La ciudad y los perros cumple 50 años. El espléndido relato, con el cual Mario Vargas Llosa se inició en la novela, recibió en 1962 la consagración del premio Biblioteca Breve, otorgado por la editorial española Seix Barral, y con ello salió a la luz. Se trataba de un texto de madurez sorprendente, escrito entre 1958 y 1961, cuando su autor tenía entre 22 y 25 años de edad. Al año siguiente, en 1963, la novela sería publicada y su autor, desde entonces, formaría parte de la primera línea de la narrativa de calidad en el Viejo y el Nuevo Mundo. Fue un momento afortunado para la narrativa peruana: por entonces también aparecía Los inocentes, de Oswaldo Reynoso, y pocos años antes, en 1958, se había publicado Los ríos profundos, la obra cumbre de José María Arguedas.
Dice Borges que la antología de lo verdaderamente valioso en literatura no la hacen los críticos sino el tiempo. En alguna parte incluso afirmó, entre veras y burlas, que no vale la pena leer nada que no haya sobrevivido siquiera 40 o 50 años a su publicación. Y es verdad que un relato que un día despierta nuestro entusiasmo, pasados unos años con frecuencia nos decepciona y sentimos que ha envejecido malamente. Pero La ciudad y los perros cumple la prueba del tiempo borgeana con vigor y salud desbordantes. Esta ficción se lee hoy con la misma intensidad y gusto, y su reflexión ética mantiene plena vigencia en el nuevo siglo, revelando siempre nuevas aristas.
Quienes quemaron públicamente el texto cuando llegó al Perú, en 1963 –dicen que el promotor fue el general Artola, por entonces director del Colegio Militar Leoncio Prado–, sabían que no se trataba de un texto inocuo. El cuestionamiento de fondo al machismo, al autoritarismo, a la educación tradicional, a la inautenticidad de los valores proclamados, a la mediocridad impuesta como una lápida sobre el desafío de la libertad, la sorda violencia de la convivencia entre los peruanos, están allí, tan rotundos hoy como hace medio siglo. Precisamente esta vocación temprana de decir la propia verdad sin concesiones es la que le ha ganado a Vargas Llosa la hostilidad de los partidarios de todos los autoritarismos.
Con frecuencia me he preguntado, como si se tratara de personajes reales: ¿qué habrá sido de Alberto, el Jaguar, el Esclavo, el Boa, el serrano Cava y Vallano? ¿Qué habrá sido de Teresa, la joven que concita el deseo de los cadetes, como la Pies Dorados en el otro extremo? ¿Cuál habría podido ser, sobre todo, el destino del teniente Gamboa? Inevitable es, entonces, relacionarlos con el destino de los peruanos en este medio siglo, en que sufrimos dos dictaduras, terrorismo y una modernización social a marchas forzadas, sin poder estabilizarnos como la república que infructuosamente intentamos ser desde hace casi dos siglos. ¿Habrían podido escapar de algún modo a la vida mediocre, dominada por la falsedad, que ya les anunciaba el orden autoritario del colegio? La pregunta sigue planteada, con la urgencia de un desafío ineludible.