Peter Rich es un arquitecto sudafricano que se ha propuesto desplazar el ámbito de su oficio a un terreno en el que puedan conjugarse sus fundamentos sociales y tecnológicos, con un sentido estético que abarque las expresiones de la gratificación moral que entraña construir para hacer más felices a los más necesitados. Aunque de ascendencia anglosajona, Rich, como tantos otros protagonistas de la compleja movilización que logró erradicar al apartheid e iniciar el largo y difícil recorrido en pos de la plena equidad cívica en un continente lastrado por las traumáticas consecuencias de unos colonialismos despóticos y arrogantes, ha irrumpido en la frívola y empalagosa escena estelar contemporánea como un artífice dispuesto a construir una modernidad genuina, comprometida y eficaz, sin renegar de los valores universales y permanentes que competen al quehacer arquitectónico.
Invitado a ser uno de los participantes en un coloquio organizado por la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la PUCP en torno al tema Las Prácticas de la Arquitectura, los más de 600 estudiantes y profesores que pudieron escucharlo en las dos presentaciones que expuso durante su estadía, así como los docentes que intervinimos en los encuentros adicionales a que dio lugar el evento, pudimos comprobar la originalidad de la labor que despliega internacionalmente el arquitecto Rich, como consecuencia de su convencimiento de que la tarea del arquitecto en el mundo contemporáneo tiene que mutar sustancialmente de orientación para adecuarse a una situación global que universalmente se muestra en la actualidad plagada de serísimas contradicciones.
Sin abdicar de los fundamentos esenciales y permanentes del quehacer arquitectónico –predica la importancia de hacer de la arquitectura un medio para mejorar la calidad de vida de las personas, una convicción que refrenda constantemente registrando en una pequeña carpeta de dibujo todas aquellas circunstancias, lugares, rostros, paisajes u objetos, que puedan servirle de acicate para elaborar su propio acervo creativo, o para comunicarlo– esgrime apasionadamente su certeza de que en la actualidad toca al propio arquitecto idear nuevas estrategias acordes con nuestras cambiantes y heterogéneas circunstancias, medios que le permitan realizarse profesional, social, intelectual y artísticamente. Insistiendo en que los arquitectos debemos ser los propios gestores de nuestros cauces creativos, situando el compromiso contemporáneo del diseño en el ámbito de una solidaridad compartida que nos obliga a utilizar nuestro bagaje formativo para innovar los fundamentos de la existencia personal y colectiva (tal y como ésta se da en nuestra turbulenta época), Rich proclama la urgencia de expandir el espectro de las tareas del diseño a todas las instancias contemporáneas que puedan atizarlo eficazmente: al ámbito político, universitario, científico, comercial y sociológico, o a cualquier otro aspecto del orden cultural contemporáneo que pueda contribuir a hacer viable brindar a personas o colectividades los beneficios de una vocación que sólo entiende como dedicada, generosa y sobre todo eficiente.
Consecuencia de un espíritu refrescantemente abierto y productivo, inició su experiencia profesional en Sudáfrica, abarcando todo el espectro de la actividad profesional del arquitecto. La precoz observación de los evidentes fundamentos sociales, culturales y étnicos que alimentan la inquietud arquitectónica le suministraron, en la riquísima pero también turbulenta y crítica situación política y social predominante entonces en Sudáfrica, un amplísimo y entramado repertorio de recursos formales y tectónicos, una diversidad que no tardó en interpretar como la condición de una posmodernidad que exigía reorientar los códigos inoperantes de su oficio.
Una incursión profesional en Ruanda lo abrió a la experiencia de exponer su sensibilidad –para entonces ya tensada, fortalecida y refinada por su exposición a las circunstancias de su adolescencia personal, profesional y cívica– al desafío de una comunidad necesitada de tonificar su débil liderazgo con la incorporación de una inteligencia abierta, comprometida y desinteresada, que permitiera el surgimiento de una identidad poderosa, convencida y refrendada por la evidencia irrefutable de una localidad surgida de una arquitectura tan avanzada como enraizada en las mejores claves de su ancestro.
La experiencia de Ruanda remitió al arquitecto Rich a una universidad norteamericana económicamente bien dotada, pero carente del liderazgo académico que permitiera a su escuela de arquitectura adoptar una motivación que disipara el sinsentido pedagógico que la agobiaba, producto de su sometimiento a una docencia meramente instrumental y cacofónica. La experiencia de la trayectoria y de los principios que habían forjado en Rich el entusiasmo del que carecían sus alumnos, atizada por los resultados del contacto directo con las comunidades a través de las cuales descubrió el auténtico rol protagónico que tocaba ejercer al arquitecto en la actualidad, no sólo han inyectado de optimismo a sus flamantes discípulos, sino han difundido los valores de su aproximación pedagógica a otros ámbitos, tanto académicos como institucionales, dentro y fuera de los EEUU y, por cierto, del África.
Inevitablemente, la visita de Peter Rich al Perú ha suscitado felices consonancias, una empatía que se sustenta en las similitudes políticas, académicas, pedagógicas y profesionales que se dan entre las circunstancias que se viven actualmente en sociedades que tienen en común una alta cuota de pobreza. Una limitación que gracias a su entusiasmo, lucidez y madurez profesional ha sabido encontrar igualmente asentada en el afluente mundo del hemisferio Norte, camuflado bajo la apariencia de una abundancia materialmente abastecida, pero moral, intelectual y creativamente desgastada.
Río de Janeiro, noviembre 2011
