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Combi y democracia de masas

Por Hugo Neyra

¿Hay una “cultura política” en nuestro país? Sí, pero es difícil, muy difícil de clasificar. Porque esa cultura política, si así llamamos a la suma de conductas con un fuerte componente depresivo y a la vez entusiasta que nos habita, simultáneamente es emprendedora como desmovilizadora, y por lo tanto, repudia toda interpretación. Digamos, al desgaire, que la cultura de la eterna transición peruana es a la vez democrática y antidemocrática. Cultura política hay, pero sinuosa, ambivalente, y no asoma en las encuestas. ¿Por qué habríamos de decir la verdad, si todo el tiempo nos pasamos evitándola? No deberíamos del todo asombrarnos. Pero si una moral asoma en las sinuosidades de las preferencias populares, esta resulta inconfesable. Es una implícita moral del provecho.

Sí, del provecho personal, o grupal, desde las clases altas (altas por ingresos, y punto; de la crisis de las elites habrá que hablar en otra ocasión) hasta la gente, digamos, del “Moqueguazo”. Si esto es cierto, lo del interés personal o grupal, entonces, ¿cultura política que prohíja el clientelismo, la corrupción pasiva y que puede tenderle la cama a un nuevo tipo de autoritarismo? Pues no, tampoco es eso. Porque nuestra cultura política –si por ello llamamos las conductas reales y no los buenos propósitos– como es del provecho lo es también de la protesta. O sea, te apoyo si me apoyas, y si no, la muy difundida teoría del “maltrato”. Aquí estamos en las antípodas de Locke, para quien las ideas ciudadanas se caracterizaban por su simplicidad, eso sería en su tiempo y entre anglosajones, aquí, en el universo del heredado barroco, es todo lo contrario. Nada menos simple que el alma peruana.

Ahora bien, si el “maltrato” es la forma quejosa y extendida de encuesta ciudadana, entonces, gobernar el Perú está lejos de ser una fiesta. Si te dan apoyo, es por poco tiempo. El pueblo tiene a quien gobierna, o cree gobernarlo, en la cuerda floja.

Este sistema de castigo de los de abajo a los de arriba no es ni de izquierda ni de derecha, aunque tiene de ambas. En realidad, todo es a medias. País prudentemente de medios tonos, pese a los muchos gritos y muchos tumultos; con revueltas, pero que no necesariamente conducen a la revolución social (mucho riesgo, los que están saliendo de pobres ya son muchos) ni tampoco, no se ilusionen, conducen a la estabilidad. Cierto, no hay parálisis, pero sí ese desconcertante desarrollo a la peruana: sinuoso, tedioso, a empujones.

El empellón es parte de nuestroswwusos, desde la forma como se lleva a los reos a un tribunal, o se sube uno a una combi. Los peruanos viven una vida política muy parecida a la que pasan –muy incómoda– en los pésimos sistemas de transporte masivo.

Van a la democracia entre baches y calles inseguras, con el riesgo de desbarrancarse en cualquier momento, porque el chofer se quedó dormido o mete pasajeros canallas en medio de una carretera. Las secretas leyes que rigen nuestra vida peruana no provienen del mercado ni de la religión. Provienen del sistema de transporte masivo. Llaman tránsfugas a los que se bajan de esta u otra combi partidaria, cuando es lo normal si ves que te llevan no a Chiclayo sino al Huallaga. Es de sospechar una relación entre viajar políticamente en disgregadas y privatistas candidaturas y entre esperar el bus que te lleva al trabajo y el aleatorio cambio de humor del ciudadano, no de a pie, sino de taximoto, combi y bus traficado.

Ahora bien, la democracia de masas es transporte de masas. Pero aquí todo lo han privatizado. En las provincias operan “brockers”, o sea, agentes privados de los asuntos públicos, como irresponsables buses. Así, cada vez que alguien propone un tren que una el Callao con Huancavelica, o remodele el transporte como en Lima, o un nuevo aeropuerto en Abancay, se dice, la democracia saldría ganando. Pero cada vez que un bus se precipita en el vacío y en el llanto, me digo, todavía no hemos salido de la aldea totalitaria.

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Hugo Neira Hugo Neira

Hugo Neira Samanez (Abancay, 1936). Realiza sus estudios escolares en el colegio fiscal Melitón Carbajal. Ingresa posteriormente a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a estudiar Historia, en que fue uno de los discípulos más apreciados del maestro Raúl Porras Barrenechea.

 

Escritor, periodista y ensayista, Neira finalizaría sus estudios de posgrado en Francia, donde obtuvo el grado de Doctor en Ciencias Sociales. Asimismo, el actual director de la Biblioteca Nacional ha desarrollado un gran número de publicaciones, consiguiendo además importantes reconocimientos internacionales.

 

En 1996, Neira aportó una amplia reflexión sobre nuestra problemática histórica. "Hacia la tercera mitad, Perú XVI-XX. Ensayos de relectura herética" es un libro que continuaba la tradición de los "Siete ensayos" o "Perú: problema y posibilidad", pero poniendo un mayor énfasis en el contexto internacional de nuestro proceso histórico.