Por Carlos Castro
En los últimos días hemos tenido acceso a documentos de primera mano sobre las vejaciones a que fue sometida Susana Higuchi por el que entonces era su esposo y presidente de la República, Alberto Fujimori, por las hermanas de éste y por su asesor Vladimiro Montesinos. Humillaciones que comenzaron–contra lo que todos suponíamos– en el momento en que AF se colocó la banda presidencial. Fiel a un estilo–que los peruanos conoceríamos después– Fujimori olvidó pronto que fue Susana la que compró los planillones para inscribir Cambio 90, la que trabajó en la academia, en la chacra y hasta vendía casas para sufragar los gastos iniciales de la campaña, la que debió pedir prestados 100 mil dólares a su familia para sostener la candidatura y la que tuvo que dar la cara a la prensa cuando AF–temeroso de enfrentarse en el primer debate a MVLL– inventó lo del bacalao.
Convertida en primera dama –cargo que nunca que le atrajo– y presidenta de la Fundación por los Niños del Perú, responsabilidad que asumió con entrega y esfuerzo, Susana observó los primeros síntomas de corrupción del régimen fujimorista. Al principio calló, intentó hablar con AF sobre los testimonios que iba recibiendo en sus viajes por las provincias pero no tuvo éxito. Un día decidió no ser más cómplice de la corrupción y denunció cómo las hermanas del primer mandatario se dedicaban a la venta de ropa donada por Japón y otros países a través de Apenkai, la ONG que habían montado.
En abril de 1992, un mes después de su acusación y ante el escándalo que crecía Fujimori dio su autogolpe. A partir de ese momento los problemas se agravaron para Susana. La revista Caretas de la fecha publicó el testimonio en el que ella narra haber sido víctima de torturas por parte de “ocho personas que me sacaron con mucha violencia del departamento que me fue asignado en el segundo piso de uno de los edificios del SIE”. La misma revista registró imágenes de la ex primera dama internada en una clínica, reponiéndose de las torturas. Los documentos a los que hemos tenido acceso registran fecha a fecha el acoso a que fue sometida Susana por parte de Fujimori y Montesinos.
Están los momentos en que las puertas de Palacio fueron encadenadas para que Susana quedara encerrada, el instante en que una cámara la filmó en el interior de la casa de Gobierno con su hermana –llamada con engaños por los hombres de AF– para decir que no pasaba nada. En agosto de 1994, en una exhibición pública de prepotencia y abuso, Fujimori la “destituyó” como primera dama de la Nación, mientras Montesinos se encargó de propalar, a través de su prensa chicha, que Susana Higuchi estaba loca. Pero no le bastaron estos atropellos: le recortaron sus derechos ciudadanos hasta que la Corte Interamericana le hizo justicia y se los restituyó. Entre uno y otro acto, Susana mantuvo una sacrificada huelga de hambre. El pueblo le reconoció su lucha por los derechos de las mujeres y de la democracia y la llevó al Congreso de manos del FIM. En todo ese tiempo, hasta que se cayó el régimen de su padre y de Montesinos, la candidata fujimorista guardó silencio público. Nunca denunció ni protestó por los abusos a que fue sometida su señora madre. Saque usted, estimado lector, sus propias conclusiones.
