La participación de tres obispos en la última Asamblea de la Universidad Católica es un valioso gesto, diferente del maltrato que el Cardenal ha venido dando a la PUCP, al que se sumaron algunas autoridades del Vaticano.
De hecho, el conflicto mismo se origina en las pretensiones de poder total que el Cardenal quiere ejercer sobre la Universidad, que ha venido a ser una de las mejores del país, si no la mejor, gracias al esfuerzo de sus estudiantes, profesores y autoridades.
En efecto, el Cardenal tiene desde hace un tiempo el beligerante afán de controlar el gobierno de la Universidad, todos sus bienes y la enseñanza que allí se imparte. Invocando la representación de Roma, quiere no sólo poder espiritual, sino poder político y económico sobre esta universidad peruana.
Así, el Cardenal y el Vaticano exigen un Estatuto en el que la Asamblea Universitaria solo proponga una terna para rector. El nombramiento y la ratificación la decidirían entre él y la sede pontificia, por medio de la Congregación para la Educación Católica.
Así, el Cardenal desea ser la encarnación de un poder extendido desde la lejana Roma hasta él, en Lima, para decidir sobre quién debe gobernar una universidad, mientras los integrantes de esta universidad, que laboran en ella todo el año, solo pueden proponer.
Pero, además, haciéndole una concesión a las ideas materialistas de que, en última instancia, lo que importa es la economía, el Cardenal sostiene que la Universidad “es propiedad de la Iglesia” y pretende que un representante suyo tenga tanto peso como el rector en la administración de todos los bienes de la universidad.
Cipriani fundamenta estas pretensiones propietarias en que esa habría sido la voluntad de los fundadores de la universidad hace un siglo, y de Riva Agüero, que donó parte de sus bienes hace más de medio siglo. Aquí el Cardenal se nos presenta como hermeneuta de voluntades del más allá para tener poder más acá.
Y finalmente, el primado de Lima, quiere que la enseñanza de todos los profesores de la Universidad “promuevan o al menos respeten la identidad católica”. Lo cual le plantea esta pregunta a cada profesor: qué significa eso en mi curso, qué debo decir y qué no.
El problema no sería tanto para los profesores de ciencias pues es difícil promover o respetar la identidad católica enseñando el Principio de Incertidumbre de Heinsenberg, aunque alguno podría decir que este sería un ataque a la fe, por alentar la duda.
Sí sería problema para las áreas de ciencias sociales, humanidades o derecho, donde la cuestión religiosa siempre es polémica. ¿Quién determinaría que una idea crítica es ya una falta de respeto?
El ánimo del Cardenal nos trae a una iglesia imperial de otras épocas. En cambio, hace mucho tiempo que la Universidad supone autogobierno, libertad de pensamiento, pluralismo y tolerancia. Si se le suprime esto, podría acaso ser católica, pero ya no Universidad, por eso la pasión con que se la defiende.
