La alcaldesa de Lima, Susana Villarán, comienza a salir del hoyo en el que se hallaba desde sus primeros meses de gestión. Las encuestas registran un ligero repunte en sus niveles de aprobación y la colocan en 25%. No es un porcentaje para batir palmas, pero refleja que la gente comienza a valorar –lentamente– su actuación al frente de la municipalidad metropolitana. Su decisión de reformar el transporte urbano encuentra, como es previsible, la oposición de algunos sectores de transportistas que ven en Indecopi la puerta abierta para paralizar el proceso y seguir circulando como si fueran los dueños de las calles de Lima. Lo paradójico es que los opositores a este cambio le dan insumos para seguir creciendo en la aceptación de los electores. Susana sabe que los ciudadanos valoran su decisión de convertir a nuestra capital en una ciudad ordenada y por ello ha sido tajante en su mensaje: No hay marcha atrás. Ni el intento de un paro ha logrado modificar su orden. Sabe que en su voluntad de seguir adelante con esta reforma se juega su futuro como alcaldesa, su liderazgo político y el de su partido, Fuerza Social.
El otro frente es el de la revocatoria. Aun cuando hacia afuera ha dicho que no le preocupa, lo cierto es que a la alcaldesa sí le inquieta la posibilidad de que sus rivales políticos pasen el primer tramo que está en proceso. La buena noticia para ella es que el Reniec ha invalidado, en menos de 24 horas, más de 160 mil firmas de las 450 mil que presentaron los impulsores de la remoción de las autoridades limeñas. La reciente encuesta de Datum revela además que el apoyo a la revocatoria ha bajado a 55% y el rechazo ha subido a 36%. La posibilidad de que la convocatoria a la consulta popular muera en esta fase ha causado zozobra en quienes la promueven. Ahora han enfilado sus baterías contra el Reniec en un intento por “meter miedo” a los funcionarios responsables de la revisión de las firmas. Y como siempre, cuando los resultados no se ajustan a sus deseos, los acusan de “comunistas” y “caviares”. Es el estilo de los revocadores que hasta ahora no dicen de dónde sale la plata para pagar la campaña anti Susana ni responden por las firmas fraudulentas halladas por el organismo electoral.
Mientras tanto, el equipo de Villarán, que ya ha aprendido de los errores de los primeros meses, trabaja con mucha entrega en un conjunto de obras públicas, vinculadas a la ciudad y los conos, y en la recuperación del centro de la urbe capital. Lo peor que le puede ocurrir a Lima es que la revocatoria pase a su segunda fase. Lima debe volver a ser la de otros tiempos, con calles seguras, limpias y bonitas y en las que los turistas, nacionales y extranjeros, paseaban con placidez.
Ollanta, otro desliz
¿Qué queda del Humala-candidato?, preguntó uno de los editores en reciente reunión. “Poco”, respondió uno de los compañeros que compartía la mesa. Esto a propósito de la declaración del primer mandatario de aceptar como un “error” que su flamante ministro del Interior, Wilver Calle, firmara en marzo de 1999 el acta de sujeción a Fujimori y Montesinos. Si Ollanta Humala no estuviera en Palacio y su lugar lo ocupara Keiko Fujimori, sería natural que militares como Calle ocuparan cargos ministeriales. Total, el acta de sujeción fue obra del padre de KF para tapar la corrupción y los crímenes de lesa humanidad por los que Fujimori y Montesinos han sido juzgados y condenados.
Pero en el caso de Ollanta Humala resulta lamentable y cuestionable. Sus palabras están ahí y son muy recientes como para que la ciudadanía, y sobre todo los que votaron por él, puedan olvidarlas. Como lo han recordado los medios, entre ellos el nuestro, Humala pidió hasta una Corte de Honor para los firmantes de ese aberrante documento que comprometía a los militares a defender a los golpistas “sin límite de tiempo”. OH calificó el Acta como un “acto conspirativo contra la democracia”, “un cierrafilas corporativo eterno” para que “no investiguen los casos de violación de los derechos” que comprometían a los jefes militares de entonces. Hoy resulta que la firma fue “un error”. Esta frase utilizada por OH nos recuerda a aquella de “los pecados”, con que Alan García calificó los delitos de Fujimori.
Que distinta la actitud de Humala con la que tuvo el recordado presidente Valentín Paniagua. En uso de sus atribuciones, como jefe supremo de las FFAA, Paniagua designó al general EP Carlos Tafur comandante general del Ejército. Sin embargo, tan pronto tuvo conocimiento de que Tafur era uno de los firmantes del Acta de Sujeción, no le tembló la mano para destituirlo. Un gesto que Humala debería imitar si quiere ser consecuente con sus promesas o compromisos de candidato. Mantener a Calle significa que estamos frente a uno de los tantos mandatarios que pasan por Palacio que dicen una cosa cuando son candidatos y que instalados en el poder hacen todo lo contrario. Tal vez por eso será que los fujimoristas andan tan contentos con el mandato del nacionalista.