Por Carlos Reyna
Como muchos, yo también recuerdo muy bien qué estaba haciendo aquella mañana del 11 de setiembre de 2001.
Era mi primer día de trabajo en el recientemente creado Centro de Investigación Electoral de esos buenos años de la ONPE. Veía CNN por las mañanas.
De pronto, “breaking news” en pantalla. Apareció la primera torre gemela, ya impactada por uno de los aviones. Oscura, densa, una columna de humo emanaba desde el malherido edificio.
Había trabajado en DESCO haciendo análisis del terrorismo en su versión peruana. Uno de sus rasgos era la predilección por atacar objetivos simbólicos del poder adversario. El World Trade Center, por ejemplo. Malicié que no era un accidente sino un atentado.
Y allí nomás apareció en pantalla el segundo avión. Se incrustó en la segunda torre. Ya no tuve dudas. Era otro de los rasgos prominentes del accionar terrorista. Nunca van aislados, sino en serie. Después vino la otra nave estrellada en el Pentágono y aquella otra que cayó en un descampado de Pensilvania.
A esos dos rasgos se sumaron otros: la sorpresa, la audacia, la inclemencia casi absoluta. Pero sobre todo este: la de escoger un tipo de acto y un tipo de blanco que aseguren el mayor eco posible del atentado.
De hecho los ataques del 11-S han logrado ser los más difundidos de la historia. Como ha observado un cronista norteamericano, las ceremonias de este último domingo han sido, de lejos, muy superiores a las que recordaron los diez años de Pearl Harbour.
El terrorismo puede tener efectividad al corto plazo. También mucho eco mediático. Pero el mediano plazo solo les depara inefectividad y aislamiento social. El desafío que levantan contra los Estados no es político sino policíaco y militar, y en este campo la máquina estatal siempre tendrá más recursos.
Cruel paradoja, los terroristas, mientras más exitosos, más autodestructivos resultan, pues fortalecen precisamente a los liderazgos más duros y militaristas de sus adversarios. Sus actos legitiman a su enemigo simétrico, el terrorismo de Estado.
De algún modo, Abimael Guzmán le puso alfombras a Fujimori y Montesinos, tal y como Bin Laden favoreció la reelección de George Bush hijo y sus halcones. Uno lleva 19 años preso. El otro, cuatro meses de ejecutado en Pakistán.
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