En el día número 17 perdido en la boca de la selva, Astuquillca consigue contactar con una nativa machiguenga a la que embauca diciéndole que estaba enfermo de uta, para que no lo denunciara ante los terroristas. Ella le indicaría el camino hacia la casa de un matrimonio machiguenga. Desconfiado, el suboficial les mintió también, pero en lugar de recibir rechazo fue acogido con los brazos abiertos.
Lo primero que hice al despertar fue salir en busca de mis compañeros. A medida que iba avanzando observé gran cantidad de casquillos de bala de diferente calibre, la mayoría de fusiles de largo alcance, regados por el camino. Cada paso que daba encontraba rastros de sangre, una casaca militar destrozada, borceguíes, en fin, y enormes forados debido a explosiones simultáneas. Todo había sido colocado en el camino como si se tratara de una exhibición para aterrorizar a los que transitaban por ese lugar.
Sabe Dios cómo habrán quedado mis compañeros por la explosión. Era notorio que se trataba de un enfrentamiento de proporciones, muy probablemente de una emboscada. Era seguro que si no había muerto, habían sido heridos o mutilados.
En ese momento me dio coraje, ira, rabia. Quería gritar y al mismo tiempo llorar por la impotencia. "¡Que Dios los tenga en su gloria!", exclamé para que me oyera el que quisiera.
La emboscada se produjo entre las ocho y nueve de la mañana de ayer. Estaba asustado y seguí caminando. Estaba temblando. Pensé: ¿Quién no tiembla si ve la sangre y el uniforme agujereado de tus compañeros? Más aún si sabes que eran efectivos que te estaban buscando.
En el trayecto divisé una casa con una extensa chacra. Y a medida que avanzada también encontraba raciones de combate, que eran de mis compañeros que habían sido atacados. Al entrar en la casa deduje que el lugar había sido usado por personal del Ejército para descansar. En la zona había varias casitas, también pavos. Eran como las 11 de la mañana. También observé huellas de borceguíes.
Una hora después llegué a una escuelita y luego encontré un claro repleto de casquillos de bala, además de botellas de suero, algodón con sangre e hipodérmicas . En ese sitio habían sido atendidos mis compañeros heridos. Además, ahí podía aterrizar un helicóptero. ¡Mi corazón retumbaba!
Como a las dos de la tarde vi a la distancia a una señora. Su imagen me recordó a mi madre. ¡Por fin un ser humano! Era una nativa machiguenga. Me serené y le pregunté: "¿Dónde estoy? Me he perdido. ¿Cómo se llama este lugar?".
"Está en Alto Lagunas", me respondió suavemente. Le tuve que engañar para que no me delatara.
HERMANO MACHIGUENGA
"Tengo uta. ¿Por aquí hay algún pueblo u hospital para que me atienda?", le dije.
"No, ni siquiera una posta", contestó.
¿Ha visto pasar gente uniformada, policías o del Ejército", le pregunté.
"No", me respondió.
Su respuesta me pareció sospechosa porque por todas partes había evidencias de enfrentamiento armado. Y ella decía no había visto nada. Seguramente, también se protegía. Entonces le pregunté si había otras personas por el lugar. Me indicó que más adelante había unos vecinos que me podían ayudar. "Si llegabas un poquito antes, encontrabas un carro para que te lleve al hospital", me indicó.
Seguí su consejo y veinte minutos de caminata me condujeron a la casa de una pareja de esposos machiguenga.
"Tengo uta. Necesito ayuda", les mentí y les enseñé mis heridas. Me creyeron. De inmediato me metieron en su casa. Me trataron como a un viejo conocido. Al notar que me tenían confianza, les dije la verdad.
"Soy policía y estoy perdido hace 17 días", les conté.
La pareja machiguenga se manifestó en todo momento servicial. Era amable y al ver esa confianza me despojé de mis temores y les confesé que era policía, que estaba perdido. Por eso no voy a decir sus nombres porque merecen ser protegidos. Los machiguenga son gente en la que debes confiar.
"Serás uno de los policías que están buscando. Eso escuchamos", dijo él.
"Sí, yo soy uno de los desaparecidos", respondí con entusiasmo.
"Pues, ya apareciste", me dijo la nativa. "Mañana te llevamos a Kiteni".
QUÉ PASABA EN EL PAÍS
Los mandan a pelear contra los terroristas sin equipo adecuado
En el discurso durante la ceremonia de homenaje a los efectivos policiales Gerónimo Chino Ancco y John Lucana Huamaní, asesinados el 27 de abril en una emboscada en Alto Lagunas, cuando buscaban a su compañero Luis Astuquillca, el jefe de la PNP, general Raúl Salazar, sentencia: "Que quede claro, no vamos a dar marcha atrás en la lucha contra el narcoterrorismo".
Familiares de las víctimas dijeron que los policías partieron a la zona de conflicto sin el equipamiento adecuado y sin orden de disparar.
"Temía por su vida. Decía que había mucha gente sin suficiente preparación para combatir", dijo Wilmer Pusa, primo de Gerónimo Chino.
Mercedes Chino, la hermana del efectivo caído en cumplimiento de su deber, expresó: "Cómo es posible que vayan a combatir sin armamentos y equipos modernos, además con la orden de no disparar".