Sociedad
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El hombre de Caral. “Fui el último eslabón”

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Entrevista a un trabajador de construcción civil muerto misteriosamente hace 4 mil años.

RESUCITADO. Fue reconstruido por antropólogos físicos, un escultor y un experto de criminalística.

Entrevista a un trabajador de construcción civil muerto misteriosamente hace 4 mil años.

Por Roberto Ochoa B.

–Han pasado cuatro mil años desde tu extraña muerte. ¿Qué fue lo que te pasó?

–Yo mismo no recuerdo los hechos exactos, pero me sorprende el interés que causo entre los habitantes de este siglo. Solo sé que fui golpeado en el rostro y que días después, cuando aún no me recuperaba de las heridas, me remataron con un feroz golpe en el cráneo…

–No tenías más de veinte años cuando te dieron muerte, pero tus pies y tu cuerpo corresponden a un hombre de sesenta…

–Es que fui algo así como un animal de carga, lo que ahora ustedes llaman un esclavo. No tuve derecho a un vestido, un matecito o un simple collar para la otra vida.

–¿Ni siquiera una tumba?

–No, por eso hallaron mi cadáver confundido entre las rocas de una pared. Mi muerte no fue un hecho aislado e individual, sino que decidieron mi sanción por alguna falta muy grave...

–¿Cómo fue un día en tu vida?

–Me despertaban con los primeros rayos del sol. Hasta ahora recuerdo el insoportable dolor en mi espalda y en mis pies. Cargaba rocas y tierra para la construcción de los templos y palacios. Algunas veces me incluyeron entre los cargadores del gran señor, en sus viajes a las serranías o a las pomposas ceremonias a orillas del mar. Al anochecer caía rendido de cansancio y de dolor.

–¿Y tu dieta?

–Solo tenía derecho a comer papas, camotes y otras raíces. Ahora han descubierto que también sufría algo que le llaman anemia crónica.

–Pero en Caral se hallaron muchos restos de anchovetas y otros productos de mar…

–Esos manjares eran solo para los guerreros, los sacerdotes y otros grandes señores y sus familias. Morí sin conocer el sabor de la carne.

–¿Y cuál fue tu nombre?

–Lamento desilusionarte, pero un hombre de mi casta no merecía un nombre.

–Me gustaría llamarte Waynarumi.

–¿Qué significa?

–“Joven piedra”, porque te hallaron confundido entre las piedras. ¿Qué idioma hablabas en Caral?

–Lo ignoro, pero según el sabio Alfredo Torero debió ser un quechua muy pero muy antiguo que tuvo como lugar de origen la actual costa central del Perú.

–¿Sabes por qué se llamó Caral?

–Caral es la cabuya, esa fibra vegetal que tanto se usó para confeccionar las bolsas. Yo tuve que cargar muchas de esas bolsas con piedras para la construcción de la urbe.

–Cuéntame de la civilización que te tocó vivir.

–Lo poco que pude ver es que ya existía una organización en cada acto de la vida social. Para hacer estas construcciones hubo autoridades que organizaban a la población. Unos traían las piedras, como yo, otros las cortaban, otros tejían las sogas con las que transportaban las piedras, otros construían plataformas, en fin. Yo fui el último eslabón de esa sociedad.

–Y ahora eres un símbolo de la civilización que te tocó vivir...

–Resulta paradójico comprobar que un hombre de mi casta sea ahora símbolo de una civilización tan antigua y tan enigmática para los hombres del siglo XXI.

(*) Con el aporte de la Dra Ruth Shady.