Los que pusieron la bomba magnética al carro del ex ministro Fernando Londoño, dejando dos muertos y más de 30 heridos, en pleno mediodía de Bogotá, no han sido asesinos de cualquier tipo.
Eran expertos en matar. Tenían los conocimientos, la experiencia, la frialdad y la carencia total de compasión de quienes ya han matado muchas veces y lo van a seguir haciendo, sabiendo que, en cualquier momento, el precio de su oficio puede ser su propia muerte.
Pueden haber sido paramilitares, terroristas o sicarios. Incluso pueden haber sido una combinación de algunos de estos. Colombia tiene de todos ellos. De esos tres tipos de ejecutores, los más fríos e impersonales son los sicarios. Matan solo por dinero, por encargo, sin apasionamientos.
Aunque suene discutible, los sicarios pueden representar un peligro incluso mayor que los paramilitares y los terroristas. Puesto que matan sin enrolarse en ningún tipo de facciones, sin otra lealtad que consigo mismos y dado que ofrecen sus servicios a todo el que quiera, para victimar a quien sea y a precios diversos, este tipo de ejecutores puede difundirse más rápido que los otros.
En su conocido libro “No nacimos pa´ semilla” publicado en 1990, el periodista Alonso Salazar relata que hacia 1989 Medellín hervía en grupos de sicarios juveniles: Unas 120 bandas, y unos 3 mil integrantes con un promedio de edad de 18 años . Y así como mataban también eran matados. Ese año, el 70 % de las muertes violentas era de muchachos de entre 14 y 20 años.
¿Por qué surgió tanto sicario juvenil en Medellín? El libro de Salazar señala que este drama se explica, en primer lugar, por cierto entorno social. Una pobreza desmoralizante en los barrios populares que coincide con el narcotráfico y las guerrillas, que les ponen armas a los jóvenes de esos barrios, y con la corrupción de las fuerzas del orden, que les convence de que la ley es una ficción.
Pero, en segundo lugar, Salazar le da igual importancia a la coexistencia de tres culturas urbanas que a su juicio alimentan al sicariato juvenil.
Una cultura de la elite opulenta urbana que prioriza su propio lucro por encima de la integración social y de la consistencia ética. Si la economía está bien, no importa el cómo se logró ni si la ciudad se parte en guetos.
Una cultura de barrio que convierte a la banda juvenil en el principal o único espacio que provee reconocimiento, pertenencia y estatus para los jóvenes. La lealtad a la banda derrota a la escuela, justifica la deserción escolar y las prácticas violentas.
Una cultura de consumo donde la marca, la moda, y la tenencia de ciertas cosas para hoy justifican para el joven de barrio que arriesgue su propia vida o acabe las de otros.
Pensando, ahora, en ese adolescente de Trujillo apodado Gringasho, y en sus jóvenes compinches o colegas de Lima, cabe preguntarse cuán distintas o parecidas son ahora nuestras ciudades y barrios en relación a ese Medellín que parió a tantos muchachos sicarios.
