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Educación, la larga marcha

Por Luis Jaime Cisneros

Los claustros universitarios están ofreciendo cursillos y conferencias que obligan a reflexionar. Profesores prestigiosos asumen esa responsabilidad, y hay que celebrarlo para desprendernos de tanta persistencia en destacar y prolongar el desprestigio de la sinrazón. Hace años que no oímos pronunciar ni leer la palabra ‘espíritu’, y nos sentimos derrotados por la insistencia de la palabra ‘corrupción’. Estos anuncios universitarios responden a la necesidad de destacar la importancia del campo científico.

Sí, hay que priorizar la investigación en nuestras casas de estudio y evitar que se crea que para aprender a investigar hay que viajar al extranjero. La escuela debe aprovechar los últimos años de la enseñanza secundaria para entrenar a los muchachos a trabajar en equipo, en especial sobre temas relacionados con la realidad nacional. Por otro lado, no debemos permitir que los graduados se conformen con haber redactado su tesis de licenciatura. Los estudios superiores son una continuidad.

Siempre hablamos de la necesidad de reformas, y la sentimos urgente en el campo pedagógico. Pero ya no hay que proclamar la reforma como necesidad. Hay que arriesgarse y emprenderla. No habremos conseguido la reforma mientras persistamos en mantener el abismo existente entre los que leen y saben para qué leen, y los que, sin participar en la empresa, esperan alcanzar el tamaño de la esperanza. Una consigna nos persigue desde la Revolución Francesa: un método no es un conjunto de procedimientos, es una manera de marchar. Hablamos de una batalla por el conocimiento. No habrá progreso en nuestro país mientras el saber esté mal repartido. Mientras con el verbo ‘tener’ sigamos viviendo y anunciando distancia y diferencia con ‘ser’, no habremos logrado el desarrollo ni alcanzado la felicidad, porque no habremos conseguido con el esperable rigor nuestra condición humana. No podemos, por eso, haber alcanzado la felicidad.

Tener el saber, gozar del conocimiento, no nos da derecho para creernos o manifestarnos mejores y distintos de quienes no lo tienen ni lo gozan. Para que todos seamos iguales, debemos alcanzar, ante todo, la igualdad en la comunicación. Luego, la igualdad en el afán por saber. Lo importante y urgente, por eso, es iniciar la marcha. E iniciarla ahora, punto de partida real e imprescindible. Si no lo hacemos, todo propósito de reforma será realmente inútil y no conseguiremos sino continuar a la expectativa. Lo vivido en los libros tiene que servirnos para pensar por cuenta propia, y nunca para entregar sentimiento o pasión (antes que inteligencia) a la idea o al capricho de los otros.

Lo grave que ocurre en nuestro mundo educacional es que nada ocurre. Se diría que esperamos un cambio como fruto del azar. Lo que urge es una revolución en el sistema. Y una revolución en materia de educación no tiene que ver con la historia sino con el futuro. Cuando menciono el futuro estoy aludiendo a nuestro compromiso con el tiempo. Cuando reflexiono sobre nuestro compromiso con el tiempo, me veo estrechamente vinculado con mi pasado y reconozco que mi presente es el futuro de ese pasado. Eso me permite comprender que el futuro para el que diseñamos la política educativa exige conocer profundamente la calidad y condición de las generaciones emergentes. Esa es nuestra responsabilidad. Para acertar debemos desvincularnos de toda idea vinculada con el poder. El progreso está íntimamente relacionado con gobernar. Por eso las ideas constituyen la esencia de todo buen gobierno. Debemos tener presente antes que la sabiduría libresca, la sabiduría práctica, mamada en la buena leche del discurrir.

Si buscamos la emancipación intelectual, miremos a Europa, de donde nos vino el humus renacentista, la buena lengua española, la insustituible tradición grecolatina, el viejo rumor mudéjar, la lección duradera de Descartes y la sonoridad de la buena lengua de Chaucer, Milton y Bertrand Russell. Con ese bagaje, los muchachos deben aprender a reemplazar su interés por la información priorizando el interés por la verdad. La verdad siempre apunta al futuro: la información, sólo al momento. Asegurando el camino hacia el futuro vamos profundizando el saber adquirido.

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Luis Jaime Cisneros Luis Jaime Cisneros

Luis Jaime Cisneros Vizquerra (Lima, 1921) vivió en el exilio desde los cuatro con su familia en Argentina. Realizó sus estudios superiores en Filología y Medicina en la Universidad de Buenos Aires. A su regreso al Perú, haría un Doctorado en Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Fue docente de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde fue maestro de futuros personajes destacados como Mario Vargas Llosa.
Desde 1948 fue docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde llegó a ser Decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de 1969 a 1971, en las áreas de filología, estilística y filosofía del lenguaje.
Era profesor visitante de las Universidad de Uruguay y Caracas (1965) y en las Universidades de Colonia (1967-1968) y Estrasburgo (1975-1976).
Participó en la fundación del Partido Demócrata Cristiano del Perú, en 1956. Miembro del Consejo Directivo de la ONG Transparencia. Fue Director del diario La Prensa (1976-1978); fundó y dirigió el periódico El Observador (1981-1983). En los últimos años se desempeñaba como director de la revista de lingüística y literatura Lexis.
Fue miembro de número y expresidente de la Academia Peruana de la Lengua, miembro correspondiente de la Real Academia Española, de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y de la Academia de Letras de Uruguay.
Falleció en Lima, a los 89 años de edad, el 20 de enero de 2011.