Por Juana Avellaneda
Fotos Rubén Grández
Shakira se pasea por el backstage del Estudio 4 de Barranco como si estuviera a punto de dar un show.
Viste un body con detalles dorados, pantalones de cuero rojo y botas del mismo color. Camino al cuarto de maquillaje saluda a Lady Gaga. “Hola, bebé, ¿cómo te fue en la presentación de ayer?”, pregunta una a la otra, mientras piden al barman que les sirva un vaso de ron. “Además de quitarte los nervios, sirve para limpiarte la garganta”, dice Shakira, guiñándome un ojo. Esta rubia platinada, de 1,52 m y 45 kilos, en realidad se llama Ivette Arredondo García, tiene 20 años y es fanática de la cantante colombiana desde los cinco. “La primera vez que la vi en la tele tenía el cabello negro y cantaba acompañada de su guitarra.
Era la Shakira del disco Dónde están los ladrones”, recuerda. Su admiración creció cuando la vio meneando las caderas en el video ‘Ojos así’. Para entonces llevaba el cabello rojo y había cambiado sus pantalones de cuero por un top y una sexy falda árabe. Ivette se demoró 10 años en conseguir que sus padres le dieran permiso para teñirse el cabello de rubio. “Soy camaleónica. Si Shakira se tiñe de rojo, de rubio o de negro, yo también tengo que hacerlo. Me gusta verme como ella”, reconoce.
¿Y te sientes parecida a Shakira? “Mi cara como que se ha adaptado a la suya, no sé. Es que veo tantos videos suyos, he estudiado sus movimientos, sus gestos, su risa. Los profesores me están enseñando a imitarla mejor. Hasta mi forma de hablar ha cambiado. Antes hablaba gritando, ya no”, responde esta veinteañera de cultivado acento colombiano. Es evidente que estudia con detalle a su personaje.
Le pedimos entonces que nos muestre algunos pasos de baile para entender el por qué quedó seleccionada después de competir contra 106 ‘Shakiras’. Entonces Ivette mueve las caderas como si estuviera en el videoclip ‘La tortura’. “Nadie imita a Shakira mejor que yo. Y te juro que no lo hago por la plata. Ella me encanta, es una artista que canta, baila, hipnotiza. Además se preocupa por la educación de los niños”, dice.
Fue así que el año pasado ganó un concurso de baile. ¿El premio? Bailar el ‘Waka waka’ junto a su ídola. “Como ya sabía que les ponían unos polos anchos horribles, me compré tela en Gamarra y confeccioné un vestuario muy parecido al de ella”, cuenta esta fanática que por amor a su diosa aprendió a hablar inglés. “También lo hice por mi carrera. Estudio administración hotelera. Hablo inglés, portugués y un poquito de italiano. Solo me falta el árabe y la igualo”, ríe.
¿Me parece o estás obsesionada con tu personaje? “No, no. Lo mío es admiración, que es diferente. Soy consciente de que el programa es una plataforma para hacerme conocida. Sueño con presentarme en un escenario y que me reconozcan por mi nombre. Quiero que me digan Ivette, no Shakira”, responde.
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No toma alcohol, jamás en su vida ha consumido drogas y es fanático de Camilo Sesto. Estamos hablando de Ramiro Saavedra Linares, un muchacho de 28 años que imita a Kurt Cobain desde los diez. “Los músicos no siempre somos borrachos, drogadictos o mujeriegos. Mi mamá me enseñó a respetar mucho a las mujeres. Además soy tímido. No sirvo para afanar”, explica con dejo arequipeño. Ramiro usa lentes oscuros, las puntas de su cabello le llegan al cuello y viste un polo de ron barato. “Vine al casting con el pelo castaño y ahora estoy rubio. Lo peor es tener que acostumbrarme a los lentes de contacto azules... pican”, comenta.
De repente suena su celular. Es la productora de ‘Abre los ojos’ haciéndole recordar que mañana tiene una cita a las siete en punto con Beto Ortiz. “Solo me falta aparecer en Los Simpson”, bromea. Y es que Ramiro imita tan bien a Cobain que cuando camina en la calle más de una chica se le acerca para pedirle un autógrafo. “Felicitaciones, lo haces muy bien. Sigue para adelante”, le dicen. Ramiro sonríe y da las gracias con timidez. Tiene miedo de que su novia que está en Arequipa se ponga celosa. No puede creer que todo haya empezado después de que un barman le pasara la voz para participar en el casting. Ramiro tenía diez años cuando un primo suyo le regaló el primer cassette de Nirvana. “Simplemente me volví loco. Nunca había escuchado algo como eso, manyas. Por él estudié música, es un genio”, cuenta. Cobain le sirvió de influencia para formar una banda de rock a la que llamó Olaf, como el personaje de su videojuego favorito.
Las primeras canciones que tocaron fueron del soundtrack de la mítica banda norteamericana. Desde entonces sobrevive tocando sus temas en bares de Arequipa. “La vida del músico es difícil. Compongo en inglés porque el mercado en español no paga bien. Ahora solo tengo siete lucas en el bolsillo, alucina. Si hago música es porque siento una gran responsabilidad, quiero que la gente se olvide de los wachiturros y conozca a Cobain”, afirma.
¿Qué vas a hacer si ganas los 25 mil dólares? Eres uno de los favoritos. “Pagar mis deudas. Debo 8 mil soles a mis patas. Me endeudé para venir aquí. No le he pedido ayuda económica a mis padres. Kurt Cobain habría hecho lo mismo”, responde.
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“Necesito músicos estilo jazz soul blues para formar un tributo a Amy Winehouse. Cualquier contacto agregarme a mi Facebook. Gracias”, escribió Any Rodríguez, de 22 años, inmediatamente después de escuchar a Amy Winehouse interpretando ‘Valerie’ en la radio. En menos de tres días ya tenía baterista, guitarrista y pianista tocando ‘Rehab’, ‘Jazz friends’ y ‘Back to black’ en la sala de su casa de San Miguel.
“Oye, Any cantas muy bien. Deberías salir en la tele”, le dijeron sorprendidos los chicos. Any no se la creyó hasta que se lo repitieron los jurados del show. Ahora está a punto de crearse otra cuenta de Facebook.
Todo el mundo quiere ser amiga de la “Amy Winehouse peruana”, como la llaman. “Esto es un sueño hecho realidad, no puedo creer que haya gente que me apoye con toda su alma. Me mandan mensajes en mi muro: ‘tú vas a ganar, eres la mejor’, me escriben”, cuenta al borde de las lágrimas.
Any trabaja de lunes a viernes como asistente de gerencia en una empresa minera y se convierte en la intérprete de ‘Rehab’ todos los fines de semana. Su mayor fan es Fátima, su hija de cinco meses. “Le canto sus canciones desde que me embaracé y a ella le encantan”, cuenta. Any nos recibe en la pequeña escuela de música que tiene junto a su esposo en Magdalena. Tiene los ojos delineados de negro, lentes de contacto verdes y un kilo de laca en el pelo. Antes tardaba dos horas para lucir como su personaje, hoy solo le toma diez minutos. Una bolita plateada ubicada en el lado izquierdo del bozo llama nuestra atención. Es el piercing que se acaba de hacer para parecerse más a Amy. Cuando le preguntamos por qué no se puso uno a presión, responde: “Porque no, pues. Quiero que la gente sienta que Amy Winehouse está cantando sobre el escenario, que no ha muerto, que soy ella”, responde.
¿Qué es lo más difícil de imitarla? “Aunque no lo creas, lo más fácil ha sido sacarle el timbre de voz. Todos saben que Amy casi siempre cantaba bajo el efecto de las drogas y yo nada que ver con eso, pues. Soy antidrogas. Soy adicta sí, pero a su música, por si acaso”, dice entre risas.