Como se sabe, el culto a los muertos está en cada cultura. Su origen se pierde en el amanecer de los tiempos. Se entrelaza con el de las religiones.
Lo que ese culto expresa, en primer lugar, es el rechazo a una separación total respecto al difunto. Es el propósito de mantenerlo cerca, por lo menos en la memoria.
Algunas prácticas buscan su conservación física. Embalsamar sus cuerpos, por ejemplo. O eternizarlos en estatuas, retratos y ahora en medios audiovisuales.
La reverencia a los muertos también expresa la compasión de los sobrevivientes por la agonía previa y la posterior partida del que fue apartado de este mundo.
Si esa agonía llega a ser larga, dolorosa y visible o imaginada por una comunidad, es decir todo un martirio, es posible que nazca un culto especial al fallecido. Ese podría ser el caso, hoy mismo, de Ciro Castillo.
Para aliviar aquello, y para que la pase bien en la otra vida, un ritual muy frecuente ha sido el de sepultarlo junto con sus objetos preciados, sus alimentos favoritos, su ropa, sus armas o herramientas. Y en ciertas culturas, junto con sus sacrificados sirvientes
Como en todo, este culto a los difuntos también tiene sus aspectos utilitarios, acaso más fuertes que los sentimentales. Se presume que evita las venganzas de las almas de los muertos desde el más allá.
Y, en lo objetivo, es evidente que esa devoción sirve para fortalecer o recuperar la cohesión de una sociedad o un grupo. Una manera en que políticos de todo tipo buscan legitimidad es, justamente, mediante su identificación o proximidad con los muertos venerados por la multitud. Piensan que ellos les generan consensos.
No está demás anotar que gran parte de los políticos se rinden un culto especial a sí mismos, aun en plena vida. La difundida obsesión por las reelecciones revela la presunción de ser personajes providenciales y eternos.
“No hay político muerto”, es una frase muy al gusto de los políticos que aspiran siempre a resucitar. Todos se mueren y no siempre como santos ni en olor de veneración. Pero, en los salones del Estado, sobrevive el penoso autoculto de ciertos políticos.
En cambio, el culto popular a los muertos y sus más recientes expresiones no sorprenden a nadie. Es universal, espontáneo, antiguo y entendible.
