Por Ronald Gamarra
En un artículo de esta semana, Abelardo Sánchez León pone el dedo en la llaga al preguntar: ¿cuándo tendremos una derecha democrática y decente?, ¿por qué no tenemos una derecha digna?, ¿qué esperan los derechistas para construir esa derecha que equilibre y haga posible un consenso nacional fundamentado en el compromiso sincero con la democracia y las libertades y derechos esenciales del ser humano?
Parte importante de la izquierda y los sectores radicales, mal que bien, hace tiempo han iniciado un arduo camino hacia el consenso democrático. Un camino no exento de contramarchas y contradicciones, recorrido muchas veces de mala gana. Pero al fin y al cabo ese camino se ha estado recorriendo sí o sí, ante la incomprensión de una derecha sin vuelo ni amplitud de miras. Y el triunfo electoral de Ollanta Humala puede acelerar el proceso de plasmación de una izquierda moderna, libre de los últimos rezagos de una ideologización dogmática y anacrónica.
No obstante, así como necesitamos de una izquierda moderna, también necesitamos de una derecha moderna para lograr ese amplio consenso político y social que haga definitivamente viable nuestro país. ¿Dónde está esa derecha moderna? Porque el fujimorismo definitivamente no lo es. Un clan familiar y dinástico, heredero de un régimen que fue el más corrupto de nuestra historia republicana, marcado por la práctica sistemática del envilecimiento de todas las instituciones como política de gobierno, incluyendo en primer lugar el envilecimiento de las FFAA, está en las antípodas de lo que debe entenderse por una derecha decente y digna, una derecha moderna que sea soporte del consenso nacional.
La derecha de hoy, lamentablemente diluida en el fujimorismo, tiene la tarea urgente de reinventarse y reconstruirse lejos de la cepa anacrónica y reaccionaria del caudillismo autoritario y corrupto. Si quiere tener futuro y ganar el lugar que debería tener en el concierto ciudadano, tiene que deslindar rotunda y definitivamente con el pasado dictatorial, con la corrupción, con el abuso de poder, con el aprovechamiento interesado de la democracia para hacer buenos negocios, con la cínica práctica de cohonestar los crímenes de quien “hace obra”.
Y debe reconstruirse comprometiéndose con los valores esenciales de la democracia: libertad, justicia, DDHH. La derecha tiene, sin duda, un largo camino de cambio y aprendizaje por recorrer. Si aún hoy, apenas escuchan hablar de DDHH muchos derechistas –en realidad la mayoría– creen que les están hablando de algo diabólico. Deberían empezar por enterarse de que los derechos humanos están en el núcleo del pensamiento liberal. Ese sería un buen comienzo.
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