Por: Diego García-Sayán
Grave, muy grave, la revelación sobre espionaje. Como lo han dicho todos los analistas, pone sobre el tapete que los “juegos de guerra”, que han balcanizado a AL, no han sido enterrados por el discurso globalizador, el libre comercio o el flujo de inversiones.
¿Cómo pintan las cosas entre Perú y Chile?
Las repercusiones del “caso Ariza” serán diversas y sostenidas en varios planos. Las relaciones se han enfriado a una temperatura que no se vivía desde hace 30 años y nada indica que eso se superará en lo inmediato. Las elecciones en Chile harán que en Santiago se siga priorizando el “frente interno” y un discurso poco contemporizador, como se ve estos días. Pensar en pasos y medidas serias de fomento a la confianza parece una ilusión. Acaso al instalarse en marzo el nuevo gobierno en La Moneda se abra un escenario diferente.
En el lado peruano hay consenso en que los hechos denunciados son muy graves: pero de ese consenso y del río revuelto subsecuente salen diferentes opciones. Desde los que agitan posturas militaristas y armamentistas, basándose en hechos ciertos como las grandes compras de armas por Chile. Hasta quienes, sin dejar de expresar su protesta y malestar, sostienen que la diplomacia debe estar al mando y que sumarse a la carrera armamentista no es factible ni conveniente.
Pero este destape es sólo un árbol en el fragmentado bosque latinoamericano. Dentro de la retórica de “integración sudamericana” y los encuentros de UNASUR, prevalece la división. Reducir ese complejo proceso centrífugo a la contradicción “chavismo/antichavismo” es un grave error.
Por encima de las ideologías están pesando las percepciones nacionales. Cierto que los aspectos políticos son a veces lo central (Colombia vs. Venezuela, con sus propios destapes de espionaje), pero no es la “guerra ideológica” el común denominador.
Lo que agita las aguas entre Perú y Chile o entre Argentina y Uruguay, por ejemplo, son percepciones contradictorias sobre los intereses nacionales. Si la dicotomía ideológica estuviera al timón tampoco se explicaría la excelente relación que hoy existe entre el “albista” Correa y Alan García.
El bosque alborotado indica que prevalecen los nacionalismos, las perspectivas locales y la mirada al propio ombligo. Ello propulsa dinámicas que fomentan la fragmentación, dinamitan el discurso integracionista y dan aliento a lógicas militaristas que algunos creían superadas. Signo del presente.
