Por Augusto Álvarez Rodrich
alvarezrodrich@larepublica.com.pe
El problema de un ego colosal al que la plata llega sola.
La inclusión en su programa de inauguraciones por despedida –junto al estadio nacional, el teatro nacional y el tren eléctrico, entre otras obras de envergadura– de una estatua de 37 metros de alto en el Morro Solar, similar al Cristo de Corcovado de Río de Janeiro, constituye, por varias razones, una mala decisión del presidente Alan García.
Primero, por el poco respeto que implica por las instituciones al no haber informado oportunamente a la Autoridad Autónoma de la Costa Verde bajo la responsabilidad de la alcaldesa Susana Villarán, quien ha señalado, con indignación justificada, que “a mí, nadie me consultó absolutamente nada”.
El ministro de Cultura, Juan Ossio, justifica la reserva por el deseo del presidente de darle “una sorpresa al país”, pero por más urgido de atención pública que se encuentre, estas expresiones de ‘yo hago lo que me da la gana’ deben ser rechazadas. La alcaldesa Villarán debe hacer valer su autoridad e impedir, con la ley y el sentido común, la ejecución de esta obra, no por su contenido religioso sino por su inserción en el paisaje.
Quizá una clave del desaguisado se encuentre en lo señalado por la premier Rosario Fernández en el sentido de que el permiso fue solicitado al Municipio de Chorrillos, el cual ha hecho del mal gusto y de la huachafería su emblema.
Como ha señalado el arquitecto y urbanista Augusto Ortiz de Zevallos, “no hay ni razón ni derecho para que Lima sea violentada en su paisaje mas distintivo, el litoral y la bahía, con esta implantación de una gigantesca estatua que, además de empequeñecer el histórico Morro Solar y alterar nuestro espacio urbano y natural, es una parodia tardía de otra, el Cristo del Corcovado de Río de Janeiro, cuyo simbolismo y correspondencia con su paisaje son otros y ajenos. Lima es Lima”.
Ortiz de Zevallos agrega que este proyecto presidencial se vincula con “modas que llegaron con su monumentalismo hasta los años 40 y siempre como distintivo de poderes e ideologías autoritarios. Franco, Stalin, Mussolini y, por cierto, Hitler además de Mao y la Europa del Este de Ceaucescu o muchos regímenes militares han entendido el espacio público como uno subordinado para dar mensajes”.
Pero el problema de fondo no es urbanístico sino ético por el financiamiento del millón de dólares del proyecto. Desde lo descaradamente sospechoso que es ver a un presidente rompón que dona cien mil soles con todo lo que eso implica sobre su patrimonio total, hasta la contribución generosa para una obra dedicada al endiosamiento personal por parte de una empresa cuya operación en el Perú depende tanto del Estado.
Un fenómeno que podría agravarse en el gobierno de Ollanta Humala por su relación tan especial con Brasil, su gobierno, sus políticos y –quizá– hasta con sus empresas. Ojo con esto.
