Por Carlos Reyna
Mañana el Presidente hablará ante diversos oyentes. Los más cercanos serán los representantes sentados en el Congreso de la República. Los más remotos, los que observan su gestión desde diversas instancias transnacionales, incluida la prensa internacional. Al medio, la desigual población del Perú.
Gracias a la votación de ayer, el Presidente ha vuelto a obtener, por cuarta vez, el control del Congreso. Hablará por tanto ante un Legislativo mayoritariamente sumiso. Es también una representación fragmentada en 13 grupos, lo cual ha sido precisamente propiciado por la bancada oficialista, para facilitar su control. Y es además un Congreso desaprobado por el 80 % de la gente.
El control del Congreso le sirve al Presidente para legalizar el rumbo y los actos de su gobierno. También para que no le tumben ministros. Pero ahora último no le ha servido para atenuar la desaprobación popular. Los ministros que no derribó el Congreso, él mismo debió retirarlos, obligado por las protestas ciudadanas o por la crítica de los medios no oficialistas. Ante ese Congreso debilitado hablará el Presidente, sabiendo que su control no le sirve de tan buen parapeto.
El auditorio grande, el de la nación, es también muy fragmentado, especialmente en lo político. En este momento no se ve a una fuerza política que capte de manera consistente el respaldo de al menos el 20 % de la ciudadanía. De las fuerzas más grandes solo se podría decir que son minorías significativas. Y ninguna muestra, ahora, habilidad para ganar el siempre numeroso centro.
Pero al revés del Congreso, la mayoría de la nación, fragmentada y todo, comparte un clima de opinión rotundamente adverso al Presidente. La opinión adversa, que vino creciendo gradualmente desde agosto del 2006, parece haber cristalizado, a raíz de los sucesos de Bagua, en un sólido sentido común muy negativo para Alan García. Para revertirlo tendría que hacer cambios dramáticos en su política de gobierno.
No parece dispuesto el Presidente a un cambio sustancial en su gestión. Sus últimas decisiones parecen reflejar la idea de que al país se le puede manejar como al Congreso, fragmentando y excluyendo a los opositores. También parece denotar la intención de jugar a la polarización, a sabiendas de que eso puede causar conflicto y desorden, pero también desgaste de sus opositores más caracterizados. Veremos cuánto de este juego le muestra mañana al país.
El auditorio internacional, con observadores entrenados en el análisis, es el más difícil de seducir para un Presidente. Frente a él, por lo de Bagua, la imagen de Alan García se vino tan abajo que tuvo que llamar a todos sus embajadores para dar línea. Su tesis sobre la conspiración internacional que sufre su gobierno no le ha ganado más credibilidad. Que no la repita porque los corresponsales la difunden con sorna.
