Cuántas películas habré visto inspiradas en cuentos y novelas. A veces inadvertido, mientras leo los créditos, tengo un sobresalto al reconocer algún título o autor estimable. Me inunda un turbio sentimiento de recelo, porque sé de numerosos libros cuya celebridad se vio amenazada por el celuloide. Pero también conozco de películas que redimieron un relato del olvido o ennoblecieron alguna novela trivial. Como de escritores consagrados por el sortilegio de la imagen, cuando no arrojados a las tinieblas por un guión desastroso. Jamás olvidaré, por ejemplo, los ensayos por adaptar las novelas de García Márquez y terminar por convertir ese mundo real maravilloso en un conglomerado de adefesios.
Las adaptaciones perfectas son las que hago con mis propias lecturas. Todo cuento o novela que empiezo a leer activa una serie de mecanismos interiores. En las bóvedas de mi cerebro o de mi alma se instala, como por encanto, un estudio de rodaje con cámaras y reflectores. De pronto nadie habla. Estoy con un megáfono en la mano: ¡Acción! Aparece un decorado, unos personajes, un diálogo serpenteante. Cada vez que elevo la vista buscando algún significado, se produce un travelling de considerable sutileza. Pasar al párrafo siguiente puede llevarme de un plano general a un detalle y un pestañeo entre página y página significa un fundido en negro.
Es verdad que no ganaré nunca un premio de cine, pero las películas salidas de mi sala de montaje son un tesoro íntimo que conjuga mis fantasías de cineasta con mi dulce condena de lector. Aunque me tomo la experiencia muy en serio, jamás podré competir con una película del neorrealismo. Ni siquiera podré proyectarlas. Me queda, sin embargo, el consuelo de contarles a mis alumnos algunos pasajes de mis lecturas, como si fueran las mejores películas que he visto, cuidándome de no soltarles el final. ❧
