Por Augusto Álvarez Rodrich
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Dilemas y problemas del presidente Hugo Chávez
CHICLAYO. Si el 2009 no fue un buen año para el afán expansionista regional del presidente Hugo Chávez, el 2010 lo arranca con complicaciones internas crecientes por el recorte eléctrico que afecta a Caracas, la capital del país latinoamericano que más recursos obtuvo en los últimos años por la disparada del precio del petróleo.
Una sequía prolongada que ha afectado a las centrales hidroeléctricas –que aportan tres cuartas partes de la electricidad del país– ha sido esgrimida como la razón principal del recorte, pero el problema de fondo es la poca inversión por la congelación de las tarifas, un fenómeno pernicioso que los peruanos conocemos bien gracias al curso de economía que Alan García nos regaló en los ochenta. No obstante varios controles de precios como este, la inflación anual de Venezuela llega a 35%.
Como consecuencia, se ha hecho necesario un recorte de 20% del consumo de energía mediante una regulación que entró en vigencia desde este año y por la cual, por ejemplo, los centros comerciales solo abrirán entre 11 a.m. y 9 p.m. y los casinos entre 6 p.m. y 12 de la noche, mientras que los avisos publicitarios solo podrán usar bombillas y tubos fluorescentes.
El incumplimiento de este tipo de normas implica multas severas y crecientes para los reincidentes. Esto no solo significará una ciudad más oscura sino pérdida de ingresos empresariales y de empleos por las restricciones para la atención.
No son buenas noticias pero estas empeoran al saberse que el gobierno de Chávez donó a veinte regímenes ‘amigos’ un monto equivalente a US$8,352 millones en el año 2009, incluyendo una hidroeléctrica (US$48 millones) y 170 ambulancias (US$17 millones) en Bolivia, un cable de fibra óptica en Cuba (U$70 millones), y hasta un programa de subsidio para 200,000 familias estadounidenses para combustible de calefacción.
Los venezolanos, como es comprensible, se van cansando de estas expresiones contradictorias e injustas que, encima, no están significando una expansión chavista en la región.
En América Latina parecería existir una suerte de acuerdo implícito para convivir con este presidente deslenguado que, de vez en cuando –aunque cada vez menos–, lanza alguna diatriba por aquí o por allá, mientras que, en el plano interno, la gran debilidad de la oposición política impide un deterioro mayor del régimen chavista.
No estamos ante el ocaso inminente del régimen de Hugo Chávez, pero mientras él sigue intentando ser un candil de la calle, la oscuridad de su casa constituye una señal indudable de que su verbo ampuloso se agota junto con sus recursos decrecientes.
