Espectáculos
Loading

Venancio Shinki: “Siempre me pregunté quién era yo”

CU_20051126_95717_S.jpg
El reconocido pintor evoca sus años de infancia y asegura que su arte lo acerca a sí mismo. Con sus vivencias y visiones de tiempos presentes, se ha constituido en uno los artistas peruanos más notables.

Venancio Shinki en su casa de Miraflores. Además, Entre dos orillas . Se nutre del arte clásico sin dejar el universo personal.

Perfil

NACIMIENTO. El 1 de abril, en la hacienda de San Nicolás, en Supe, Chancay, en 1932.
TRAYECTORIA. Estudia arte en la Escuela de Bellas Artes de Lima. Representó a Perú en la Bienal de Sao Paulo (1963 y 1994).
PREMIOS. Entre otros, el “Sérvulo Gutiérrez” (1962). Premio Nacional de Pintura Ignacio Merino (1967), Premio de Tecnoquímica.


EL COLOR DE LA VIDA • El reconocido pintor evoca sus años de infancia y asegura que su arte lo acerca a sí mismo.

Por Pedro Escribano.
Foto: Christian Salazar.

En el colegio de la colonia japonesa no lo querían porque su madre era peruana. En el pueblo lo insultaban porque su padre era japonés. El niño Venancio Shinki entonces tuvo que arrinconarse en la soledad. No le quedó otra cosa que divertirse cazando lagartijas entre cactus y piedras, escuchar a los viejos árboles que, mecidos por el viento, parecían “hablarle”. Descubrir las figuras que el viento de Yamachupán, en Pativilca, había esculpido en las rocas de los cerros aledaños.

Sin embargo, esos años de infancia y el universo inhóspito de Yamachupán no se convirtieron en el recuerdo ingrato, sino en la cantera inagotable de su trabajo artístico. Desde allí saltan a sus lienzos las ágiles lagartijas, los árboles rumorosos, los cactus, las frutas pitajallas y las superficies sólidas de entrañables roquedales.

Venancio Shinki, con esas vivencias y con sus visiones de tiempos presentes, se ha constituido en uno los artistas peruanos más notables.

Modesto, campechano, amigo, nos permitió ingresar a su taller en Miraflores. Pero no solo a su taller, nuestra conversación se adentró en su vida, recorrió los sentimientos más sentidos y caros de su experiencia como un ser humano, como artista que cada vez, críticamente, se fue acercando a sí mismo.

“Una cosa que siempre me persiguió fue preguntarme quién era yo”, dice el maestro mientras se acomoda en el sofá.

La pregunta no podía ser más pertinente: hijo de inmigrante japonés y nacido en el país que en sus primeros años no le brindó cariño. La respuesta no más urgente. El artista no deja de responderse con pinturas.

El maestro Venancio Shinki se ubica en una silla y después en un sofá. Le rodean sus pinturas y cerámicas de la cultura Chancay. Cuenta que su padre, al ser perseguido por ser japonés, tuvo que buscar un refugio en Yamachupán. Así, el clima de la Segunda Guerra Mundial arrasó la alegría del niño Venancio.

“En el colegio me menospreciaban por ser hijo de peruana y el pueblo me insultaba por ser hijo de japonés. De mi casa, tras un cerro, estaba el colegio. Ese camino era una pesadilla. Allí nos esperaban los zambos, los cholos, flacos, coléricos, nos quitaban el kepí y nos daban cocachos. Esa fue la primera cosa terrible como ser humano que yo sentí”, dice el maestro.

No tenía salida. Era un niño de apenas siete años. Sin embargo, como él dice, del cielo le vino un milagro. Al colegio japonés llegó un libro de manualidades, para hacer origami y trabajar con arcilla.

“Cuando descubrí ese libro –sonríe– me sentí salvado. Me dije: qué me importan estos o los otros. Me concentré en ese libro. A medianoche, cuando todos dormían, yo era el chico loco que con la luz de un lamparín seguía jugando con origami”.

–¿Halló su vocación de artista?

–Fue una señal de mi vocación de artista, quién lo iba a imaginar. A Dios gracias encontré esa tabla, sino qué hubiera sido de mí, un renegado, un maldito, qué más podía ser con tanta agresión.

–¿Siempre iba a Yamachupán?

–Hasta allí solía llegar en mis vaciones escolares. Quizás también yo estaba huyendo del menosprecio. Allí iba a jugar con las lagartijas, a mirar las figuras que había esculpido el viento, a comer pitajallas, fruto dulce de un cactus.

–¿La naturaleza, un refugio?

–No hay duda. Se reirá usted, pero cuántas veces iba al río de Pativilca para escuchar hablar a los árboles. La primera vez me asusté. Pero después me di cuenta de que el viento mecía los viejos sauces y los hacía crujir como si estos hablaran.

Pero esa pequeña felicidad también se le acabó. Su padre de tanto huir se enfermó de los pulmones y murió. Pocos años después, su madre también. Venancio Shinki tenía 14 años. Un señor llamado Ysayama le buscó un empleo en una casa fotográfica, en donde barría el piso y luego se convirtió en fotógrafo.

–¿Y cuándo el fotógrafo se transformó en pintor?

–Cuando un día vi un buen retrato, pero debajo se leía “óleo pintado por fulano de tal”. Ah, si esto hace un pintor, yo quiero ser un pintor.

Y Venancio Shinki ingresó a estudiar a la Escuela de Bellas Artes. Aprovechó de sus maestros todo lo que pudo. “Yo al maestro que me interesaba lo acosaba con preguntas; cuando le sacaba todo, es decir, lo exprimía, lo dejaba y buscaba a otro”, refiere.

“El pintor Juan Manuel Ugarte Eléspuru –narra Shinki– tuvo el tino de suscribir a la Escuela a revistas de Europa y Estados Unidos. Nosotros parábamos en la biblioteca y salíamos de ella discutiendo. Así asumí el action painting”.

Y Shinki se inclinó hacia el arte abstracto. Representó a Perú en 1963 en la Bienal de Sao Paulo.

“Llego a la Bienal y recorro stand por stand y me doy cuenta de que todos estaban modulando el ritmo que trabajaba yo. Eso me hizo pensar”, manifiesta el artista.

Para salir de dudas, en un viaje a Nueva York le pide a su amigo y pintor Alberto Dávila que le muestre el último grito en pintura. Allí ve que el artista solo ha cruzado una brocha sobre el lienzo. Shinki quedó demudado.

“Sabes, salgamos. Anda a tu casa, déjame solo, le dije a mi amigo. Caminé por las calles de Manhattan. Ese ha sido el momento más triste de mi vida. Después de haber estudiado tanto, dejado el Perú, venía a encontrar que lo máximo en arte era eso. “Váyanse a la mierda con la pintura”, dije. Si eso es pintura, ya no me interesa. Pero ahora, qué voy a hacer con mi vida, me pregunté”.

“Pero en casa –agrega–, un ángel se metió en mi cabeza para salvarme: Has venido a Nueva York para buscar una salida a tu pintura, pero esa salida está en ti, tú eres peruano y pinta lo tuyo”.

Y así fue. Shinki replanteó sus conceptos, sus trabajos. “Me encontré conmigo mismo”, dice.

–¿Le fue difícil?

–Siempre me pregunté quién era yo. A mi regreso de un hermoso viaje a Japón, me quedé meditando quién era yo. No salía de mi casa durante días, hasta que accidentalmente escuché un huaino en la radio.

Entonces me digo lisuras: Oye, cojudo, estás en el Perú, eres latinoamericano. Dios quiso que nacieras en esta tierra, por eso gozas este huaino. Y es verdad. Sin ninguna amargura, amo a mi país.


Análisis

Un arte de fecunda sintonía

Luis Eduardo Wuffarden.
Crítico de arte.

Venancio Shinki ha enriquecido nuestra memoria visual a lo largo de una trayectoria ejemplar en el contexto del arte peruano contemporáneo. Su pintura evoluciona, sin saltos ni cortes violentos, desde la poética informalista de los comienzos hasta la actual maestría. Es obra de lenta maduración y descubrimientos paulatinos. A lo largo de ella, Shinki persiste en la búsqueda de cierto lirismo y de una renovada vitalidad en el gesto pictórico, sometida siempre a una firme voluntad ordenadora.

Como muchos otros artistas de la generación del sesenta, al llegar la década siguiente Shinki emprendería a su modo el retorno a una figuración largamente presentida. En su caso se trataba del hallazgo progresivo de un rico universo iconográfico. Así, las antiguas brumas cromáticas de su exitoso periodo inicial parecían solidificarse y adquirir consistencia. Por encima del caos nihilista implícito en todo su ciclo abstracto se había impuesto, finalmente, la afirmación de cierto orden primordial.

Shinki establece así una suerte de fecunda sintonía con algunas obsesiones e inquietudes centrales de la cultura latinoamericana. Tanto el mito como la utopía desencadenarán, a partir de entonces, un conjunto memorable de visiones. Intenta aludir a ellos desde una perspectiva personal –la única posible-, entrelazando la mirada con la imaginación dentro de un sistema de imágenes alternativo al mundo real.