Por: Augusto Álvarez Rodrich
El país caliente que recibirá al presidente Humala.
Entre un presidente en plan de despedida de niño Goyito –al ritmo de 1.5 inauguraciones por día–, y un presidente electo con la agenda enredada entre el protocolo y la designación de la tripulación con la que zarpará dentro de 35 días, el país anda en una turbulencia social que no le convienen al presidente que se va ni al que viene.
Cuando Puno todavía no se calma, Huancavelica se recalienta y Huancayo aún huele a quemado, en medio de más de doscientos conflictos sociales latentes y calientes desparramados por todo el país, hay una exacerbación que se amplía y no tiene visos de solución durante el período de transición y que, peor aún, se puede descolgar hasta bien avanzado el inicio del nuevo gobierno, marcándole el rumbo e imponiéndole una agenda inconveniente para un régimen que pretende establecer una diferencia que le permita mantener la senda del crecimiento pero agregándole una dosis más fuerte de inclusión social.
El riesgo es que la turbulencia actual crezca hasta el inicio del nuevo gobierno y ponga al presidente Ollanta Humala ante dos escenarios alternativos pero igualmente negativos, dependiendo de su respuesta: represiva, que proyectaría a la flamante administración como autoritaria y reforzaría el lado militar del nuevo jefe de Estado; o tembleque, mostrando debilidad y dejándose llevar por el ritmo de una protesta extendida que empiece a marcarle la agenda y a exigirle lo que no puede cumplir al menos en el corto plazo.
Todo esto ocurriría en un entorno que, a diferencia del momento optimista que vive el presidente electo, con una aprobación de 70% según Ipsos-Apoyo, no estaría dispuesto a perdonarle muchas cosas al nuevo jefe de Estado.
Desde una prensa dispuesta a desafiar al nuevo presidente para marcar su territorio, incluyendo algunos medios que creen que sus instalaciones son territorio extranjero y sus gerentes embajadores con derecho a otorgar inmunidad diplomática; un sector empresarial que quiera empujar al gobierno a decidirse donde está parado –‘de una vez por todas’–; y un conjunto de líderes locales que no están en los gobiernos regionales y que están dispuestos, a través de reclamos absurdos e irreales –como varias propuestas de Walter Aduviri, quien no se hace problemas en reunirse con Antauro Humala–, a convertirse en brokers de la pugna entre la población y la autoridad formal.
Mientras el gobierno en ejercicio siente que lo mejor que puede hacer es enviar más policías cuando las cosas se ponen muy calientes en las zonas calientes, y el gobierno electo no cuenta con los instrumentos para enfrentar los conflictos, es evidente que este panorama crecientemente caldeado debería ser un criterio relevante en la decisión del presidente Humala sobre las principales designaciones de la administración que tomará las riendas del país el 28 de julio.
