Fortalecer los partidos, ¿y a los ciudadanos?

Una de las ideas más difundidas por la politología peruana es que para fortalecer a la democracia debemos primero fortalecer a los partidos.

De hecho, desde el 2000, año en que se retorna a la democracia representativa, la crisis de los partidos y las medidas necesarias para fortalecerlos se convirtieron en favoritos de los politólogos peruanos.
La idea común era  que el régimen autoritario de Alberto Fujimori se explicaba por la crisis de la democracia peruana y esta a su vez por la crisis de los partidos. La gran vacuna contra una recaída autoritaria era fortalecer a los partidos.

Tal idea llevó en 2003 a la aprobación de la ley de partidos, cuyo objetivo era formalizarlos, democratizarlos y transparentar sus finanzas. Se suponía que eso los fortalecería.

Tras cantidad de estudios, seminarios y talleres realizados para fortalecer a los partidos, y tras ocho años de vigencia de la ley de partidos, en los predios de nuestra politología circula la tesis de que en el Perú no es que haya partidos débiles sino que simplemente no existen partidos.

Es decir que no solo no se detuvo el deterioro de los partidos sino que, peor aún, no se ha podido evitar que desaparezcan. De hecho, esto es una manera de reconocer que poner el énfasis en el fortalecimiento de los partidos no solo no llevó  a  fortalecer la democracia sino que tampoco vigorizó a los propios partidos.

Una de las razones probables de que esto haya ocurrido es que, en la mayoría de los casos, los menos interesados en fortalecer a sus partidos son, por una parte, sus propios líderes, y por otra parte, sus propios militantes y afiliados, o la mayoría de ellos.

Los líderes porque, salvo rarísimas excepciones, están más interesados en contar con una masa de incondicionales para sus candidaturas, que con instituciones partidarias que pudieran tener vida propia e incluso sobrevivirlos cuando se vayan.

Los militantes o afiliados porque, también salvo excepciones, suelen tener una percepción cargada de mesianismo sobre sus líderes. Sería el carisma de estos, o algunos de sus atributos excepcionales, los que los llevarían a la tierra prometida. Por tanto más vale ser sus incondicionales que forjar una institución partidaria.

Entonces, en los hechos, “fortalecer” a los partidos realmente existentes sería vigorizar, por un lado, a esos liderazgos personalistas, y por otro, a esas subculturas caudillistas que comparten la mayor parte de sus militantes.  Y eso, a la larga, solo lleva al deterioro de los partidos.

Por tanto, cabría pensar que para tener democracia y partidos fuertes lo más efectivo no serían las normas centradas en las entidades partidarias mismas. Las normas deberían centrarse más bien en rodear a los partidos de un entorno más exigente.

Por ejemplo, en promover una ciudadanía fuerte, con más derechos y capacidad de presión sobre partidos, Congreso y Gobierno. O en hacer que las elecciones sean más competitivas y abiertas. Volveremos sobre esto.

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Carlos Reyna Carlos Reyna