El deporte, el “sport” de los británicos, fue adoptado por el mundo entero. Hace más de un siglo que diversos públicos y en multitud de países, con placer y alegría, gozan de la victoria del equipo favorito pero también de la competición misma. Norbert Elias señalaba su visible secreto: “El sport es la violencia domesticada”. (Quest for Excitement, 1986,). Del box al fútbol, el espectáculo produce excitación, emociones, y si en su práctica hay enfrentamientos corporales, el riesgo mayor está exceptuado. El deporte no está hecho para matar. Es simulacro del combate pero no el combate mismo. Si es sangre y muerte es otra cosa. Y por eso estamos en estos días tan conmovidos. Por ese asesinato ocurrido en un estadio.
A la violencia ya estábamos como habituados. Desde el VRAE, cuyos adolescentes se bajan helicópteros, a violencias triviales, como el colectivo que puede ser tu peor enemigo, o la niña que perece por manejar unas bombardas de fiesta. No es asunto solo capitalino, en el fondo de Huaral vivía el peruano que las autoridades argentinas reclamaron por haber matado a su conviviente. Como escribe Carlos Galdos en “Somos”, se tiene miedo de ir al centro, a una discoteca, a esperar a la enamorada en la calle. La violencia nuestra suele ser extravagante: un joven policía se suicida en un restaurante de Pueblo Libre.
Muchas veces se ha asociado la violencia urbana al fútbol y este diario acaba de recordarlo. Los encapuchados de la barra del Alianza Lima que dispararon contra Víctor Tuesta, de 23 años. O la barra de “los callejeros” que atacó de un disparo a un hincha aliancista. Esos crímenes fueron en las inmediaciones de los estadios, pero al joven Walter Oyarce acaban de arrojarlo desde un palco del Monumental. Asistimos a la destrucción del concepto mismo de Estadio. No los inventan ni los conquistadores ni la cristiandad medieval. Fue invento de los griegos antiguos.
Atenas, habitada por guerreros-ciudadanos, los hoplitas, crea esos juegos entre guerra y guerra, y esos espacios, los estadios, no para eliminar el instinto de muerte sino para rebajarlo, limarlo. No quiero aquí extenderme sobre cómo se enfrentaban en la lucha libre a mano desnuda y se rompían vértebras y costillas. Los ingleses humanizan esos juegos brutales, e introducen entre aldea y aldea rivales, un objeto, el balón. Sublimación del deseo de atacar físicamente al rival, aunque en el otro fútbol, el rugby, se permite el tacle. Y ese deporte que casi no practicamos, no tiene “barras bravas”, vaya usted a saber por qué.
Ahora bien, que el estadio moderno se vuelva su antípoda, el circo romano, no para la competencia deportiva sino de improvisados gladiadores, no es incidente reducible a matricular las barras bravas. Todos hemos visto a “Los Reyes del Monumental” en foto a cinco columnas: un grupo de hombres jóvenes, fornidos, pecho al viento, satisfechos. David Sánchez-Manríquez, José Roque, Jorge Montoya, Richard Valverde. No los llamaré ni “loco”, “cholo”, ni “negro”. Pero sí cabe preguntarse ¿qué son? No falta el criminólogo, “trastorno psicosocial”. Qué fácil. Y otro, en “El Comercio”, “la violencia no es clasista”. Discrepo. Los que a Walter Oyarce “le levantan la pierna izquierda mientras otro lo empuja con las manos”, no vienen de los conos pobres sino de La Molina y de Chorrillos. Cuando uno de ellos se asusta, toma un avión y “se quita” a Miami. Mataron, y de paso se exhibieron. Los héroes del estadio no fueron entonces los jugadores ni el equipo que competía, se robaron el show los violentos. Narcisismo descomunal, nada de ser simples espectadores. Y sabiendo que había cámaras, ¡el deliberado deseo de transgredir! Pero del palco 130 al 128 saltaron a la barbarie. La camiseta de un club fue su pretexto. Exhibieron en el Monumental una violencia de muchachones acomodados, prueba que nuestro actual tipo de crecimiento económico no conduce a la civilización. Conduce a una suerte de hitlerismo privatista, abrumador. Lanzando a Oyarce nos matan la esperanza. ¿A más dinero, peor nos irá?
