Hay ciertas equivalencias y reflejos notables entre la política y el fútbol en el Perú.
En política, la gran mayoría de partidos son ficticios. Los pocos que tienen algo de existencia real carecen de capacidad de conducción sobre la sociedad que pretenden gobernar.
En el fútbol, una cosa parecida ocurre con los clubes. La mayoría es puro membrete propiedad de individuos. Aun los más organizados carecen de liderazgo y de control sobre las tribunas o sus barras.
En política, las leyes y reglas apenas tienen vigor en el delgado espacio institucional que hemos establecido con el correr del tiempo. En el país amplio, esas reglas con frecuencia son rebasadas por distintas expresiones de la pura fuerza, cuando no por la violencia.
En el fútbol, las reglas tienen vigencia en la cancha. En las tribunas, desde hace un tiempo, lo que manda es la lógica guerrera de las barras, que con frecuencia desborda con violencia a la policía, antes, durante o después del juego.
En política, el criterio del interés general o del buen gobierno ha retrocedido ante el criterio del negocio personal o particular. Las campañas electorales, los actos de gobierno y los políticos se rigen cada vez más por la publicidad y menos por los principios.
En el fútbol, el espíritu deportivo, el juego sociable, han retrocedido frente al criterio del negocio fácil con los jugadores o con los colores de los clubes. En algunos de estos su publicidad ya no promueve lo deportivo sino el licor.
Como resultado, en la política o en el fútbol, el mercado a la peruana los ha invadido solo para tornar anémicas a las pocas instituciones de ambas esferas.
En tiempos normales, la elite social suele pensar que nunca será alcanzada por los conflictos derivados de instituciones políticas tan débiles. Solo se asusta en épocas electorales, si aparece algún candidato cuestionador.
En los estadios, parte de esa elite se sentía segura en sus lugares preferenciales. A las barras bravas solo las pensaban para las tribunas populares, allá a lo lejos.
Pero ahora los violentos llegaron a los palcos futboleros. Y dado que el fútbol y la política parecen ser metáforas recíprocas, bien haría la elite en no dejar al país librado a su suerte, ni en pretenderse inalcanzable por sus lacras.
