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“Leer nos hace libres”

Vargas Llosa en la feria de Buenos Aires. El escritor y Nobel peruano señala que el libro y la lectura conducen a la libertad. Aquí una edición de su discurso.

Mario Vargas Llosa.

Distinguidas autoridades, señoras, señores, queridos amigos. Agradezco a los organizadores de la Feria de Libro Buenos Aires honrarme con la invitación a ocupar esta tribuna el día de la inauguración. He tenido ocasión de participar en ella hace algunos años, fue el 2003, y me alegra saber que ha ido creciendo y atrayendo cada vez más a editores, libreros y lectores del mundo entero, hasta convertirse en una de las ferias de libros más importantes en todo el ámbito de nuestra lengua.

No me extraña nada que haya ocurrido así, desde la primera vez que pisé Buenos Aires, hace de esto cerca de medio siglo, advertí que esta ciudad y los libros tenían una afinidad recóndita, comparable a la que solo había advertido antes en París, y que al igual que esta última, Buenos Aires era una ciudad de librerías, modernas y anticuarias, de cafés literarios, de escribidores y lectores donde todo letraherido se sentía inmediatamente en su casa. No es por eso nada raro que uno de los grandes creadores de nuestro tiempo, Jorge Luis Borges, fuera un porteño y que se pueda decir de su extraordinaria obra que toda ella es como la exhalación imaginaria emanada de una biblioteca, institución en la que Borges, recordemos, en uno de sus bellos textos, materializó el paraíso.

Tampoco es raro por eso que la Unesco haya declarado a Buenos Aires Capital Mundial del Libro el año 2012, decisión que celebro con alegría. Agradezco también a los organizadores de este certamen haber resistido las presiones de algunos colegas y adversarios de mis ideas políticas para desinvitarme. Y extiendo mi agradecimiento a la presidenta, señora Cristina Fernández de Kichner, cuya oportuna intervención atajó aquel intento de veto. Ojalá esta toma de posición a favor de la libertad de expresión de la mandataria argentina se contagie a todos sus partidarios y guíe su propia conducta de gobernante. Este episodio me parece, más allá de lo anecdótico, plantea un asunto interesante y actual, al que no me parece inadecuado abordar en el marco de este certamen con una breve exposición que me gustaría titular “La libertad y los libros”.

Manuscritos, impresos y ahora digitales, los libros representan la diversidad humana mientras no sean expurgados, claro está, a condición de que puedan participar en ella sin discriminación, corte ni censura, los libros en una feria de libros son, en pequeño formato, la humanidad viviente con lo mejor y peor que ella tiene: sus creencias, sus fantasías, sus conocimientos, sus sueños, sus contradicciones, sus amores y sus odios, sus prejuicios, sus pequeñeces y grandezas.

Ningún espejo retrata mejor a esa colectividad de hombres y mujeres que conforman las diversas tradiciones, culturas, etnias, lenguajes, mitos, costumbres, modos y modas del fenómeno humano, porque esa extraordinaria variedad desaparece cuando, abandonando la superficie, gracias a los libros, nos sumergimos en lo profundo hasta llegar a aquellas raíces y denominadores comunes de la especie.

[...]

Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e ideológicos entre los pueblos y las personas, y a descubrir que por encima o por debajo de las fronteras regionales y nacionales somos iguales, que en el fondo, nosotros, somos en verdad, nosotros mismos.

Gracias a los libros viajamos en el espacio y en el tiempo, como hizo Julio Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos sin salir de su biblioteca, y comprobamos con todos sus matices y variantes, la humanidad es una sola y compartida. Podemos comparar el mundo de los libros que en estos momentos nos rodean en esta feria como un bosque encantado. Ellos están allí, quietos, inertes, silenciosos como los árboles y las plantas de las fantásticas historias infantiles, esperando la varita mágica que los anime, la lectura. Basta que los abramos y celebremos con sus páginas esa operación mágica que es la lectura para que la vida estalle en ellos convocada por la hechicería de sus letras y palabras y un surtidor de ideas e imágenes y sugestiones se eleven del papel hacia nosotros, nos impregne, arrebate y traslade a otra vida a menudo más rica, coherente, intensa y entretenida que la vida verdadera en la que a menudo las rutinas embrutecedoras cotidianas nos dejan apenas resquicio para la exaltación y la felicidad.
La vida de los libros nos enriquece y nos transforma, nos hace más sensibles, más imaginativos y sobre todo más libres, más críticos del mundo tal como es y más empeñados en que cambie también él y se vaya acercando a los mundos que inventamos a imagen y semejanza de nuestros deseos y sueños.

Por eso, los libros son un testimonio inapelable de las carencias y deficiencias de la vida, aquellas que incitan a los seres humanos a crear mundos de fantasías y a volcarlos a ficciones para tener aquellos que la vida que vivimos no nos da. El viaje al corazón de ese bosque encantado de los libros no es gratuito, un paseo divertido y sin secuelas. Es un viaje que deja huellas en el sentimiento y la inteligencia del lector. La comprobación de que el mundo real está mal hecho, pues no basta para colmar nuestros anhelos, para qué inventaríamos otros mundos si con este nos bastara.

[...]

No es sorprendente por ello que los libros hayan despertado a lo largo de la historia la desconfianza, el recelo y el temor de los enemigos de la libertad, de quienes se creen dueños de verdades absolutas, de todos los dogmáticos y fanáticos que han sembrado de odio y violencia el zigzagueante curso de la civilización.

La inquisición lo vio clarísimo. Los libros deben ser examinados y purgados por censores estrictos para asegurar que sus contenidos se ajusten a la ortodoxia y no se deslicen en ellos apostasías y desviaciones de la doctrina verdadera. Dejarlos prosperar sin esa camisa de fuerza de la censura previa sería poblar el mundo de heterodoxias, teorías subversivas, tentaciones peligrosas y desafíos múltiples a las verdades canónicas. Esa mentalidad llegó a decidir que todo un género literario, la novela, fuera prohibida durante los tres siglos que duró la colonia en todas las posesiones españolas de América.

Durante 300 años no se pudo editar ni importar ficciones en las colonias americanas. El contrabando se encargó de que muchas novelas, empezando por el Quijote, circularan en nuestras tierras felizmente, pero una de las perversas o tal vez felices consecuencias de esa prohibición fue que en América Latina, como la ficción fue reprimida en el género que la expresaba mejor, las novelas, y como los seres humanos no podemos vivir sin ficciones, estas se las arreglaran para contaminarlo todo, la religión desde luego, pero también las instituciones laicas, el derecho, la ciencia, la filosofía y por supuesto la política, con el previsible resultado de que todavía en nuestros días los latinoamericanos tenemos grandes dificultades para discernir entre lo que es ficción y los que es la realidad.

Esto ha sido beneficioso en el arte y la literatura, pero bastante catastrófico en otros en los que sin una buena dosis de pragmatismo y de realismo, saber diferenciar el suelo firme de las nubes, un país puede estancarse o irse a pique. Los comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a los inquisidores de antaño. Vez que se ha apoderado de un gobierno un fanático religioso, ideológico o un caudillo megalómano que se cree dueño de la verdad absoluta, los libros se han visto sometidos a purgas, recortes y vejaciones, para tratar de evitar de lo que ellos encarnan mejor que nadie, la diversidad humana, la variedad de ideas, creencias, puntos de vista, costumbres y tradiciones, se divulgue y contradiga la visión dogmática, excluyente y autoritaria entronizada.

Nazis, fascistas, comunistas, caudillos militares o civiles, enceguecidos por los espejismos de las verdades absolutas, han tratado a lo largo de toda la historia y en todas la geografías del planeta, de domesticar y embridar el espíritu, creativo, insumiso y crítico que ha sido siempre el motor del cambio, pero por fortuna siempre han fracasado, dejando eso sí en el camino una miríada de víctimas torturados, encarcelados y asesinados, que pese a la represión y a las persecuciones, mantuvieron siempre viva aquella llama de libertad que anida como un alma secreta en el corazón de los libros.

Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir los libros que queremos leer, y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida. Defender el derecho de los libros a ser libres, es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene y renueva. (...)

Muchas gracias.

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