María Elena Castillo.
Para algunos recordar es volver a vivir, pero para Tomás Livias Ortega es revivir el dolor de las 27 balas que impactaron su cuerpo; de su cadera llena de orificios como una coladera; de la silla de ruedas a la que quedó atado; del asesinato de su conviviente, Marcela Chumbipuma, poco después de haber danzado una última pieza. Él es uno de los cuatro sobrevivientes de la masacre de Barrios Altos.
Aunque quisiera no puede olvidar las imágenes de horror de aquella noche del 3 de noviembre de 1991, cuando miembros del destacamento militar Colina entraron a una quinta de la cuadra 8 del jirón Huanta y acribillaron a todos los que encontraron con el argumento de que se trataba de terroristas, cuando en realidad era un grupo de amigos y vecinos que recaudaban fondos en una pollada. Esa noche, quince personas fueron asesinadas, entre ellas el pequeño Javier Ríos Rojas, de apenas 8 años de edad.
Hasta ese día, Tomás era un heladero como los miles que cada día recorren las calles de Lima para refrescarnos la vida. Así conoció a Marcela; y a Manuel Ríos Pérez, que vendía helados en la Plaza Italia y era uno de los organizadores de la pollada; a Lucio Quispe Odar y a Gustavo Huamanyauri, más conocido como “Ojitos”; todos ellos heladeros como él.
Tomás prefiere no hablar mucho del tema, se excusa de dar su testimonio, aquel que –pese a las constantes amenazas que recibió– no se cansó de gritar cada día durante los 17 años que tardó en llegar la justicia, la que al fin se concretó con la condena de Alberto Fujimori, por ser autor mediato de la matanza y jefe del escuadrón de la muerte.
Un dulce recordar
Durante todos estos años, solo los sobrevivientes y los familiares de las víctimas recordaron, en soledad y en público. Cada cierto tiempo se les veía en marchas, junto a otras personas que sufrieron los crímenes del grupo Colina, como los padres y hermanos de los estudiantes y el profesor de la Universidad La Cantuta, secuestrados y ejecutados extrajudicialmente en julio de 1992.
Es hora de que los demás recordemos. Así lo entendieron Teresa Cabrera Espinoza, Daniel Ramírez Corso y Christian Alarcón Ísmodes, miembros del Taller de Artesanía Salvaje (TAS), que impulsaron una campaña casi silenciosa pero efectiva, aprovechando una invitación para participar en el encuentro Experiencias de la Carne, a la que llamaron “Cerca de ti”.
Hace dos semanas fueron al depósito de helados del Mercado San Hidelfonso y convencieron a los administradores de colocar en sus carritos de helados D’Onofrio una calcomanía con la siguiente inscripción: “El dulce recordar… a 20 años del asesinato de nuestros hermanos heladeros. Barrios Altos 3-11-91”.
“Desde hace algún tiempo nos daba vueltas el tema, pues creemos que no ha sido lo suficientemente interiorizado, a diferencia de La Cantuta. El encuentro fue la mejor oportunidad de hacerlo”, sostuvo Daniel, quien tenía 11 años cuando ocurrieron los hechos.
Teresa, quien tenía un año menos, acota: Los estudiantes están muy identificados con La Cantuta, pero no hay una comunidad solidarizada con el caso de Barrios Altos. Como varias de las víctimas fueron heladeros del barrio, pensamos que podía convertirse en un tejido apropiado.
“Quisimos reactivar la memoria del barrio, y algunos comenzaron a recordar a los heladeros asesinados, como el caso de ‘Ojitos’, que vendía helados en la puerta del que fue el colegio Oscar Miro Quesada, cerca de la Comisaría de San Andrés; o el caso de la señora que siempre estaba en la Plaza Italia. Se reactivó la memoria de una generación”, señaló Teresa, ex vecina de Barrios Altos.
Fue un tierno intento por recordar, pero de una manera más íntima, más personal y no solo desde la mirada tradicional de la lucha por los derechos humanos o contra el fujimorismo.
“Se puede recordar de forma dulce a pesar de la tragedia, involucrando lo cotidiano, como comprar un helado. La memoria se ha ido construyendo como una cosa muy dura y violenta, que lo es, pero hay que reconquistarla a partir del derecho de recordar con dulzura a los heladeros muertos”, refirió Daniel.
La reacción frente a esta campaña ya comenzó a sentirse en las redes sociales como Facebook, en el que dejan comentarios cariñosos por el carrito de helados, y críticas porque la iniciativa no vino de los mismos heladeros.
“Es cierto que la idea no nació de los heladeros, ellos no fueron a Wilson a imprimir los stickers, pero lo conversamos con ellos y estuvieron de acuerdo. ¿Acaso eso lo hace irreal? ¿Qué requisito se tiene que cumplir para ser víctima? ¿Acaso no me puede doler lo que pasó porque no los conocí en persona? ¿No son también mis muertos y los de todo aquel que se preocupe por este tema? Fueron mis víctimas, fueron tus víctimas, fueron las víctimas de muchos”, insistió.
Batallón de carritos
Dos domingos atrás los miembros del TAS fueron al depósito de Pedro Ávila y Rita Aguirre a contarles del proyecto. El primero aceptó de inmediato, la segunda tuvo sus dudas, pero terminó por consentir y hasta colocó la calcomanía en la vieja cajita con la que hace 20 años recorría las calles vendiendo helados.
Rita fue invitada a la pollada, pero no asistió porque su hermana estaba cansada. “Eso nos salvó”, contó sin poder ocultar la emoción.
Ella no fue la única. Dionisia Alvarado, también fue invitada, pero se excusó de asistir porque no le gustan las fiestas.
“Yo conocía a todos los heladeros. Al que más recuerdo es a ‘Ojitos’, a Tomás. Ya me olvidé de los otros nombres. ¿Cómo pudieron matarlos? ¿Cómo pudieron decir que eran terroristas? Solo eran humildes heladeros”, afirmó, mientras empujaba su carrito por el jirón Ucayali, camino a Barrios Altos.
En el trayecto, curiosos clientes le preguntan por qué le hacían tantas fotos. Ella mostraba la calcomanía y decía: Por las muertes de Barrios Altos, ya van a ser 20 años.
En total el TAS repartió 40 calcomanías, por lo que debe haber un batallón de carritos de helados repartidos por Barrios Altos y hoy irán nuevamente a tratar de entregar 60 stickers más.
En el jirón Andahuaylas, muy cerca de la Escuela Nacional de Bellas Artes, está Carmen Padilla, quien tiene apenas cuatro años en el oficio, por lo que no conoció a los “muertitos”. Sin embargo, igual estuvo de acuerdo en llevar la calcomanía en el carrito.
“Tenemos que ser solidarios. Nadie tiene derecho de matar. Hay que recordar estos hechos para que no vuelvan a pasar”, manifestó.
Cerrar las heridas
Rosa Rojas está agradecida con esta iniciativa. Y aunque le hubiera gustado contar mucho antes con ese apoyo, cree que es importante que no se olvide lo que pasó.
En la matanza ella perdió a su esposo, Manuel Ríos, y a su pequeño hijo, Javier. Rosa recuerda lo que sucedió como si fuera el mismo día. Aparecen en su mente las imágenes como si se tratara de una película de horror.
“Yo salí a convencer a mi esposo de que entre a la casa, porque era tarde, y mi hijito salió a terminar de barrer y recoger las botellas. Me dijo: yo te ayudó, mamá. Fue lo último que me dijo”, relató, caminando nuevamente por el pequeño patio donde se realizó la masacre.
“Mi esposo me convenció de bailar la última canción. En eso entraron los hombres gritando. Entonces pensé que eran terroristas y corrí por el pasadizo pensando que los demás me seguirían, pero no fue así. Cuando volví ya todos estaban muertos, hasta mi hijito”, contó sin poder contener las lágrimas, a pesar de todo el tiempo transcurrido.
Para Rosa ha sido muy difícil cerrar las heridas. Muchas veces ha despertado en medio de la noche, con el corazón agitado, con el mismo pavor que sintió hace 20 años.
La sentencia a Fujimori fue el primer acto reparador, de justicia que ayudó en el proceso de cerrar sus heridas. El segundo fueron las palabras del entonces presidente de la Sala que dictó la condena, César San Martín, quien reconoció que las víctimas de La Cantuta y Barrios Altos no eran terroristas ni estaban vinculados a sus acciones subversivas.
“Ya puedes descansar en paz, Manuel, pensé en ese momento y le dije: Tu nombre está limpio”, sostuvo con un rostro de satisfacción por haber alcanzado justicia, porque ahora se callarían todos los que la apuntaron con el dedo, afirmando que era familiar de un terrorista.
La misma sensación tuvo Félix Huamanyauri, hermano de Gustavo, “Ojitos”, al que muchos recuerdan. “Él era un muchacho tranquilo, que no le hacía daño a nadie, solo trabajaba honestamente. Nunca le hizo mal a nadie”, refirió Rosa Rojas.
Monumento a la memoria
En el cementerio Los Sauces, de San Juan de Lurigancho, encontramos a Sonia Rubina Arquinigo, cuya hermana, Nelly –de apenas 16 años– fue asesinada en ese solar de Barrios Altos.
“Íbamos a salir a pasear con mi hijito, pero nuestra tía dijo que teníamos que ayudar en la pollada, porque su tienda daba a la quinta. Ella me dijo: tú anda nomás, chata, yo me quedo. Nos vemos más tarde”, rememoró.
Pero no fue así. Por la noche, cuando Sonia terminaba de comer, en la tienda de su tía junto a uno de sus empleados se escucharon los gritos y una bulla extraña en medio de la música.
“El joven se subió a una cajas de cerveza y vio la matanza. Bajó apurado y me dijo, asustado: Todos han muerto, todos”, relató.
Pocos la ayudaron en ese momento. Sus familiares más cercanos se alejaron porque decían que los muertos eran terroristas y no querían estar involucrados; la policía la encerró todo un día porque ella se negó a declarar, como le exigían, que su hermana era subversiva.
“Solo los derechos humanos pedían por nosotros; la señora Susana Villarán, la actual alcaldesa, caminaba con nosotros. Ojalá, ahora se haga cumplir la sentencia y se construya un monumento para nuestros familiares”, dijo confiada.
Por ahora, Sonia Rubina se siente agradecida con el singular homenaje de los carritos de helados, pues ella sí quiere tener un dulce recordar.
La sentencia de Montesinos está pendiente
1] Hace un año la Primera Sala Penal Especial sentenció a Vladimiro Montesinos, Nicolás Hermoza, Santiago Martin y los demás miembros del Destacamento Colina fueron condenados a 25 años de prisión por la matanza de Barrios Altos, la desaparición de 9 campesinos del Santa y del periodista Pedro Yauri.
2] Los condenados apelaron y el caso pasó a la Sala Penal Permamente de la Corte Suprema, integrada por Javier Villa Stein, Duberli Rodríguez Tineo, Josué Pariona Pastrana, José Neyra Flores y Jorge Calderón Castillo. Tras varias reprogramaciones, la audiencia para que los abogados hagan su informe oral ha sido prevista para el 28 de noviembre próximo.
3] Por otro lado, aún está pendiente que se cumpla con parte de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos del 2001 en el caso Barrios Altos. En el punto 5, el tribunal dispuso que se incorpore la figura jurídica más conveniente para tipificar el delito de ejecución extrajudicial. El plazo que dio fue de un mes, pero no se ha hecho nada.
4] Además, la Corte ordenó que en un plazo de 60 días se erija un monumento recordatorio en nombre de las víctimas de Barrios Altos. Trascendió que durante la gestión del anterior de alcalde de Lima se entramparon las gestiones.