El holocausto. Contundente, apabullante; el más grande y evidente genocidio del siglo XX. Por lo que, como tal, no parecería requerir muchas digresiones montar un Memorial o Museo. Fue claro el reparto entre victimarios (el nazismo) y víctimas (los judíos). Si se visita el Museo del Holocausto en Washington se aprecia un producto logrado en el que el espacio se articula con una narración sobria de la historia. Que no somete al visitante a “rollos” tediosos, editoriales ni a un discurso fanatizado.
Fueron inmensas, sin embargo, las complejidades para poner en marcha este museo, localizado en pleno “Mall” a pocas cuadras del Capitolio y la Casa Blanca. Pasaron 15 años y cuatro presidentes desde que Carter instaló la Comisión encargada de su organización (1978) hasta que Clinton pudo inaugurarlo (1993). Y no demoró por falta de ideas ni de dinero pues, a diferencia de otros lares, no era precisamente recursos económicos (del gobierno y del sector privado) los que faltaban.
Un interesantísimo libro de Edward Linenthal (Preserving the Memory) sobre ese museo revela lo difícil y complicado que es estructurar un lugar de la memoria que combine el propósito de recordar lo que pasó, hacer interesante y ágil una visita sin “asfixiar” al espectador y ofrecer una perspectiva de futuro. Identifica Linenthal varios problemas dentro de los que creo son cuatro los principales.
En primer lugar, la composición de la Comisión. Fue ampliándose a sectores no judíos, poco a poco, hasta llegar a un número inmanejable (más de 40 personas). Subyacía el propósito de incorporar a personas con diferentes perspectivas del holocausto: las “otras” víctimas del nazismo (no judíos) en Europa oriental. Gitanos y ucranianos, por ejemplo. En un curso plagado de contradicciones y conflictos, se fue estructurando, al fin, una suerte de Comisión “ejecutiva” que construyó una perspectiva más “acotada” del holocausto, que es la que hoy se ve en el museo.
En segundo lugar, la ubicación y arquitectura. Se proponía que podía estar en la ciudad símbolo de la migración judía (Nueva York). O, en Washington. Antes de llegar a la definición (zona monumental de Washington) se exploraron ubicaciones más “discretas” para no “provocar” conductas antisemitas con un memorial sobre el holocausto a dos cuadras del monumento a Washington. En cualquier caso, luego de decidida la ubicación en un lugar privilegiado se fue llegando a la definición arquitectónica pero sin haber decidido aún los contenidos del museo. Por ello, se tuvieron que hacer después muchos ajustes en el curso de la construcción.
En tercer lugar, el contenido. Tema capital que tuvo que ver, ante todo, con el complejo proceso para la definición del “holocausto” y otros asuntos sensibles como, por ejemplo, el tratamiento y uso (o no) de la documentación y fotos de origen alemán y, especialmente, de las imágenes y discursos de Hitler. Estos aparecen en varios espacios, insertados en un recorrido que permite al visitante entender qué ideas sustentaron ese horror.
En cuarto lugar, el guión museográfico y el formato de la exposición. Luego de explorar rutas más o menos tradicionales se concluyó que no se trataba de un museo para “mostrar objetos” sino de “contar una historia”. Para ello, se prescindió de museólogos clásicos y se acabó recurriendo a Martin Smith, calificado cineasta británico de documentales, ganador de un Emmy, quien fue sucedido, luego, por otro cineasta (norteamericano). La decisión era clara: contar de manera atractiva esa historia dolorosa y truculenta. Lo lograron.
Uno de los conceptos que queda claro en la narración de Linenthal y de una visita al Museo del Holocausto es que mientras más confusos y contradictorios sean los recuerdos y mientras menos tiempo haya transcurrido, la tarea es mucho más compleja y la dificultad de llegar a consensos es mayor. También constatar que un memorial de este tipo es sólo un componente en el proceso de recordación y de reconciliación. Un objetivo tan grande requiere políticas públicas sostenidas en el tiempo.
