El escenario cada vez se acerca a un desenlace trágico ya conocido. Los ánimos crispados, la cerrazón de los protagonistas, su incapacidad de ofrecer alternativas, de persuadir, de razonar. Los griegos, creadores de la tragedia como forma literaria, decían que los dioses enloquecen a quienes quieren perder. Los privan de lucidez, los enceguecen. En Cajamarca y Espinar, estamos ante la inminente repetición de la tragedia de Bagua.
Por un lado, el Gobierno de Ollanta Humala no ha desarrollado una estrategia democrática para procesar los conflictos sociales, ni se ha esforzado por integrar un equipo capacitado que la aplique, a pesar de que ya está por cumplir un año en el poder. La improvisación está a la orden del día y, a falta de alternativa, echa mano al repertorio tradicional de la represión, incluido el sembrado de pruebas.
El Gobierno no entiende que no hay sustituto para la acción política. La gente no va a aceptar una u otra alternativa solo porque así lo dispone la autoridad. En democracia hay que ser perseverante para persuadir con razones claras y convincentes. Hay que promover los consensos necesarios para unir a la más amplia mayoría, aislando a los intemperantes. La policía no debe sustituir al político para tratar a quienes fueron sus propios votantes.
En el otro lado están los dirigentes de las protestas, compitiendo entre sí en intransigencia, jugando con fuego al declarar una huelga indefinida que se les puede ir de las manos en cualquier momento, abusando de un lenguaje tan apocalíptico como demagógico. Dirigentes que no han aprendido nada de los errores de los últimos 20 o 30 años y especialmente de la tragedia de Bagua, hace apenas tres años.
Porque en Bagua se evaporó la organización y el protagonismo que el movimiento nativo había llegado a tener. Ese es el espejo en el que debieran mirarse, pero ya dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Creen ilusamente que ellos serán la alternativa a este Gobierno. Lo más probable es que contribuyan a abrirle la puerta a la derecha fascistoide que reclama represión y la aplicará sin dudar.
¿Y la izquierda que quiere reconstituirse? Lamentablemente, no encuentra mejor idea que hacer seguidismo dócil a las consignas maximales de los grupos radicalizados e irresponsables, repitiendo una vez más los errores que hicieron trizas décadas de organización popular y destruyeron en estas décadas las posibilidades de esta misma izquierda como alternativa de poder.
Crónica de una muerte anunciada, es un relato que seguramente han leído muchos de los participantes en nuestros conflictos político-sociales de hoy. Haríamos bien en releerlo este fin de semana. Es breve, contundente y se puede leer en una tarde. Tal vez entonces la reflexión nos ayude a evitar ir, enceguecidos, al desenlace que anuncia una tragedia que nadie podrá decir que le toma de sorpresa.
