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De cómo Ariza fue captado en Chile

No era un agente de inteligencia, sino un burócrata estigmatizado por su pasado montesinista. Asumió su traslado a Chile como la oportunidad para una revancha. Allá aceptó una propuesta indecente: vender información clasificada del sector Defensa.

Por Miguel Gutiérrez R.

Cuenta el abogado penalista Walter Chinchay Carbajal que cuando entró a la sala de visitas del penal Piedra Gordas, encontró a Víctor Ariza sentado, con los codos apoyados en las rodillas y las manos rascando su cabeza. Cuando este levantó la mirada hacia él, preguntó: ¿después de todo lo que confesé, usted quiere asumir mi defensa?

Al técnico superior FAP Víctor Ariza Mendoza se le vino el mundo cuando, al mediodía del pasado 30 de octubre, efectivos de la policía antidrogas lo detuvieron mientras almorzaba en el restaurante “Yo amo Ferreñafe”.

“Estás detenido por el delito de traición a la patria”, le señaló uno de los efectivos de la Dirección Nacional Antidrogas mientras lo trasladaban rápidamente en una camioneta a los calabozos de San Isidro.

El técnico Ariza permaneció 15 días aislado de todos sin que sus compañeros de armas en la FAP se percataran de su ausencia.
Para cuando las razones de su detención se filtraron a la prensa, sus compañeros de la institución no podían creer que el técnico Ariza había entregado información sensible de sus fuerzas armadas al país vecino.

El agente que no era

Es sabido por quienes trataron por años a Ariza que este nunca jugó un papel de agente operativo pese a laborar en la Dirección de Inteligencia (DIFAP) desde sus inicios.

“No hizo inteligencia en el frente externo ni interno. Sus colegas mencionan que pertenecía a la burocracia de la inteligencia.
Durante los noventa, Ariza estuvo en el Departamento de Planes y Operaciones de la Dirección de Inteligencia de la FAP (Difap).

Aunque por el nombre esta unidad pareciera clave, los planes operativos de inteligencia se cocinaban en el SIN o en las oficinas del Servicio de Inteligencia (SEDIN) de la FAP. Inclusive, ese Departamento de Planes y Operaciones no era dirigido por un oficial sino por un técnico conocido como “Don Manuel”.

Ariza llegó a desempeñarse como segundo del viejo técnico. Cuando estalló el conflicto militar del Cenepa, en 1995, casi todo el personal de inteligencia fue destacado a la zona de frontera para cumplir distintas misiones. Ariza solo estuvo un par de días para coordinar cuestiones administrativas y retornó a su pequeña oficina ubicada en el viejo edificio ubicado en la comandancia general para ver los incidentes desde un televisor.

Las funciones de Víctor Ariza eran la organización y redacción de cursos y evaluaciones de personal de inteligencia. Nada más burocrático para alguien que trabajaba en la Difap. Sin embargo, Ariza parecía asumir su deber con mucha responsabilidad. “Ariza era respetuoso. No era el tipo que se te quiere trepar”, cuenta un coronel. “Solía tomar algunas copas y luego se retiraba tranquilamente. No buscaba ganarse la confianza llamándote “jefecito”.

Otros cuentan que era un excelente redactor. “Redactaba muy bien. Había ocasiones que sugería muy respetuosamente a los propios coroneles reducir o desaparecer párrafos innecesarios en sus oficios, habitualmente mal redactados”, recuerda un ex oficial de inteligencia.

En 1999 se le pidió al director de inteligencia, coronel Luis Malpartida del Pino, transferir a Ariza a una unidad aerotransportada para hacer inteligencia en el norte del país.

Este se negó aduciendo que su labor en Lima era impecable como para realizar seguimientos o recoger información en zonas de frontera. Sabían que el técnico era bueno para el trabajo en oficina. Su discreción era un factor apreciado.

El agente que regresó espía

Por esa discreción y por su fama de técnico correcto ganada en esos años no resultó raro que a fines del 2001, el entonces coronel FAP José Samamé Quiñónez, ahora mayor general y número dos de la institución aérea, lo solicitara como auxiliar en la agregaduría militar en la embajada peruana en Santiago.

Ariza jamás había salido del país y lo recibió con aires de revancha personal. Alejarse de una institución, la FAP, que nunca lo había valorado. Al igual que sus otros compañeros de la Difap, que habían trabajado al lado del montesinista mayor general FAP Elesbán Bello, se sentían estigmatizados por la percepción negativa que tenía el nuevo comando de ellos.

Tal como él mismo lo ha confesado, se fue a Chile con ganas de cobrarse una revancha con la institución a la que creía haber dado en vano los mejores años de su vida.

En Chile, con un sueldo nada despreciable y con un cómodo departamento, el técnico de 38 años de edad se sintió halagado. Alejado del acoso sufrido en Lima, apreció también la generosidad de los colegas extranjeros y los chilenos con quienes departía unas copas en el Círculo de Auxiliares de las Fuerzas Armadas y Policiales Extranjeros Acreditados en Chile (Cafape).

El gris y sombrío oficinista de inteligencia finalmente comenzó a despertar. Además de reunir diariamente información de fuente abierta para su jefe, mantenía una amigable relación con el sargento chileno conocido como Daniel Márquez Torrealba con quien compartía pisco sour chilenos en las reuniones sociales de la oficina de enlace de la Fuerza Aérea de Chile o en el Cafape.

Tras estas reuniones y otra efectuada en julio del 2004, en Arica, Ariza terminaría cumpliendo fielmente directivas precisas de Márquez respecto al tipo de información que necesitaban y las formas para evitar ser detectado.

A su retorno al Perú, y ubicado en el estratégico departamento del Frente Externo de la Difap, Ariza comenzó a tejer su red de colaboradores con los propios colegas con los que había laborado antes. Siempre atento a todo papel que se le cruzara con el rótulo de “estrictamente confidencial”, había aguzado el oído y la vista a pedido de sus nuevos amigos y benefactores.

Había nacido un espía, pero no fue gracias a sus años en la Difap, sino a funcionarios de la inteligencia chilena. Ellos lo convirtieron en un espía de verdad.

Huacho: ¿cómo pudo hacernos esto?

Huacho, su pueblo natal, recuerda con decepción a Víctor Ariza, quien estudió en el colegio “Domingo Mandamiento Sipán”. El director del colegio, Benedicto Pérez, lo recuerda ahora con cierto fastidio: “Domingo Mandamiento Sipán es un héroe huachano, quien hace 152 años se inmoló evitando que el pabellón nacional cayera en manos de los enemigos. “No podemos concebir que un ex alumno de nuestra institución haya traicionado a la patria”. Idilio Bernal, su compañero de carpeta, lo recuerda como sociable y colaborador. Recuerda que siendo adolescentes, Ariza lo sacó de apuros cuando le robaron sus prendas mientras jugaba en una piscina. “Fui a la casa de Víctor, quien con gran voluntad me prestó su ropa para poder regresar a mi hogar”, cuenta Idilio. A los dieciséis años de edad, Víctor Ariza ingresó a la Fuerza Aérea del Perú siguiendo el ejemplo de su hermano Ricardo quien ya era suboficial. “Desde que se enroló a la FAP visitaba muy poco a su madre, De vez en cuando la iba a ver, siempre llegaba acompañada de su esposa e hijos, no pasaba mucho tiempo antes que enrumbara a Lima”, indica uno de sus cuñados.

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