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Más de trescientos tebecianos viven en las faldas del cerro San Cosme. Algunos se aferran a la vida y toman hasta once pastillas al día. Otros, en cambio, han abandonado los tratamientos y esperan que la muerte les ponga una mano sobre el hombro. Aquí sus historias.
Por Alfredo Pomareda
Fotos: Rocío Orellana
“Chinacha. Domingo 26-08-2007”, escribió en la pared de su casa Mariano Cacñahuaray Pablo el día que falleció su hija más rebelde, postrada en una cama del Hospital Dos de Mayo, hueso y pellejo, vencida por una tuberculosis que ya se había llevado a su madre y a tres de sus hermanos. Mariano Cacñahuaray, ex estibador de Tacora, no comprendía por qué esa enfermedad estaba acabando con su familia, menos con él. Su gente se moría lentamente y solo quedaban las fotografías. “Después de Chinacha ya no más”, exclamó al cielo Mariano Cacñahuaray, quien en menos de una década enterró a su esposa Gladys, a su hija Maribel, la responsable del hogar; a su preciado heredero ‘Chaveta’ y a su retoña, la quinceañera Lucy. Chinacha era la quinta en dejarlo.
Con esta pérdida la tristeza se convertía en desgracia. Pero aún había más fondo. Hace cinco meses murió la última de sus hijas, Mónica, una muchachita de 17 años, estudiante de primaria, novia virtual de un irlandés, la esperanza de los Cacñahuaray, la luz del callejón más peligroso de la calle Sebastián Barranca, en las faldas del cerro San Cosme. Los vecinos hicieron una colecta y solo así Mariano Cacñahuaray pudo enterrar a Mónica en el cementerio de Ate Vitarte, ahí donde se arrellanan los cuerpos de sus otros cuatro hijos y su difunta esposa.
A Mariano solo le queda un hijo y un nieto que no viven con él, y que evitan visitarlo porque, según este hombre solo, la enfermedad se pasea por su casa y se le puede meter a cualquiera. “¿Y por qué yo no me enfermo?”, pregunta Mariano Cacñahuaray, ayacuchano de 59 años, piel cobriza que resplandece, dientes agujereados, ojos que apuntan al suelo. “No sabemos por qué el bacilo no te ha atacado, es un milagro, Mariano”, responde la doctora Pamela Canelo Marrufo, 28 años, gestante de seis meses, encargada de tratar a muchos de los tuberculosos de la jurisdicción San Cosme, que son cientos y que siguen contagiando.
Cuenta Mariano que la primera que se enfermó de tuberculosis fue su esposa, una mujer cuya muerte por TBC fue precipitada por un alcoholismo que en el fondo era el síntoma de su vocación suicida. “Tu mujer era borracha, ¡reconoce, Mariano!”, le grita una vecina al patriarca de los Cacñahuaray. “Sí, sí señora”, asiente. Luego se contagiaron los hijos y, en el caso de ‘Chaveta’, la pasta básica de cocaína aceleró el daño pulmonar que producen los bacilos de koch.
‘Chaveta’ era el menor de los hijos varones de Mariano. Era un pandillero en ebullición y coleccionaba en sus pechos y brazos tantos tatuajes como tajos. Cuando se enteró de que tenía tuberculosis su padre le recomendó acogerse a “Estrategia”, el programa de lucha contra la TBC que sostienen los médicos del centro de salud de San Cosme. Por tener TBC sensible, la más tratable, debía de llevar un tratamiento de seis meses: once pastillas al día, inyecciones en las nalgas, alimento de calidad y, sobre todo, cero drogas. Nada de eso aceptó ‘Chaveta’ y prefirió el descarrío en vez de la disciplina. Su mal avanzó y finalmente uno de sus pulmones se hizo agua.
“Se volvió un multidrogo resistente (MDR). El tratamiento para este tipo de pacientes es de 2 a 3 años y tienen que asistir a diario al centro de salud. Pero él (‘Chaveta’) no se acogió”, recuerda la doctora Canelo Marrufo, lista y dispuesta a ascender a uno de los cerros más peligrosos de Lima, el “San Cosme”. Ahí, a menos de dos kilómetros de Palacio de Gobierno, sobreviven 273 tuberculosos de esquema sensible y otros 47 MDR, según las actas médicas que Pamela Canelo ha registrado entre este y el último año, solo en San Cosme. “Tan lejos y tan cerca”, dice Pamela, agotada, mas no rendida.
El San Cosme ya es una realidad ante los ojos de los extraños que ascienden. Los perros ladran con bronca. Los adolescentes de poleras anchas y pantalones al coxis examinan el panorama desde una de las escaleras. Los borrachos amanecen relamidos por las cucarachas que por el piso pasean. La marihuana y la pasta es legal en este laberinto que es San Cosme, cuna del inolvidable Chacalón, refugio soñado para cualquier ladrón: los policías no se asoman, los vecinos no reclaman, las víctimas no se atreven a subir. Un tísico MDR pasea su alma por una callejuela, es flaco y oscuro y, según la doctora Canelo, sin duda está contagiando. Dos niños lo miran, sin saber que el peligro de una infección es inminente.
Para descubrir a un tuberculoso en el San Cosme es preciso caminar junto a la doctora Pamela. Todo el que la salude es, sin duda, un paciente o un desertor.
De otra forma no podrían conocer a esta mujer de pantalón y blusa celeste que dedica gran parte de su vida a las labores de “Estrategia”. “Él tenía TBC, él ha abandonado el tratamiento, él está muy enfermo, él se droga mucho, ella vomitaba las pastillas”, señala Pamela Canelo, mientras asciende por los callejones del San Cosme.
Maribel y su lucha
Buena parte de los pacientes de Pamela son ‘cogoteros’, o asaltan a las personas que andan en automóviles por la avenida Bausate y Meza. Los vecinos del callejón Lurigancho, el hogar de Mariano Cacñahuaray, dicen que ‘Chaveta’ era uno de esos ladrones. “Aquí la gente es bien brava, señorita, no lo voy a negar. Como se dice, de aquí no sales bien parao”, dice Maribel Calderón Velásquez, cabello ocre por las puntas, raíces negras y brillantes, mujer que ha aprendido a vivir sin arredro a la muerte, madre a los 13 años, tuberculosa por mal de amores, y ahora, que ha caído por segunda vez, asegura que no se rendirá ante la enfermedad que se llevó a su marido.
“La verdad es que aquí la gente se muere de tristeza”, sentencia Maribel. Uno de sus tres niños también ha estado enfermo, pero ya superó la TBC porque se sometió al tratamiento. “¿Es verdad que te dicen la reina de las polladas?”, pregunta la licenciada Teófila Damián Julia, asistenta social por más de dos décadas del centro de salud de San Cosme. “Pa´ qué le voy a mentir, señorita, es verdad. Pero ahora que estoy en tratamiento no puedo tomar heladas”, contesta Maribel, de solo 26 años, y, sin embargo, protagonista de entierros y destierros propios de una mujer trotada.
Maribel es ambulante en el mercado de San Cosme, vende golosinas, bisuterías, las monedas le alcanzan para comer, “pero a veces no me dan ganas de almorzar, señorita, las pastillas son horribles, me quitan el gusto”, confiesa Maribel. “Tienes que seguir, mujer, esa es la única forma. ¿O quieres morir?”, la desafía Teófila Damián, la asistenta social cuya franqueza debe ser cruel. Ella lo ha visto todo en el San Cosme y por eso ha inventado una palabra para definir a los tuberculosos que en ese cerro habitan: “Sus males no son solo físicos, la persona es un ser integral, ‘biopsicosocial’”, dice Teófila.
Deserción suicida
Es tarde, casi las 5, y el sol empieza a descender de cima a sima. Es hora de bajar del San Cosme, a las faldas otra vez, en la temida zona de Manzanilla, para conversar con un adolescente de 16 años que se está dejando morir. “Posiblemente él tenga muy dañado uno de sus pulmones”, dice la doctora Canelo Marrufo, minutos antes de llegar a la puerta de la casa de Ricardo Aspilcueta Martínez. En su fachada se erige un montículo de botellas de plástico y cartones por centenas. Su familia recicla, mientras que él, cada vez más retraído, prefiere el encierro al tratamiento. “Ricardo, tú te puedes salvar. ¡Hombre, estás muy chiquillo para morirte!”, lo anima Pamela Canelo. Ricardo, más flaco que el Quijote, bigotes ralos, cejas unidas por la amargura del gesto, cachetes que, de no ser por los dientes de equino, podrían soldarse por dentro.
“Es que no me gustan las pastillas, doctora. Me dan ganas de vomitar”, alega Ricardo, estudiante que huyó avergonzado de la escuela cuando se enteró de que su tos era sinónimo de enfermedad. El 18 de diciembre del año pasado este adolescente abandonó el tratamiento en el centro de salud. “Nosotros te vamos a traer la medicina aquí, y la vas tomar delante de una promotora”. La doctora Canelo intenta consolar a Ricardo, quien, ante la insistencia y la presión de una libreta de notas y una cámara fotográfica, ha dicho que sí, que volverá a las pastillas y a las ampollas en las nalgas.
“Nosotros no podremos solos, los pacientes de TBC son muchos en San Cosme y no nos damos abasto. Necesitamos recursos humanos”. La doctora Canelo está desesperada. Sus pacientes mueren en los grandes hospitales de Lima. Hace unos días llegó al centro de salud una madre que llevó a su niño de seis meses para un chequeo médico. TBC positivo. Pulmones deteriorados. Tos. Llanto. Dolor. Dolor por toneladas.
La TBC en el Perú
•La Organización Mundial de la Salud (OMS) revela que la incidencia anual de la tuberculosis en el Perú es de 162 casos por cada cien mil habitantes, dicha cifra sitúa al país entre las naciones con más infectados de TBC del mundo.
•En similar situación se encuentran Afganistán (161 casos), Camerún (192 casos), Cabo Verde (168), Corea del Norte (178), India (168), Nigeria (174), Pakistán (181) y Vietnam (173).
•Según el estudio Who Report 2008, elaborado por Global Tuberculosis Control Survellance, los niveles de TBC en el Perú se encuentran por encima de Haití, Guyana y Bolivia, países que diez años atrás registraban más enfermos de TBC que el Perú.
•César Bonilla Asalde, coordinador de la Estrategia Sanitaria Nacional de Control y Prevención de Tuberculosis, destacó que en el 2008 se redujo en 5% los casos de TBC en el Perú.
Faltan medicinas
•El Ministerio de Salud no abastece a tiempo al centro de salud San Cosme de moxifloxacina, una pastilla que debe ser ingerida a diario por los pacientes de TBC y que cuesta 35 soles la unidad.
•“Solo en el 2008 hemos visto morir a diez pacientes. No podemos darles las pastillas a ellos porque si no las botan”, revela Eduardo Rumaldo Gómez, médico jefe del centro de salud “San Cosme”.
•Según el último censo del Instituto Nacional de Estadística, en el cerro “San Cosme” habitan 19 mil 744 personas.
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