿Qué tan involucrada estaba la CIA? ¿Y cómo un político tan duro y astuto como Richard Nixon permitió que lo derrumbara un robo de tercera categoría? Sus conjeturas son tan buenas como las mías”, agregó.
Claro, Gannon está en lo correcto al notar que hay algunas preguntas no respondidas, sin embargo no son las más importantes. Al enfocarse en la parquedad de los detalles concernientes al robo del 17 de junio de 1972, nos distrae de la historia más trascendental.
Y sobre esa historia, no hay necesidad de adivinar.
En el verano de 1972, ni la prensa ni los demócratas se levantaron contra Nixon, pero sí el Partido Republicano del propio presidente.
El 24 de julio, los miembros de la Corte Suprema acordaron con una votación de 8 a 0 que Nixon entregara las grabaciones secretas requeridas por el fiscal especial de Watergate. Tres de los miembros de la Corte, designados por el presidente Nixon –Warren E. Burger, Harry Blackmun y Lewis Powell– tenían la misma opinión. El otro supremo nominado por Nixon, William Renhquist, no se pronunció.
Tres días después, seis diputados republicanos del Comité de Justicia se sumaron a los demócratas para votar 27 contra 11 a favor de iniciar juicio político a Nixon por encubrir el caso Watergate.
Para agosto, el proceso de juicio político a Nixon en la Casa de Representantes era una certeza, y un grupo de republicanos liderado por el senador Barry Goldwater se alió para declarar que su presidencia había concluido.
“Demasiadas mentiras, demasiados crímenes”, dijo Goldwater.
El 7 de agosto, el grupo de congresistas republicanos visitó a Nixon en la Casa Blanca.
“¿Cuántos votos tendría en un proceso en el Senado?”, preguntó el presidente. “Hice una suerte de sondeo hoy,” respondió Goldwater, “y no pude encontrar más que cuatro votos muy firmes y serían de los viejos sureños. Algunos están muy preocupados sobre lo que está ocurriendo y están indecisos, y yo soy uno de ellos”.
Al día siguiente, Nixon se presentó en la televisión por cadena nacional y anunció su renuncia al cargo.
resistencia a la verdad
En sus últimas observaciones sobre Watergate como senador, Sam Ervin –quien presidió la comisión investigadora del caso–, un ferviente constitucionalista de 77 años respetado por ambos partidos, dejó una pregunta final: “¿Por qué sucedió Watergate?”.
El presidente y sus ayudantes, respondió Ervin, tenían “ansia por el poder político”. Ese deseo, explicaba, “los cegaba ante las consideraciones éticas y legales; olvidaron el aforismo de Aristóteles, en el sentido de que el bien del hombre debe ser la finalidad de la política”.
Nixon había perdido su autoridad moral como presidente. Sus grabaciones secretas –y lo que ellas revelan– probablemente serán su legado más duradero. En los audios se le escucha hablar interminablemente sobre lo que sería bueno para él, su lugar en la historia y, sobre todo, alude a sus rencores, animosidades y complots de venganza. El perro que nunca parece ladrar en los debates pretende decir lo que es bueno y necesario para el bienestar de la nación.
El caso Watergate sobre el que escribimos en “The Washington Post” de 1972 a 1974 no es el Watergate que conocemos hoy en día. Solo fue un atisbo de algo mucho peor. Para el momento en que fue forzado a renunciar, Nixon había convertido a la Casa Blanca en una empresa criminal.
El día que se fue, el 9 de agosto de 1974, Nixon dio un emocionado discurso de despedida a los miembros de su gabinete, a sus colaboradores y amigos en el Ala Este de la Casa Blanca. Su familia estuvo junto a él. Casi al final de sus comentarios, usó sus brazos, como para resaltar la cosa más importante que iba a decir.
“Siempre recuerden”, dijo, “que otros pueden odiarte, pero aquellos que te odian no ganan nada a menos que tú los odies, y entonces te destruirás a ti mismo”.
Su odio dio lugar a su caída. Nixon aparentemente comprendía esto, pero fue demasiado tarde. Ya se había autodestruido. ❧