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“No quiero que me encasillen como una actriz sexy”

A sus 23 años, Stephanie Orúe –sí, con tilde en la u– ha recorrido a su antojo los escenarios del teatro, la televisión y el cine. Nada la detiene. Este miércoles estrenará la gala benéfica de Los monólogos de la vagina, en el teatro Segura, a favor de las mujeres maltratadas. Además se alista para dos obras más y una segunda película. Aquí un recorrido por su infancia, sus temores y su modo tan urbano de enfundarse en la piel de sus personajes.

Por Karen Espejo
Fotos Rocío Orellana


¿Qué significó para tu carrera tener un padre como Benjamín Orúe, ex vocalista de PAX, banda pionera del hard rock en Latinoamérica?

–Creo que mi vena artística viene de ahí, aunque no haya vivido con él desde los 4 años. No hubo tiempo para que me enseñe a tocar guitarra y eso. Pero sí cantábamos, o me cantaba mientras dormía. La música que hoy me gusta, el blues, el jazz o Los Beatles, es la que él me inculcó. Eso nos unía.

–¿Eso influyó en tu deseo de ser cantante?

–Claro. De chica yo decía que quería ser cantante y después actriz. Ya en el TUC (Teatro de la Universidad Católica) me enamoré del teatro y el canto quedó pendiente, aunque sí lo pienso hacer profesionalmente.

–¿Cómo surge el gusto por la actuación en tu niñez?

–Mi abuelito siempre decía que yo era la artista de la familia, porque le hacía shows. Y en la chacota era la payasa, imitaba cómo hablaban y caminaban mis profesoras del colegio San Juan de Dios, del Callao, que era católico, bien estricto, de puras mujeres. Siempre salía en las actuaciones, cantaba, bailaba, pero no sé cuándo empezó todo.

–¿Te parabas metiendo en problemas?

–Una época, cuando mi mamá viajó a Estados Unidos a trabajar. Yo tenía 10 años y regresó cuando cumplí 15. Pasaba de niña a adolescente, entonces me aferré a mis amigas. Y las profesoras, que ya sabían que estaba sin mi mamá, por cualquier cosa me mandaban a la dirección. He sido muy inquieta, pero divertida, nunca malcriada.

–¿Quién más está ligado al arte en tu familia?

–Mi madre es una artista nata, con una personalidad alucinante, es mi ejemplo de mujer guerrera. No cualquiera se va y deja a sus hijas de uno y 10 años para poder trabajar. ¿Sabes cómo volvió? La llamé y le dije “mamá, vente, porque no puedo más”. Ella me dijo “ya, el sábado estoy”. Y ese día regresó. Fueron cinco años muy difíciles que estuve sin papá y mamá. Me volví insegura. La confianza la recuperé con el teatro.

–Hubo un antes y un después...

–Antes era inocente, temerosa, quería tener muchos amigos, caerle bien a todos. Cuando vi que la actuación era mi vida, me hice más madura, más mujer, ya tenía piso. El teatro te pide que sigas tus impulsos, que seas verdadera, que no te mientas porque si no el público no te cree, y eso uno lo lleva a su vida.

–Una amiga te animó a estudiar actuación, ¿cómo lo tomaron tus padres?

–Mi mamá siempre me apoyó. Mi papá, como ya conocía el medio, me dijo: ¿no quieres seguir otra carrera a la par? Yo le respondí que cómo me pedía eso, cuando él amaba tanto el arte. Quizás le preocupó que no fuera lo suficientemente madura para ir por el camino correcto, pero terminó dándome la razón.

–Dicen que sin lentes no ves nada, literalmente. ¿Es cierto?

–Soy ‘recontraciega’. Tengo 10 y medio en un ojo, y siete y medio en el otro. Ahora te veo porque estoy con los de contacto, pero en el trabajo ando sin lentes, aunque no vea. Me desconcentraría sentir algo en el ojo.

–¿No te dificulta la actuación?

–No, yo ensayo con lentes y registro todo: las miradas, la cara del actor. Ya en escena me los quito y veo borroso, pero tengo todo grabado. Es bien loco. No ver es mi mecanismo de defensa en el teatro. Si hay alguien delante que se está durmiendo, no me interesa porque ni lo veo. Yo me saco los lentes y ya no tengo vergüenza de nada.

–¿Qué es lo que tienes exactamente?

–Astigmatismo y miopía. Muero por operarme porque voy a ver la vida diferente. ¿Puedes creer que en la tele no me reconocía porque no veía mi look de toda la vida? Yo uso lentes desde los cuatro años. De chica me paraba cayendo y mi abuelita le decía a mi mamá: “la bebé no ve”. Mi mamá no creía, me decía: “¡oye Stephanie, camina bien, pues, que te paras golpeando con las cosas!” (risas).

–Para encarnar a Jessica, la joven marginal de la película La Vigilia, te involucras con la calle. ¿Cómo fue?

–En las noches salía a lugares como La Victoria, donde veía realidades crudas, como niños aspirando terokal… Mi papá me presentó a una señora bien achorada que recogía basura. Y un conocido me contactó con un chico que fue mi diccionario para las jergas. Observé y escuché todo lo que me familiarizara con las calles, las personas, las lisuras.

–¿Pasaste situaciones riesgosas?

–Sí. Un día fui con mi primo a Constitución, en el Callao, y estábamos hablando con chicos de la zona. Alrededor había gente tomando. De pronto vino la batida y levantó a todos los hombres. Yo solo dije “Diosito, ayúdame”. Y con qué cara me habrán visto los Fénix, que se pasaron de largo nomás.

–¿Antes de la escena lésbica con Mónica Sánchez, en La Chunga, hiciste algo similar?

–Sí, fuimos al Legendaris (discoteca dirigida a lesbianas). Buscaba sentir lo que provocaban en mí los ojos de las mujeres, sentirme deseada por ellas. Era todo muy libre, eso nos ayudó a relacionarnos.

–¿Sueles hacer eso con tus personajes?

–No, cada uno tiene su camino. Para Daniela, de Los Exitosos Gome$, que era una papagaya que no paraba de hablar, el director me dijo: “improvisa, escucha a Gianella (Neyra) y síguela”. Nunca lo había hecho, pero ahí vi que el truco era decir lo primero que venga a la cabeza, y si estás conectado con el otro actor, y conoces la escena, todo fluye. Yo decía “calla, cara de huevo” y ella respondía algo relacionado. Cada personaje me hace crecer profesional y personalmente, porque para crearlo, observo, entiendo otros mundos. Esta carrera es mi terapia.

–¿Cómo te preparaste para tu primer semidesnudo en la obra teatral La Chunga?

–Era una obra de Vargas Llosa, con actores importantes y dirigida por Giovanni (Ciccia), a quien admiro. Era algo serio. No quería que me vean como la joven que se calatea para ser conocida. Pero me dio seguridad haber hecho El gran reto, Las Fénix, Magnolia Merino… Además no fue algo impuesto. Fue algo que surgió de la exploración entre Mónica, Giovanni y yo.
–¿Cómo asumes el desnudo de La Vigilia?

–Fue difícil. Sabía que había un desnudo, pero se me olvidó. Y cuando llegó el día de la escena, dije ¡qué vergüenza! Pero tuve confianza, porque era justificado. Yo actúo y me olvido de todo, pero luego la gente te hace comentarios y ahí recién ves la realidad: que esto no es tan normal para el público peruano.

–¿Cómo toman tus padres estas escenas?

–Ellos no separan las escenas fuertes de mi trabajo, no se meten en mis decisiones, son mis amigos. Incluso cuando le dije a mi mamá que la película era fuerte. Me dijo “¡ay, por favor! Si la gente habla, a ti qué te importa, si lo haces con amor”.
–¿Y qué dice tu enamorado?

–(Risas). A él sí le cuesta un poco porque no es actor. Y lo comprendo. Para él es difícil verme en pantalla, porque siente que soy yo vestida de otra forma. La Vigilia, por ejemplo, la vimos juntos en el estreno. Le chocó un poco, pero me apoyó mucho.

–¿Qué papel quisieras interpretar?

–Todos. Pero como este año se me ha juntado lo de La Chunga, La Vigilia y El Gran Show, la prensa resalta más el lado sensual, y ya no quiero irme por ahí. No quiero que me encasillen como la actriz sexy.

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