Vanessa Ochoa.
Desde niño, Gerardo Vásquez supo que lo suyo estaba relacionado con hacer y deshacer objetos. Esa fue la pauta para que años después se decidiera a estudiar relojería, una actividad que hoy lo ha hecho propietario de "El Mundo de los Relojes", un establecimiento donde el tic tac suena a cada instante y por arte de magia el tiempo se detiene para contarnos su historia.
Gerardo pensó en su juventud dedicarse al arte pero la mecánica también lo atraía, y hasta ingresó a la Escuela de Teatro de la PUCP, pero el arte en nuestro país no siempre reditúa grandes ingresos.
Así que decidió asistir al Senati. “Pensé especializarme en autos, pero cuando entré al taller de relojería volvieron a mi mente las imágenes de mi niñez, cuando con mi padre paseaba por la Plaza Unión y veía las relojerías y me dije, eso es lo que quiero hacer”, rememora. Dos años duró la carrera y logró el segundo puesto de su promoción. Su primer empleo fue en una gran importadora de relojes, que traía productos de reconocidas marcas.
Mente de empresario
Allí laboró dos años pues la empresa quebró. Quien fue su jefe en la importadora lo llevó a trabajar con él en un taller que abrió. Trabajó tres años y de allí pasó a Hiraoka, donde se quedó cinco años, especializándose en relojes suizos.
Pero el bichito del negocio propio empezaba a picarle. Su esposa lo impulsaba y con un capital que juntó con la venta de una casa y préstamos se enrumbó por el taller propio, el que aún conserva y se ubica en la 5ta cuadra del Jirón Camaná, en el centro de Lima. Al inicio solo eran él y su esposa. Gerardo se dedicaba a la relojería, ella administraba el negocio.
Nuestro “hombre del tiempo” recuerda que hubo épocas difíciles, como el paquetazo de Fujimori, y que incluso se vio al borde de la quiebra. Eso se superó y vendrían luego nuevos retos: crear relojes.
Fabricando el tiempo
Muchos creen que la relojería solo abarca la reparación de relojes o cambiar pilas al mismo. Falso, la relojeria es más que eso. Gerardo recuerda que en Senati le dieron las pautas, más que nada la teoría, de cómo fabricar relojes y la oportunidad de hacerlo se le presentó de manera anecdótica. “Un día, un grupo de personas llegó a mi taller y me preguntaron si tenía relojes de un metro de alto, les dije que no, y ellos me contaron que habían recorrido varias relojerías buscando ese reloj, para la iglesia de su pueblo en Huaylas (Ancash). Entonces yo dije “los puedo fabricar” y así empecé mi aventura”, asevera.
Un mes le demandó elaborar los relojes, treinta días donde se encerró el taller para hacer realidad lo que era el inicio de esa nueva actividad De allí vinieron más pedidos; e incluso, durante el gobierno del presidente Alejandro Toledo, se le encomendó fabricar el reloj que hoy se observa en el edificio del Diario El Peruano, en la Avenida Alfonso Ugarte. “Me siento orgulloso de decir que he colocado relojes en varias provincias del país”, dice Gerardo, quien ahora labora con cinco técnicos especializados.
Y como la carrera de relojería ya no es masiva como antes, él busca rescatarla y da cursos para no perder la esencia de quienes quieren seguir esta especialidad. Otro de sus proyectos es expandirse a otro distrito. Su clientela crece y es un poco complicado llegar al Centro de Lima . “Nos hemos posicionado como la mejor relojería del Cercado de Lima y ahora queremos seguir creciendo hacia otros horizontes”, asevera
En cifras
30 mil soles es el valor de un reloj como el de El Peruano.
500 mil dólares es el costo del reloj más caro que Gerardo reparó.
