Por: Diego García-Sayán
Haciendo uso de mi derecho ciudadano hace pocos meses solicité a la Municipalidad de Barranco información sobre un proyecto de edificación que parecía irregular. Tuve que insistir, pero a las cuatro semanas se me entregó la información y comprobé que, en efecto, la “licencia de construcción” era ilegal. Hasta la fecha el proyecto está paralizado y espero que así continúe.
Cierto que es este un asunto menor frente a problemas mucho más graves. A lo que voy es que hoy en día el ciudadano puede solicitar información que antes era “confidencial” pues los funcionarios concernidos tienen responsabilidades administrativas y hasta penales si no la entregan. Se ha avanzado frente a una larga etapa en la que prevalecía la noción de un Estado por encima de la gente, manejado por burócratas todopoderosos. Uno de los grandes aportes de la transición democrática del 2000-2001 fue que colapsó esa noción del secretismo y el Perú entró, con fuerza, en la ola que promovía el derecho democrático del acceso a la información pública.
La cleptocracia autoritaria de los 90 puso en carne viva la sensibilidad de la sociedad. Que sufrió cómo el autoritarismo y la corrupción se cobijaban en el secreto y la reserva sobre asuntos de interés público. Dentro de las primeras medidas de Paniagua estuvo disponer, precisamente, el acceso a la información sobre la ejecución presupuestal así como a toda la documentación existente en manos del Estado, salvo alguna con fundada razón de seguridad nacional. Lo que aparecía como una concesión o dádiva no lo era. Se estaba poniendo una especie de “primera piedra” de lo que hoy es reconocido como un derecho.
El proceso democratizador en la región ha generado una mayor “demanda democrática”. Con mejor conocimiento de los propios derechos y más acceso al debate público: la gente espera ser escuchada. Las cosas, pues, tienen que organizarse en el Estado de manera diferente a la concepción tradicional en su relación con la ciudadanía. Por ello, la reforma del Estado debería elevarse a un plano que trascienda la limitada visión sobre su tamaño o funciones para lograr que la participación en los asuntos públicos sea el principio orientador.
Una de las concreciones más netas es que la información del Estado sea accesible para todos. Al ser un derecho ciudadano esto implica que el Estado no debe limitarse a “tolerar” las solicitudes de acceso a la información. Tiene que diseñar los mecanismos y procedimientos para asegurar que en plazos y términos adecuados –y con las responsabilidades del caso para los burócratas que arrastren los pies– garantice que la información se entregue. Guiándose solo por un principio: la regla, la publicidad; el secreto, la excepción.
