La memoria colectiva es algo esencial en la historia de los pueblos. En base a ella se construyen identidades y se definen sus perfiles de cara al futuro. Fisiológicamente la memoria del individuo se resume en una función cerebral que establece conexiones sinápticas entre neuronas. La memoria de las sociedades opera de manera distinta. No solo es inmensa y compleja la información disponible sino que hay que entenderla y analizarla sobre períodos largos. Yendo más allá de la constatación de hechos aislados –o de lo que podríamos llamar “fotografías”– y buscando entenderlos dentro de procesos complejos. Las tragedias son parte ineludible de esa memoria colectiva.
En la historia de la sociedad peruana, la violencia que nos azotó desde 1980 ha sido calificada por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), con razón, como “…el episodio de violencia más intenso, más extenso y más prolongado de toda la historia de la República”. De esa constatación es indispensable sacar enseñanzas para entender qué pasó y para asegurarnos que una tragedia así no se repita. Un “Lugar de la Memoria” es para ello una herramienta muy importante. Pero todo depende de cómo se diseñe y organice.
La “fotografía” y narración de los veinte años de tragedia es, por cierto, indispensable. En ella se revelan muchos de los dramas nacionales, como que esta tragedia no fue sentida ni asumida por igual por el país. La violencia afectó de manera más severa a los excluidos y los más pobres; el 79% de las víctimas fueron campesinos cuando sólo el 29% vivía en las zonas rurales. Por otro lado, están pendientes las medidas para reparar a las víctimas y encontrar respuestas para quienes se vieron afectados (desaparecidos, mujeres violadas, soldados y oficiales lisiados, etc.) y, fundamentalmente, para identificar las grandes estrategias que la sociedad peruana debe dar para atacar esas condiciones. Que aseguren que una tragedia semejante no se repita.
Un “Lugar de la Memoria”, proyecto que requiere de la sociedad y el Estado peruano un gran esfuerzo institucional y económico, no se justifica, sin embargo, para una mera narración de la violencia y sus efectos. Si sólo se mirara para atrás no se sostendría en el tiempo, pues podría perder rápidamente vigencia e interés para la gente. En especial, para los jóvenes a quienes esos hechos les pueden parecer remotos, distantes y desconectados de los problemas del presente.
Por eso es indispensable ir más allá de la recordación de las cifras o imágenes del drama iniciado en 1980. Por dos razones. Primero, porque no se inició en esa fecha la tragedia nacional que estalló con la perversidad de la irrupción senderista. Precedieron siglos de exclusión y marginación y un Estado inoperante que le sirvieron de fértil caldo de cultivo. Nada “idílico” se rompió, pues, ese 17 de mayo de 1980. Segundo, que si bien el senderismo y sus integrantes fueron los desencadenantes de la violencia, sería un error asumir que al estar sus dirigentes presos o derrotados sería difícil la repetición de un fenómeno parecido. Hay ciertas condiciones objetivas en la sociedad peruana que, de no modificarse, podrían servir en el futuro de tierra fecunda para que otros actores promuevan situaciones semejantes –peores– de tensión y violencia.
Es indispensable un espacio vivo e interactivo que brinde condiciones para debates y exposiciones temporales y que convoque a las más amplias contribuciones del arte y las ciencias sociales. Partiendo de la recordación objetiva de lo que ocurrió de manera que las víctimas de la violencia, hombres y mujeres, civiles y militares, del campo o de la ciudad, se sientan todos allí expresados. Sin excepción alguna. Pero mirando más allá. Hacia un futuro mejor basado en valores fundamentales como la reconciliación, la tolerancia y la inclusión. Y generando un espacio atractivo para todos, para que todas las peruanas y todos los peruanos, de hoy y del futuro, especialmente los jóvenes, se puedan sentir convocados y atraídos.
