Leo con entusiasmo un reporte sobre los desarrollos recientes de la cobertura de salud pública en México, que da cuenta de que ese país, tan similar al nuestro por tantas razones, está a punto de alcanzar el objetivo de la cobertura universal. Es decir, que toda la población mexicana quedará amparada por los servicios de salud en diciembre de este año. Eso es un gran logro, que matiza favorablemente la aciaga realidad de violencia que el narcotráfico ha impuesto sobre ese gran país.
Hace diez años, más de la mitad de los mexicanos carecían de seguro de salud. Los únicos que tenían cobertura eran aquellos que laboraban en el sector formal de la economía; algo muy parecido a lo que sucede aquí. Pero fue entonces que se decidió emprender un programa, denominado Seguro Popular, que se ha desarrollado vigorosamente con el apoyo de los sucesivos gobiernos, logrando cambiar drásticamente esta situación.
Con el objetivo primero de la cobertura universal a punto de ser alcanzado este año, ahora corresponde encarar dos desafíos, según resume el ministro de Salud mexicano, Salomón Chertorivski: el primero es el de lograr la homogenización de la calidad de los servicios de salud ofrecidos en todo el país, de manera que toda la población reciba un buen servicio sin importar su situación geográfica o social; el segundo es el de pasar de una atención de salud curativa a una que sea fundamentalmente preventiva.
La experiencia de México es un gran estímulo para todos los países de A. Latina y especialmente para el Perú. Demuestra que es posible trazarse un objetivo de enorme trascendencia humana como éste, y alcanzarlo. La salud universal ya no es patrimonio únicamente de los países más prósperos. Un país de menor desarrollo, como los nuestros, también puede y debe ofrecerla a sus ciudadanos. Es cuestión de establecer la prioridad correspondiente y trabajar con perseverancia.
Ya es hora que la salud de la gente en el Perú sea cubierta por recursos de toda la sociedad, como debe ser, y no por la invocación urgente a la caridad, que con frecuencia tarda o no llega y siempre resulta insuficiente. Este debe ser el objetivo central de todo gobierno hasta conseguir que sea realidad. Cuando los desesperados pedidos de ayuda y las teletones para atender o salvar la vida de personas que carecen de seguro pasen al recuerdo, sabremos que somos verdaderamente ciudadanos.