Subo al taxi y le indico al chofer: a la casa del rey, por favor. ¿A la casa del Rey? Sí, la misma, donde vive el Rey de España. Pero eso es en las afueras de Madrid, replica. Pues vamos, lo más rápido que se pueda.
Por Claudia Cisneros, enviada especial.
Ha salido el sol en Madrid. El clima está espléndido. Ningún frío de 4 grados como advertían en Lima. Es invierno y al mediodía hay una temperatura de 14 grados. Demasiado bueno, me dice el taxista. ¿Cómo así?
“Mucho sol y calor, no hay lluvias, estos campos deberían ya estar verdes y mira como está todo como quemado. Igual con los cultivos, están secos. Y los pueblos que viven de las temporadas de esquí han tenido que cerrar y languidecen”. Claro, un clima demasiado bueno no es tan bueno, ahora entiendo.
ENTRE EL GLAMOUR Y LAS ESTRICTAS MEDIDAS DE SEGURIDAD
Hemos llegado. La entrada a la casa del Rey se parece más una garita de control. Cámaras vigías en postes plantados cada pocos metros. “El gran hermano” bromea un miembro de la seguridad. Subimos a un bus repleto de periodistas y atravesamos una suerte de bosque durante 10 minutos. Está seco, recuerdo a mi taxista. Se detiene en la fachada de la residencia. Ahora sí luce como una mansión.
Más seguridad, esperamos en una habitación del primer piso. Cada mueble, cada objeto, cada cuadro es una joya de arte. Dos minutos después nos conducen a la segunda planta. Sigo grabando. Me piden que no. Entramos a la Sala de Audiencias. Salón amplio, techos altos, alfombras reales y la decoración sigue siendo de objetos barrocos aunque dispuestos con sobriedad. Sigo grabando, me vuelven a detener. Que no se puede. Que estamos sólo para grabar al Rey saludando al presidente.
Cinco minutos después, la puerta de la izquierda se abre y pasa el Rey. ¿Qué ha de pasar? Pues que se quedó completamente inmóvil, esperando 65 segundos. Hasta que por la puerta del ala derecha apareció el presidente Humala y detrás, muy cerca a él, su esposa Nadine. El Rey besa la mano de una elegante y coquetamente ataviada primera dama. Ha escogido una falda estampada por encima de la rodilla y un sobrio saco blanco, altos tacones negros. No hay Reyna a la vista, no hay reina a la vista. Luego entra el canciller Roncagliolo y el representante de la Embajada peruana. Se ponen en línea. Las cámaras disparan sus intermitentes flashes. El Rey le pregunta al Presidente cómo ha sido el viaje, él dice que bueno. Sonríen para las fotos.
En menos de tres minutos ha acabado el encuentro público. Se retiran a conversar en privado. De la reunión no ha trascendido ningún tema. No saldrá nota de prensa a la usanza del protocolo del Rey. “Puede tener todas las opiniones personales que quiera, pero no se hacen públicas porque no deben ser usadas políticamente”, nos aclara un asesor de la estancia.
Más tarde, el diario El País ha asegurado lo siguiente: El Rey defendió anoche ante el presidente peruano, Ollanta Humala, la actuación de las empresas españolas en el Perú, de las que dijo que “han contribuido a su crecimiento económico, tanto en términos de bienes y servicios generados como de creación de empleo o de aportación al erario público, sin olvidar su implicación en materia de responsabilidad social empresarial”.
No está explícita la fuente pero el presidente Humala ha recibido una pregunta sobre el mismo tema en la conferencia de prensa con el Jefe de Gobierno español, Mariano Rajoy. Un periodista español le pregunta si la renovación de los contratos de Telefónica está supeditada a la deuda tributaria de la empresa. El presidente contestó lacónico y tajante: “Hemos señalado que un tema es el aspecto judicial tributario y otro el tema de la renovación de licencias y contratos. Un tema lo ve la Superintendencia de Administración Tributaria, que pertenece al Ministerio de Economía y Finanzas, y el otro, el Ministerio de Transportes y Comunicaciones. Por tanto, la respuesta está clara”.
Ya no hay tiempo para repreguntas. La conferencia ha terminado. El presidente y su esposa deben marchar a la cena de gala que le ofrece el Rey por la noche en el Palacio Real, en el centro de Madrid. Un edificio lírico, majestuoso. De cuento de hadas. Un cierre perfecto para una agenda protocolar apretada. Mañana será con los empresarios, “Invertir en el Perú” los espera.
Enviada especial Claudia Cisneros, con la cámara de Fernando Vílchez.