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Por Carlos Reyna
Watergate no fue solo una radiografía política de los EEUU en los años 70. También ha sido el suceso favorito para los defensores de la idea de que los medios se habían convertido en el principal poder político. Al fin y al cabo, un destape periodístico terminó en la renuncia del presidente Richard Nixon.
La muerte de Mark Felt, el funcionario del FBI que fue el principal informante del periodista Bob Woodward, permite recordar ciertos detalles que relativizan la mencionada tesis. Para comenzar, la relación entre ambos plantea algunas dudas respecto a quién usó a quién.
Woodward conoció de casualidad a Felt en 1970. Era teniente de la Marina y aún pensaba estudiar derecho, y el otro ya estaba en la plana mayor del FBI. Bob cultivó esa amistad. Cuando se hizo reportero de The Washington Post, Felt le ayudaba con alguna información. Al estallar Watergate, en 1972, apareció implicada alguna gente vinculada a la Casa Blanca. El joven reportero ya tenía al hombre del FBI como amigo y colaborador.
Felt, a su vez, cuando conoció a Woodward ya estaba cerca del jefe del FBI, J. Edgar Hoover. Compartía con su jefe el fastidio respecto a las burdas maneras de Nixon respecto a la seguridad interna. Les disgustaba que diera injerencia a la CIA, en desmedro del FBI. Cuando murió Hoover en 1972, Felt acarició la ilusión de ser el sucesor, pero Nixon nombró a otro. Justo un mes después ocurrió lo de Watergate, y el herido Felt se desahogó con el reportero del Post.
{image} Los destapes de Woodward y Carl Bernstein, ayudados por Felt, sin duda remecieron al gobierno. Apenas se hicieron públicos, Nixon y su entorno comenzaron el trabajo de encubrimiento. Pero el golpe que terminó derribando al Presidente provino de su propio entorno. Un asistente de Bob Haldeman, su jefe de staff, reveló ante un comité del Senado que Nixon grababa todo en la Casa Blanca. Al cabo de unos meses de controversia, y ante presiones de jueces, fiscales y un fallo de la Corte Suprema, el Presidente soltó algunas decenas de cintas. Fueron suficientes.
El comité del Senado lo acusó por abuso de autoridad y obstrucción a la justicia. Las pruebas decisivas no vinieron tanto de la prensa sino de las grabaciones reveladas por su propio personal. En el Partido Republicano lo abandonó hasta su leal ala derecha. Nixon renunció antes que el Congreso decidiera sobre la acusación, respecto de la cual llevaba las de perder.
Apenas un mes después, Gerald Ford, el sucesor, dispuso que Nixon quedara perdonado de todos los delitos federales que pudiera haber cometido siendo Presidente. Hoy en día, en la web de la Casa Blanca, su amable reseña biográfica dice que “en sus últimos años Nixon ganó elogios como experimentado hombre de Estado”. Hace un tiempo Woodward admitió que Nixon no fue derribado por la prensa sino por los propios republicanos, los mismos que luego blanquearon su recuerdo.
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