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Alfredo Bryce

“Europa me ha enseñado solo a ser peruano”. El escritor, además de hablar sobre su nuevo libro de cuentos, Recuerda a Ribeyro, García Márquez y su larga estancia europea.



Pedro Escribano.



Alfredo Bryce ha vuelto al Perú, ahora sí para quedarse, porque vendió su casa que tenía en Barcelona. También ha vuelto al género del cuento, en el cual ya tiene harta pista (su primer libro fue de cuentos), tanto que acaba de publicar, para coincidencias de pistas, La esposa del Rey de las Curvas (Ed. Peisa). Así que Bryce está en lo suyo y a toda velocidad.



El libro reúne diez relatos en que los personajes, como siempre, vienen a través de su memoria, de los territorios de la infancia o de sus temporadas en Europa. Vienen risueños, orales, tanto que él dice que lo han convertido en un cuentacuentero.



–La experiencia vivida, la infancia, la familia, siguen siendo la cantera de donde salen tus personajes.



–Sí, pero hay que ver en qué medida. Ahora yo estoy planeando una nueva novela. Tengo un archivo, he leído un montón. Ahora estoy haciendo visitas a todas las casas que fueron de mi familia, por ejemplo la de mi abuelo, que era un palacete y que ahora es de la Logia Amazónica del Perú. Tengo que pedir un gran favor para ingresar a ella porque ahora es un templo. En esa casa tengo millones de recuerdos. Allí estuve tuve toda mi infancia, adolescencia, hasta que me fui a Europa.



–¿Eleodoro Holguín, personaje de uno de tus cuentos, tiene algo del pellejo de Bryce? Holguín es un hombre que también se va a Europa.



–Pues sí, yo creo para mi generación y todas las anteriores desde mediados del siglo XIX hasta finales siglo XX, el viaje a Europa era parte de la formación de un intelectual. Era necesario, tú no podías completar aquí una formación debida. Ahora el mundo es mucho más global, ahora todos esos viajes son más un placer que una necesidad, pero si tú vas a París todavía está repleto de peruanos, latinoamericanos, que se han ido allí en busca de ser escritores, artistas en general.



–Antes ese viaje y estadía era una penuria. ¿Hoy en día se padece igual?



–Yo creo que debe ser tan duro como entonces, tal vez incluso más. No a nivel material, porque las cosas se han abaratado, los viajes se han abaratado. En mi tiempo era muy caro. Yo me fui en un barco de carga, de la Marcona Mining Company, cargado de minerales. Allí había dos o tres dormitorios, que eran de los dueños de los barcos y que los daban como becas a estudiantes que iban a Europa y no tenían pasajes. Mi fortuna era cien dólares.



–Te ibas y regresabas al Perú, ¿eres nostálgico?



–Sí pues, soy un gran nostálgico de un mundo que ya no existe. Yo he estado poco a poco retornando al Perú. Mi retorno de 1999 fue muy frustrado porque no soporté el horror del fujimorismo. Me dieron duro por no aceptar la Orden del Sol de Fujimori. Me dieron una paliza y me dejaron frente a la embajada de EEUU. Mira tú la soberbia de esa gente. Me fui, el Perú no podía ser eso. Pero ya he vuelto, vendí mi casa de Barcelona.



Escritor en casa



–Podemos decir, Bryce tiene residencia en Lima?



–Empiezo a residir. Mis muebles, mi biblioteca ya están aquí.



–En tus libros siempre hay tías, como en este la tía Herminia, ¿son eternas?



–Sí, la tía Herminia parecía haber vivido a lo largo de varias generaciones de los Bryce y Echenique. Yo la habré conocido de cien años y aún así seguía viniendo a joder todos los domingos con su pesimismo atroz. Todo era malo, todo iba a salir mal, todo se quebraba…



–Según el cuento, a veces la achuntaba.



–A veces la achuntaba, la desgraciada (risas). Bueno, ahora es un personaje más literario. Si tú supieras, ahora en Miraflores yo me paseo y me cruzo con un montón de primos míos, que son primos por el lado Echenique y que fueron mis amigos entrañables desde chico algunos de ellos. Cuando los veo, nos saludamos con una sonrisa, tímidamente, pero nos saludamos. Hay un hielo que no se rompe. En realidad, es una timidez por ambas partes. Por mi lado, calculada, porque cada uno de esos tipos es un tesoro literario para mí. Y a lo mejor la cago, literalmente la cago si me acerco a él, le invito una copa y le digo “y hermano, qué tal”, y me descubre que soy un huevón de mierda. Yo quiero conservarlos como los recuerdo y como los veo, que son muy decadentes. Quiero escribir una novela sobre la decadencia de una familia.



–Por qué tienes la manía de acercar lo trágico con lo cómico. ¿La risa en realidad es la mueca del dolor?



–Sí, eso decía el gran Ramón del Valle Inclán, las risas y las lágrimas son los caminos de Dios y los míos. Así decía el viejo vanidoso de sí mismo. Escribió la primera novela sobre el dictador en América Latina, Tirano Banderas, después vino la de Carpentier, Gabo, Mario, etc. Tirano Banderas transcurre en Venezuela.



–Hugo Chávez la debe tener.



–En la chimenea… (risas)



–Estos tiempos ya no están para decirlos con tu libro La felicidad jaja.



–No pues. La Virgen no está para tafetanes como dice el refrán español. Está para milagros solamente, pero este presidente que tenemos no creo que haga ninguno en todo su gobierno. Más bien parece que obra una virgen de milagros un poco rara. Alan García es un estado desagradable de cosas.



–¿Te has imaginado como político? Seguro lo hacías bien.



–Hubiera sido pésimo político porque a mí me convencen todos los amigos. Yo con tal de darle gusto a un amigo cambio de rojo a verde, azul, chino, lo que quieras me convierto con tal de estar a gusto con un amigo. Tengo ideales, mis ideales son los amigos. La política está tan desprestigiada que no me interesa un pepino, menos la nuestra. Creo que ya se ha visto lo suficiente de este gobierno, un gabinete entero renuncia por corrupción, un presidente cínico que no ha hecho ningún pecadillo.



–Hablemos de tus amigos, de Julio Ramón Ribeyro



–Es uno de los grandes. Él me hizo leer a muchos autores peruanos y extranjeros. Julio era un gran lector, como era tímido no se le notaba, pero era un hombre notablemente culto. Para mí fue un padre en Europa, era mayor que yo, un amigo, un hermano y un maestro porque yo no escribía nada. Pero eso era mutuo. Cuando él escribía un cuento, me llamaba y me decía: voy a tu casa, a tomar un vino y te leo un cuento. Y yo cuando terminaba algo, corría a su casa también.



–En tus Antimemorias cuentas que los escritores del boom eran glamorosos, Ribeyro te hacía sentir bien porque no tenía plumas de pavo real.



–Exactamente, Julio era un tímido, un hombre reservado, se entregaba mucho a la conversación, pero con poca gente. Es muy graciosa la imagen, con todo el cariño lo digo por Mario Vargas Llosa, pero cuando uno iba a un cóctel, siempre parecía que Mario había llegado por la puerta principal y Julio por la puerta de servicio. Una cosa increíble, la vida predestina a los seres hasta por las puertas que usa. A mis amigos escritores yo los comparaba con cantantes de éxito, recuerdo que yo decía que Vargas Llosa era el Julio Iglesias de la literatura y Ribeyro el Agustín Lara.



–¿Hiciste amistad con Gabo?



–Mucha, maravillosa amistad.



–¿Bohemia con él?



–No, cuando yo lo conocí ya era un hombre muy consciente de su fama, muy consciente de su poder. Eso era lo único que podía estorbar en él, era demasiado serio, aunque a mí me toleraba cualquier capricho, incluso me pedía algún favor, que me quedara a dormir en su casa para salir al día siguiente a su Cuba, donde Fidel, porque Fidel quería cualquier capricho, cojudez, que se le ocurría, Gabo me pedía que yo me prestara al juego, me llevaba a su casa, pero yo le decía, si no me das una botella de whisky y un vaso de hielo yo no voy a dormir, cojudo. Y me lo ponía. Tomaba un par de tragos conmigo y se iba. La vida bohemia de Gabo se acaba con Cien años de soledad, empezó a vivir como un pachá. Pero la supo hacer porque vivió muy tranquilo, muy sereno, rodeado de amigos muy selectos. Pero nos separaba algo muy importante, su pasión por el poder. Él no solamente era poderoso sino también siempre está en las bambalinas del poder, que le encantaba. Pero yo no creo que Gabo apoye los crímenes de Fidel y tanta cosa, sino su amigo se convirtió en un monstruo, pero es la amistad típica de dos caribeños. A Gabo también le seducía el aspecto de poder de Fidel. A mí me interesa el Gabo privado porque a mí el poder no me interesa. No he podido nunca acoplarme a una persona poderosa, además les traigo mala suerte, porque el único amigo rico que he tenido lo ha perdido todo por andar conmigo, creo, pero sigue siendo mi hermano.



La sabiduría de Ribeyro



–¿Qué te ha dado Europa?



–Te voy a repetir una frase de Ribeyro que creo que es cierta y la puedo repetir como mía: los 45 años que he vivido en Europa solo me han enseñado que soy peruano, me han enseñado hasta qué punto soy peruano. Eso es lo único que he aprendido. Eso me lo dijo un día Ribeyro. Puta madre, ¡cuánta razón tiene este cojudo! Cuatro palabras maravillosas que dijo un día Julio y quedé maravillado. Igual que Mario que me dijo: Oye, ya deja de preocuparte tanto por el Perú. Siempre Mario te da consejos. Tú, cojudo, has querido ser presidente, más bien deja de preocuparte tú, le dije. Mario dice, al final, en la vida de uno, ¿qué es el país de uno?: un millón 140 mil kilómetros cuadrados de problemas, de diferencias culturales, históricas, miseria, opulencia, injusticia. No, el país de uno son unos cuantos amigos y unos cuantos paisajes. Los que has vivido toda tu vida, los que extrañaste cuando estuviste afuera, los amigos que mantuviste más lo que haces en el extranjero y si le agregas la buena comida, el Perú es el paraíso. He vuelto al paraíso.

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