Por Carlos Garatea G.
Con el recordado cardenal Juan Landázuri en la mesa principal, Joseph Ratzinger, por entonces cardenal y Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, recibió el grado de doctor honoris causa de la PUCP en julio de 1986. Años después, Ratzinger sería el Papa Benedicto XVI. Pero no olvidó la visita. Lo dijo monseñor Gerhard Müller luego de una ceremonia en el 2009: “Para mí es un gran honor recibir esta distinción porque viene de la PUCP y también porque el Papa Benedicto XVI me saludó al enterarse de la noticia […] él se alegró mucho y me felicitó…” (Puntoedu, 6/3/09).
Es público que el cardenal y arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, ha transmitido a la PUCP unas modificaciones planteadas por el Estado Vaticano. Para Cipriani se deben aplicar “necesaria e ineludiblemente”. Sin embargo, el título dice “modificaciones y/o correcciones transmitidas…” y no contiene una palabra sobre el carácter perentorio que señala el Cardenal. Tal vez por eso el comunicado de la Conferencia Episcopal (26/8) baja la temperatura. Pasa de “correcciones”, “cambios” a sólo “indicaciones”.
¿Total? Uno de los puntos “ineludibles” corresponde a la elección del Rector. Hay otros referidos a estudiantes, profesores y personal administrativo. De acuerdo con el documento, el Rector sería nombrado por el Gran Canciller (art. 85), es decir, por el cardenal Cipriani. Vaya casualidad. No importa que, desde años atrás, el Rector sea elegido democráticamente por la asamblea universitaria. En la lógica que defiende el Cardenal habría que desechar este principio democrático para reemplazarlo por otro, a todas luces, autoritario y opuesto a las leyes peruanas.
Para el Cardenal, la PUCP debe obedecer. Y para no dejar dudas, hace poco enfatizó que la iglesia es una institución jerárquica. “Quien no entienda ello, se coloca al margen de la Iglesia” sentenció (Correo, 21/8), sin decir por cierto qué hay del otro lado. Esa frase coronaba su ingeniosa y elocuente descripción de la víspera: “el representante de Cristo soy yo” (RPP, 20/8). Es claro que no son expresiones amigables, ni tienen un ápice de conciliadoras.
Lo único positivo es que el Cardenal Cipriani ha puesto al descubierto su verdadera intención. No le quita el sueño empezar esta insensata cruzada criolla ni dañar más la imagen de la iglesia peruana con tal de asegurarse el dominio de la PUCP. Se trata de una cruzada política que mezcla pleitos judiciales con declaraciones que podrían comprometer la relación del Perú con el Estado Vaticano. Pero no sorprende. El cardenal Cipriani hace política con manifiesta preferencia por las opciones autoritarias.
Recordemos: fue obispo consentido durante el fujimorato; es autor de una penosa frase sobre los DDHH; intervino a favor de la candidata Fujimori y no hemos oído su condena a las personas y al sistema que favorecieron la corrupción y la violación de los DDHH durante los años 90. Sí hemos escuchado, en cambio, sus expresiones destempladas ante quien no piense como él, incluyendo políticos e intelectuales, en ocasiones dichas desde la altura del púlpito. Esta actitud resquebraja la unidad que necesita la iglesia peruana y que cientos de mujeres y hombres trabajan por mantener, con humildad y en silencio.
Cipriani dice que ama a la PUCP (Correo 21/8). No le creo. Su mirada es rígida y poco académica. El modelo de la PUCP es distinto. Es plural, tolerante, inclusivo. En la PUCP, hay lugar para todas y todos. Está al servicio del país. Forma personas, ciudadanos y tiene enraizado el valor de la formación integral y de la excelencia académica. Es una universidad en la que se aprende discutiendo e investigando con libertad y en paz. Es una casa comprometida, en el discurso y en la práctica, con los derechos humanos. En todo ello radica, también, su catolicidad. El Cardenal está en las antípodas de ese modelo. Por eso no le creo. No soy el único. Los estudiantes y el sindicato de trabajadores lo han declarado persona no grata. Y, dentro y fuera del campus, ya se oyen voces juveniles y maduras que empiezan a identificarse con la afirmación del teólogo Hans Küng: “creo en Dios pero no en la iglesia” (El País, 28/1/2011). Tremendo laberinto que ha iniciado el Cardenal.